
Nunca vio en su vida un reflejo tan hermoso como el que esta contemplado ahora. El rebote de la imagen es su primordial esencia, como la sombra y el espíritu, pero tal reflejo es superior a aquellos atributos. Una delicada pero profunda opresión siente Santiago en su corazón al observar la imagen reflejada de una ignota joven sobre el gran ventanal de la oficina central. El reflejo es el perfecto calco de la chica, quien no hace más que mirar los edificios contiguos. “¿Quién será?” se pregunta Santiago y como si alguien hubiese escuchado esa duda interna, su compañero de trabajo, Gonzalo, aparece sobre el borde celeste superior del cubículo y le pide un corrector. Santiago busca en el primer cajón de su escritorio y lo encuentra. Se lo da y le dice: “Acaba de entrar al trabajo. Es nueva”.
Santiago lo mira perplejo, extraño. Gonzalo blanquea sus ojos y le dice: “La chica que está enfrente de vos, mirando la ventana. No te hagas el desentendido”. Santiago asienta la cabeza y su colega vuelve a su recinto. Antes de reiniciar su trabajo que consiste en hacer los balances y ordenar las transacciones del día, se levanta de su silla giratoria y se acerca al recinto de su compañero y le dice: “Gonza, perdoname que te interrumpa, pero acaso no sabes cómo se llama la chica nueva”. “¿Por qué querés saber el nombre? ¿Te gusta? Si apenas la conoces. Bah, ni le dijiste hola, nada. ¿Te interesa? ” Semejante invasión interrogativa provoca que Santiago vuelva a ubicarse en el lugar correspondiente. Cuando quiera ver a la joven, sólo ve el ventanal. Se levanta y mira a los costados, pero no la divisa.
Tras hacer correcciones sobre séptima hoja de balance, Gonzalo se asoma sobre el cubículo y le pregunta: “¿Y? ¿Pudiste hablar con la nueva? Lo dudo, pero, bueno… ¿Pudiste verla?”. Santiago piensa que su compañero de trabajo debería apaciguar su intromisión y meterse íntegramente en sus asuntos, pero no se atreve contestarle, ya que no quiere equipararse a él, un sujeto insoportable y dañino. Raramente, Santiago no es de irritarse, por lo que lo mira y le contesta en forma educada: “Desde que terminamos de hablar hace” -mira su reloj pulsera- “cuarenta y cinco minutos, sí, cuarenta y cinco minutos, no la ví más. Desapareció” “A propósito de ella, allá está” asevera Gonzalo y la señala con la cabeza. Santiago gira a la izquierda y la ve en el umbral del ascensor con el supervisor, quien le explica las acciones y responsabilidades que debe llevar a cabo en su puesto de trabajo. La joven desvía un poco su mirada para ver el ambiente en donde trabajará. “Es hermosa” murmura Santiago. El balbuceo se desparrama en su recinto. Cuando la chica mira al joven de camisa celeste, que no es sino Santiago, éste baja rápidamente sus ojos y simula escribir algo en una pequeña hoja amarilla. “¿Por qué no la miraste cuando ella te vio?” le dice. “Que se calle un poco” piensa Santiago.
Luego, piensa la causa de esa estúpida acción. ¿Acaso así obran los individuos cuando se les presenta una persona capaz de ofuscar los tímidos ojos de uno? Pero él no puede evitarlo. Teme que esa chica piense que es uno de esos sujetos devoradores de inocentes mujeres. Su cabizbaja mirada demuestra esa tiesa teoría. “Nene, mirá que se fue la nueva. Linda sonrisa tiene y no sé si te miraba de reojo… Y vos, nada” asegura Gonzalo.
El reloj marca las 12:00 AM. Hora del almuerzo y el descanso. Santiago prefiere quedarse en su recinto. No es que sea un individuo asocial, pero prefiere terminar lo más antes posible esos balances. Gonzalo sale de su puesto de trabajo y se ubica enfrente de Santiago para hacerle un además con su mano derecha para comer y beber algo, pero se niega. “Perdoname, Gonza, pero mejor me quedo a terminar esto. Te lo agradezco” le dice. “Siempre lo mismo… Bueno… ¿te traigo algo de afuera?” Santiago le agradece el gesto, pero por el momento no desea nada, sólo finalizar el presente trabajo. Gonzalo se marcha. Santiago no es el único que queda trabajando en la oficina. Varias personas se quedan charlando con sus compañeros. Risas y murmullos se escuchan en la casi desolada agencia. Aunque el receso laboral tiene un breve período de media hora, lo cual también es razonable, sirve para los empleados para exhalar una bocanada de despejo y meditación, colgando en el espaldar de la silla el traqueteo de carpetas, visitas y dudas.
