sábado 3 de octubre de 2009

Flower Power


Sus brazos se extienden hacia lo ancho del suelo en búsqueda de alguien más, pero lo único que logra es una leve tardanza que perdura sobre el ocaso. El sol, que reniega de ese irremediable pasar de horas, se mantiene plenamente sobre los seres vivos. Desde las despabiladas ardillas hasta las fascinantes mariposas sonríen por sus respectivos nichos ante el espectacular día que acaece. Los pájaros se distienden de sus abrumadoras responsabilidades para planear y cantar una oda a la felicidad. Surcan el despejado cielo. Los árboles, si bien permanecen enraizados en el fértil suelo, viven constantemente el presente día. Los colores vivos de las flores se multiplican cada hora. Sus pétalos sienten el confort del suave brillo solar. No hay ninguna nube que tape el sol. Las pocas que hay soy delgadas capas de aire que se irán condensando. Su tiesa blancura pronto se verá flaqueada por el impactante resplandor del sol. El parque experimenta un grandioso entusiasmo. Aquel lugar testigo de encuentros fortuitos e injustas ausencias abraza a todos los jóvenes dispuestos a sonreír, charlar y a descubrir un somnoliento secreto idílico.

Los eternos adolescentes se congregan en el espacio natural y sacan provecho del gran día. No falta el mediano mantel colorido que yace sobre el pasto para llevar a cabo el sabroso picnic en donde se degusta los frescos sandwiches de miga de contenido variado; los pequeños vasos blancos de de plástico para contener el delicioso jugo de naranja y de gaseosa; y los exquisitos postres conservados en el taper, como brownies de chocolate o magdalenas cubiertas de dulce de leche. Algunos optan por tener a mano una guitarra criolla para deleitar al grupo con “una que sepamos todos”, y así destilar la rimbombante melodía. Otros corretean y saltan entre risas dando la espalda a la vergüenza; y otros, sin alejarse de la agitación, prefieren improvisar una cancha y jugar al volleyball o al fútbol. Las pelotas nunca llegaron tal alto hasta tocar el cielo y bajar sobre la diversión, la cual brilla por su candente presencia.

Esa hipnotizadora estampa se cultiva en el parque, que posee una gran extensión superficial. Alejado del bullicio callejero, pero cercano a las avenidas principales de la ciudad, la gran plaza posee pequeños universos conformes a una inocente idealización: la anodina diversión sobre la tierra y el insultado pasto; el silencioso descanso sobre la corteza de los árboles y el recuperado pasto; y el emocionante confort y la paciente tranquilidad tapizada de risueñas flores. Hay una cantidad considerable de jóvenes en cada universo, excepto en el del confort. Solamente la habita Cecilia, una joven introvertida que descansa con una leve sonrisa. Mantiene los ojos abiertos para contemplar desde esa heroica posición el cielo despejado y las flores que la rodean. Los pájaros graznan. Se siente tan diminuta. Inhala el terso aire y luego lo exhala. Su mente, en blanco.

Los que vagan por ese espacio son aquellas almas ávidas de conocer a alguien. Un encuentro que va más allá de los efímeros “hola” y “chau”. Difíciles de construir son esas fugaces relaciones son. Se pide que se prolonguen esos vínculos, pero pedir semejante amparo es como anclar una irremediable lástima. Y así, se prefiere dejar de lado esa incesante búsqueda de ese tan ansiado corazón. Aquella infausta inocencia se percibe en la atmósfera de esta zona. Muchos de los que concurrían aquí bajaron los brazos y prefirieron morder sus labios lejos de la presencia humana. El resto pudo encontrar los besos y de los pocos que quedan aguardan su momento.

Cecilia cierra sus ojos por un momento para dormitar. Un par de pétalos amarillos se desprenden de una flor y caen sobre su mejilla derecha. Su somnolencia no percibe semejante roce débil. Las flores circundantes la vigilan.
-Shhh –se escucha decir.
La joven abre sus ojos y mira hacia la dirección en donde están ubicados sus pies. Sólo flores. Mira a los costados. Flores. Mira hacia arriba. La misma naturaleza.
-El viento… -susurra Cecilia.
Se da cuenta que algo le roza su mejilla, por lo que se toca allí y ve los pétalos. Se los guarda en su puño izquierdo. Nuevamente cierra sus ojos.
-Shhh.
Trata de ignorar ese chistido, pero es inevitable.
-El viento… o es mi imaginación –piensa. Se incorpora del suelo y se apoya sobre sus brazos. Mira a los costados y ve sólo flores y árboles. A lo lejos, el recreo. Se recuesta sobre el césped. Esta vez, no quiere dormir. Decide esperar por ese extraño sonido. Escucha ese chistar. Su corazón late de forma apresurada. Nadie a la vista.
-Algo real… o una broma –dice.
Cierra sus ojos y levanta las cejas en son de resignación. Se recuesta sobre el suelo, siempre con su bello rostro mirando hacia el cielo. Ya no puede conciliar el sueño. Aún así, mantiene cerrados sus ojos color café. Luego piensa:

-Al final, llegué a los 26 años. Una edad que borda los treinta. Una edad en que ya debería estar comprometida con alguien. Pero antes de eso, primero debería estar de novia; o mejor dicho, debería estar involucrada con un hombre. No, nada de eso. En el fondo, no reniego de ello. Aprendí a estar sola. Pero… -hace un breve silencio- veo a mis amigos que ya tienen sus respectivas parejas. Y yo quedo como la amarga del grupo. Espero que disimulen mi estado de ánimo. Soy feliz, pero… pero ¿lo soy de este modo? O sea, ¿estando sola? Soy inexperta en cuanto a besar, abrazar y bueno… se entiende. Ya ni me acuerdo cuando fue la primera vez que accedí a un beso. Creo que nunca. No sé –se pasa su mano derecha sobre su rostro-, quizás si…
Cecilia se detiene en medio de su parlamento interno y escucha el chistar de alguien.
-Esta vez no es el viento, ni lo fue nunca. Es alguien –asevera con un tono de seguridad.
Se levanta del pasto y mira a todos los costados. La gente jugando y comiendo allá. Atrás y a los costados, plena arboleda y autos en pleno movimiento sobre las calles.
Acaso la cándida criatura teme que una bondadosa fiera aseche sobre ella para asestarle un beso cargado eléctricamente de puro entusiasmo y torpeza. Luego siente algo pesado que le golpea en su cabeza. Casi se muere del susto. Se da vuelta y resulta ser una pelota de fútbol. Se agacha para tenerla y ver a quien se le ha perdido. Desde lo lejos se ve a un joven que clama por el balón. Ella lo alza con las dos manos y la tira con todas sus fuerzas. Llega al destino y el deportista le resta hacer nueve pasos para recuperar la pelota. El agradecimiento, nulo.
-Hace rato que no tenía a alguien tan lejos de mí –bromea y se sienta sobre el césped. Antes de acostarse mira a los costados para ver si puede divisar a aquel extraño sujeto. Nada. Finalmente se recuesta. Se siente un poco adolorida por el golpe provocado por el leve pelotazo accidental.

Mientras contempla el cielo con una sonrisa y una mirada adormecida, se escucha:
-Shhh… Hola.
Para Cecilia, ese saludo parco es inusual, casi extraño.
-OK, el viento no es –murmura-, alguien me acaba de saludar a escondidas. Espero que no sea un pesado.
Esta vez, lentamente, su cabeza se leva sobre la llanura floreal. Divisa los alrededores a la hora de encontrar a ese individuo responsable de su emocionante inquietud. Una abeja revolotea alrededor de su cabeza y la espanta con su mano derecha. Se aleja del trivial peligro. Escucha el chistido y percibe que ese corto sonido proviene de la arboleda ubicada a la izquierda. Su percepción siempre se ahoga en una desazón, por lo que prefiere confirmar su intuición. Los minutos pasan y sus brazos empiezan a acalambrarse de tanto apoyarse sobre ellos.
-Voy a aguardar un poco más –dice. La tarde empieza a caer, pero los colores vivos resisten ante el arrebato nocturno. Luego prosigue con su fluido pensamiento:
-¿Qué pasa?... ¿Dónde estaba?.. Ah, sí,… -sonríe- un beso… Quisiera saber cómo es ser besada. Creo que ya estoy divagando. Siempre repito el mismo prólogo en estos días. Pero hoy es muy especial. O sea, es el día de la primavera. Eso significa mucho para mí. Bueno, para todos. Algunas personas, como yo, no tienen una lograda racha de suerte en cuanto a una fuerte amistad. Pero es el lapso de la alegría y la esperanza. Todo se puede lograr. Todos nos enamoramos en algún momento de la vida, pero que se concrete limpiamente… a años luz. Pero un día, el menos pensado, se da. Así, simplemente. Sin estorbos. Quizás hoy es el día. Creo que tengo que dejar de ser un poco fatalista. Ya me estoy cansando de ese lúgubre papel. Ya soy grande. Dicha. En eso tenés que pensar. Mirá el día de hoy –sonríe de oreja a oreja- ¿Quién se puede deprimir? Nadie. El sol aún está arriba y el clima es templado. Todos ríen y sueñan. Así, todos los problemas se esfuman.

Alza los brazos para estilarlos. Se acomoda bien sobre el lecho improvisado y cierra los ojos.
-¿Quién puede ser? –piensa- Que yo sepa no tengo a nadie que esté interesado en mí. Del barrio….-piensa en una lista de nombres posibles- No, nadie… ¿Esto es lo que se llama amor a primera vista? ¿Un retorno al inolvidable amor de verano? Ese chico que me chista ni siquiera me conoce y ya me saludó. ¿Hoy es el día? Si es así, bienvenido sea. Estoy muy emocionada, pero no debo adelantarme a los hechos. Ni siquiera lo conozco…. ¡Cuanta emoción!... Pero… ¿será a mi quien me chista? Quizás hay otra chica sumergida en este lugar. ¿Ves? Por eso no quería apresurarme. No sé que pensar. Traquilizate. Respira en forma calmada –suspira- y todo va estar bien. Pensá únicamente en lo que ves ahora –contempla el cielo- ¿no es hermoso? ¡Dios!...
Su corazón se enaltece y lleva sus manos estrechadas entre sí hacia la zona de su pecho.
Los pájaros aún prosiguen con su copla. Las delgadas nubes no desaparecieron. Al contrario, se alejaron para continuar con su detenido paseo sobre lugares remotos.

-Voy a esperar un rato más –murmura y luego bosteza. Su mano izquierda oculta su gesto bucal. El sueño regresa a su mirada y la vence por completo. El sol empieza a cerrar su telón y el cielo hace los honores a la entrada del crepúsculo. Todavía se escucha el revoloteo juvenil. Las mariposas aún baten sus brillantes alas. Pronto, los minúsculos seres vivos regresan a sus quehaceres. Los nichos esperan por su anhelada llegada. Los pequeños universos del parque se mantienen firmes. El dulce misterio resulta imprescindible. Cecilia dormita. Cuando está a punto de conciliar el profundo sueño, un grillo compone una sutil canción apostada sobre una pequeña piedra. El aria empieza a escasos centímetros del oído de Cecilia, por lo que se despierta de ese corto letargo. Abre los ojos y ve el cielo de un tono anaranjado y azul.
-Ya está oscureciendo… y no lo escuché.
Se lamenta por el final del día. No quiere irse. Se acomoda a un costado derecho y ve los tallos coloridos de las flores. Vuelve a su posición normal y suspira. Hace fuerzas con sus brazos y enfrente de ella, a pocos metros de distancia, ve a un joven con una rara expresión en su cara. Sus labios están a punto de silbar… o chistar. Cecilia no sabe qué decir, pero por fin se alivia al saber que esa persona existe. La angustia se ha despejado. El joven cierra su boca y tapa sus ojos con su mano derecha.
-Perdoname… Hola – se presenta torpemente
-Shhh –chista Cecilia y sonríe.

Larga Vida a la Primavera!!!!!

1 comentarios:

Majo dijo...

Hola Fer!!! aqui volviendo ando desaparecida en acción je como andas? tanto tiempo, que lindo escrito, la prima vera me da alergias je, pero las flores son bellas, gracias por tu mensajito en mi blog, hablamos un día de estos beso grande!.
Majo

www.refugiodelkaos.blogspot.com