
Mira por la ventana como un niño ve una vidriera de juguetes: anhela ver esa expectativa en frente suyo, sin barrera alguna que la obstaculice. Los transeúntes y su mundo interno. Llega el mozo con su pedido sobre una bandeja de acero: un capuchino con dos medialunas. Se despabila de su somnolencia. Sergio le agradece el pedido. El mozo coloca su merienda sobre el mantel blanco y se retira. Luego el joven agarra un pequeño sobre de edulcorante, le corta un extremo y lo vierte sobre la infusión. Lo mezcla y prueba su gusto. En la medida exacta.
-Cuanta emoción –piensa con un gran destello en sus ojos.
Corta un pequeño pedazo de medialuna de grasa y lo come. Sabe bien. Advierte que la puerta principal del bar se abre y sólo es una coqueta mujer mayor de edad con un bolso de cuero marrón que ingresa al local para distenderse de la rutina hogareña y de los trámites. Ocupa el asiento de la mesa del medio y pronto llega el mozo para entregarle la carta. Una leve sonrisa se le dibuja a Sergio cuando nuevamente la puerta se abre. Es una joven. Pero la misma sale del pub, quizás equivocada de lugar de cita. La ve pasar por el vidrio y la ve desorientada. Una aclaración: Sergio no sabe cómo es la chica a la que espera.
-Puede que haya clavado su mirada en mí y evoque algo… o este contemplando las fotos de la pared –piensa. Atrás de Sergio hay retratos de desconocidas personas, probablemente de los fundadores del presente local. Los marcos varían según el color y el tamaño.
-¿Le recuerdo a alguien? –se interroga. Decide bajar la taza sobre la mesa y mirar a esa persona. Ya en ese momento, el sujeto se había levantando de su silla y avanzado sobre la mesa de Sergio. Es una joven. En forma sorpresiva, ella corre al costado derecho la silla de enfrente de él y se sienta. Cruza los brazos y los apoya sobre el mantel. Sergio mira con sorpresa tal suceso. Mira a los costados y se queda atónito. Sus ojos color miel se fijan en lo de él. Está a punto de decirle algo, cuando ella abre su boca y le dice:
-Lo mejor que tienen estas citas –prosigue y se arregla el flequillo castaño –bah, en realidad, no sé si decir que tienen algo de positivo. No es que sea negativa, sólo que trato de ser realista, llamalo como quieras. Pero el caso es que estas citas no salen como uno lo espera realmente. Si bien, la parte más fascinante de ello es cuando se planea el encuentro porque no se sabe con que se va enfrentar. ¿Entendés? Es un misterio, pero que agrada, -sonríe- pero… Todo tiene un pero en esta vida –se aleja de Sergio y se acomoda el asiento- ¿Quién habrá bautizado a las excepciones? ¿Un tirano? –se tapa media cara con su mano derecha para ocultarse de tal catástrofe, luego se la destapa- Bueno, quedará en la incógnita… El pero de este asunto es que cuando las dos partes se encuentran, quiero decir, tratan de encontrarse, pasa algo. O el tránsito o la búsqueda de la llave del auto de nuestro papá o una llamada importante de un allegado para conversar acerca de la perfecta organización del placard o cualquier evento pueden contaminar la cercanía. Sí, existe el celular, pero… -cierra sus ojos- bastardeo esa palabra… es probable, es muy probable que ese mensaje de texto no llegue a destino o peor, que se haya discado un número erróneo ¿Algo mucho peor? -baja la tierna mirada- Que no sepa muy bien ese número y tenga que pasar por una catarata de amigos de esa persona en búsqueda del número. Así y todo, ya pasó media hora y la cita -simula una bajada de telón con sus manos- se truncó… Dame tus manos.
-Dame tus manos. No te voy a dejar manco –comenta y emite una risita.
Se rinde y se las da. Ella las toma con ambas manos. Luego, continúa mientras lo mira.
-No me malinterpretes con este gesto. Si estuviese viendo esto otro… bueno… no hace falta que te explique… -baja su mirada- Lindas manos… Ehmmm… ¿Dónde estaba? Ah, sí… en que la otra mirada negativa, creeme no lo soy -lo mira dulcemente-, de estas citas ciegas es respirar ilusiones. En mi primera cita, me imaginaba a que el hombre que iba a verlo cruzando por la esquina iba a ser magnífico. De hecho, ese día iba ser perfecto. Vas a pensar que nunca vino, y yo también pensé lo mismo, pero me hizo callar la boca cuando apareció por esa maltrecha esquina. No niego que por fuera era un bombón -sonríe y mira hacia el techo- pero cuando empezó a hablar y a comportarse como un estúpido… -hace una pausa y se pone seria- lloré por dentro.
Mira al costado de la ventana y frunce sus cejas. Suspira y continúa.
-Me… me imaginaba otra persona. Días antes veía todo color rosa y revoloteaba en mi pieza, pensando que había encontrado al hombre ideal, sin ni siquiera haberlo conocido a fondo. Estaba ciega… Tuve que ponerle como excusa que había recibido una llamada a último momento de mi hermana por un grave problema. En realidad no tengo hermana -sonríe-, por lo que no me mortifiqué por la mentira. No sé si él dudó de ese engaño. Pero me sirvió para retirarme a los quince minutos de esa plaza y de ese corto sueño. Y así es la ilusión. Dura lo que tiene que durar. Lo suficiente para sentirse muy bien, hasta que se acaba y esperar en forma testaruda otra novela. Pero vale la pena morir por ello. Te lo puedo asegurar, pero… pero no lo tomes como un divertimento.
Sergio aún se siente confundido por tal cuadro. No sabe si retirar sus manos de ella va a ser un síntoma de incomodidad o dejar tal como están para seguir con el juego Aún así, asiente lo que la joven le dice. Y se siente cómodo por su modo de hablar y su cálida confianza.
-Creo que, a pesar de su carácter misterioso, la cita a ciega es… bueno ya lo dije, es intrigante. También es sorpresiva -abre más sus ojos-, porque no sabes con quien te vas a topar. Que no te pase lo mismo que a mí. Que termine amargada por un mes… A ver, ponés mucha expectativa en la salida y que te coarten esa magia en forma absurda es para taparse con un cuello polar y no regresar arriba hasta que la tempestad se diluya. Divague en lo último -se ríe-, pero entendes lo que trato de decir.
Se acerca más a él y le dice:
-No quise arruinarte este momento, perdona mi supuesto fatalismo pero me veía la obligación de acercarme y decirte eso. Pongo mi confianza en que esa chica que esperas ahora va a llegar en cualquier momento y cuando la veas, se va a terminar semejante calvario de la duda. Si no viene, al menos vas a recordar esta charla que tuvimos y vas a pensar: “¡Bien! Fue una linda tarde. La pasé muy bien con esa chica”. Así que tan mal no la pasaste. Bueno, te dejo. Cualquier cosa, estoy en la misma mesa. ¿Dale? -suelta sus manos y se levanta del asiento dispuesta a regresar a donde está. Sergio está conmocionado. El trato ha calado en su corazón.
-Si me permitís, voy a pedir una rica merienda. Sé que la hora de la cena va a ser pronto, pero qué importa. A ver, a ver, a ver… -mira las opciones y elige también un capuchino con dos medialunas- Listo.
Llama al mozo y le toma la orden. Sergio la mira con gran admiración. Se asombra por tal ingenuidad. Sonríe. Nunca ha visto algo semejante. El hecho es verdaderamente loable.
-Si viene tu chica -ríe- le digo que no soy tu novia. Te lo prometo. Si no lo hago… -se tapa la media cara con ambas manos -¡Adiós inocencia!
Larga Vida a los Encuentros!!!!!

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