Santiago deja de redactar el informe de balances. Su garganta padece sequedad. Su paladar tiene ganas de beber una lágrima. Se levanta de su silla y se dirige al comedor, en donde se ubica la máquina de hacer café expreso. El comedor es inmenso. Puede albergar a todos los empleados de la oficina. Aún así, algunos prefieren almorzar afuera para distenderse de la atmósfera laboral. Las anchas mesas de madera y las sillas blancas se reparten a los costados, dejando un gran estrecho para movilizarse. Santiago ve la máquina al costado derecho del impecable bazar de acero inoxidable. Saca dos monedas de $1 y las introduce en la ranura, luego pulsa el botón blanco de Lágrima. El contenido se llena casi hasta el borde del vaso de plástico blanco. Un pitido proveniente del interior de la máquina señala que la infusión está lista. Lo extrae y agarra de la mesada del bazar un sobre de edulcorante y una pajilla para mezclar. Desea llevar la lágrima hacia su escritorio.
Deja atrás el comedor y a metros la ve. Otra vez contemplando las verdes inmediaciones naturales. Quizás está buscando paz en las afueras, ya que las pilas de carpetas, las miles de hojas y los sellos no responden a su complacida armonía. Afuera el día esta realmente hermoso. El sol brilla y los chicos corretean alrededor de la plaza. Las sombras de los árboles nunca se sintieron tan lúcidas como en este momento, ya que sienten la precoz presencia continua. Santiago retrocede un poco y se pone al costado del marco azul de la entrada del comedor. “¿Cómo me acerco a ella?... No puedo ir y decirle “Lindo día, ¿no?”. Tampoco decirle “Sos muy hermosa” si ni siquiera conozco su nombre y le tiras rosas… Valor… Juntá valor y andá hacia ella… Que sea lo que sea”, piensa. Cuando avanza con pasos seguros, ella se da vuelta y lo mira. “Temo que mire a otro y no a mí. Si lo hace, no se en donde meterme”, piensa. Ella muestra una reconfortante sonrisa.
“Ho, hola” le dice torpemente. Sin ni siquiera pensarlo, Santiago le ofrece su lágrima y le dice: “Como bienvenida a este trabajo te desee lo mejor. Se que es poco lo que te ofrezco…” Ella mira el pequeño obsequio y levanta su vista hacia él. “Bueno, te agradezco mucho por el recibimiento. Nadie me recibió así… con un buen gesto” dice. Su voz es un susurro. Pronuncia aquellas palabras en forma delicada, como si tratara a las mismas con mucha delicadeza. Una voz demasiada apacible en medio de una apresurada tormenta. “No, no es nada” balbucea Santiago. “Me llamo Yasmín -le da la mano derecha- ¿y vos?” le pregunta. También le da la mano, quien la siente tibia. “Santiago me llamo” le contesta. Cada uno habla sobre su vida en forma distendida y comparten muchas miradas y sonrisas.
“Lindo día, ¿no?” le dice a Santiago. “Sí, lo es…” responde. “Sabes, lo que más me gusta de afuera, de lo que estoy viendo afuera es esa pareja. ¿La ves?” Santiago se acerca al ventanal y no ve nada. Sólo ve a varios chicos corriendo y jugando en el tobogán y en la hamaca. “No, Yasmín, no la veo” disiente Santiago. “Fijate bien, ¿no ves a la pareja? –se acerca a la espalda de él y le susurra en su oído derecho una suave y dulce melodía que llega a su garganta- ¿No ves enfrente nuestro a esas dos personas que están intensamente interesadas el uno a otro desde el momento que cruzaron tímidamente sus tiesas miradas? No se si es desorientación lo que pasa entre ellos, pero es muy seguro que algo profundo es. Si ambos esquivaron la mirada es porque algo extraño pasa, pero para bien. Nada hay que temer. Sin apenas conocerse, sus temores a la desconfianza y a la duda se fugaron. En seguida trabaron una buena relación. Luego el tiempo dirá si hay algo más hermoso que eso. Mientras él titubea, ella desea abrazar a su torpe corazón, que no para de contemplar sus bellas palabras… Santiago, ¿los ves ahora?”. Ambos no se percatan que es la hora de volver al trabajo. Todos arriban a sus puestos correspondientes y se sumergen en las responsabilidades. Y un pronto y sorpresivo idilio se empieza a gestar enfrente de los recintos. Nadie hace caso a ello, salvo esa inocente pareja.
Larga Vida a los Susurros!!!!!

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada