
Una sonrisa se le dibuja.
Once cuadras lo separan de Martina.
¡Ay, cómo recordarla! En realidad, es impensable guardarla en el baúl, si hace dos semanas la conoció.
-Empiezo a quererla... Me gusta -piensa Gustavo. Su sonrisa da envidia. Desea levantar sus brazos en son de vuelo porque cree estar en el cielo. Desea. No pretende hacerlo en público porque le da vergüenza. Cualquier persona que sienta algo especial por alguien puede hasta subirse a un árbol para gritarles a todos cuan De Triana que está sintiendo algo en el pecho.
El pronóstico de tiempo había señalado que el presente día iba a estar completamente nublado con posibles tormentas.
Error.
El sol brilla. Pocas nubes se divisan en el claro cielo celeste.
Cuando pasa la primera cuadra, su sonrisa empieza a desvanecerse. Mete su mano en su bolsillo izquierdo para buscar un pañuelo descartable. Lo halla, pero no palpa su monedero.
-Mierda -balbucea.
Da media vuelta y regresa a su casa. Escucha los leves llantos de su siberiano que pronto se convierten en júbilo. Abre la reja y su mascota salta de alegría. A pesar de todo, le sonríe. Lo calma rascándole las largas orejas. Se tranquiliza y apenas solloza. Saca su llave de su campera de cuero y abre la puerta. Va a su pieza y busca el monedero. Revuelve los cuatro cajones de su mesa de luz. Nada. Debajo de la cama. Nada. En los bolsillos de sus prendas y pantalones. Nada. Pronto la pieza es una selva.
-Ah -masculla.
Va al asiento de su computadora y ve el morral verde que siempre lleva a la facultad. Hoy no tiene clases de Cálculo II. Abre la mochila y busca en los bolsillos. Encuentra el monedero. El susto se le pasa. Lo siente muy liviano. Muerde sus labios para corroborar su malestar: no tiene monedas. Luego recuerda el por qué: usó todas las monedas de la quincena. Todas. En el laburo, en la facultad, en los viajes a la casa de su mamá, en los aburridos trámites bancarios, etc. Necesita monedas. Y varias. Pronto se percata de otra cosa peor: aún no cobró. Se agarra la cabeza.
-¡Qué pelotudo! –se maldice. El único dinero del que dispone es el que va a emplear en la cita con Martina. Y como es la primera salida, desea que todo salga muy bien, perfecto. Apenas llega a los diez pesos. Se siente avergonzado. Saca su celular de su bolsillo interno de la campera y se fija la hora. Es tarde. Por un momento piensa en lo que va a hacer. O bien puede llamarla para decirle que se va a retrasar un poco por el colectivo, o mejor llamar un remis y llegar justo a tiempo. Sin embargo, un remis desde su casa a la de Martina no sale diez pesos. Y sabe que no puede regatearle la tarifa a Darío, el “simpático” conductor del torino. En vez de seguir angustiosas conjeturas y dar una eficaz solución, sale de su desordenada habitación y cierra la puerta de su casa. Su perro nuevamente salta y le babea su cara.
-¡No, Nano!… ¡Salí de acá! –vocifera contra el perro, que se aleja de él y se refugia en su cucha. Otra vez entra a su casa y va directamente al baño a limpiarse las manos y la cara. Ni bien sale del baño, suena su celular. Es una llamada de su compañera de estudio, Daniela. No desea atenderla, porque habla por los codos, pero esa misma chica fue la que la ayudó toda la noche previa a la final de Contabilidad. Está demás decir que aprobó. No puede rechazarla. Ya va el quinto timbrazo. La atiende.
-Hola, Dani.
-Hola, Gonza. ¿Todo bien?
-Todo bien, ¿vos?
-Igual, bien. ¿Mañana venís no?
-¿A dónde?
-¿Cómo “a dónde”?, boludo. A la casa de Nacho. Es el cumpleaños.
Gonzalo se tilda. Luego recuerda.
-Ah, sí. Voy, voy.
Cuando intenta despedirse de Daniela, esta la asalta con una pregunta.
-¿Cuánto tiempo somos amigos?
-¿Qué?
-¿Que cuánto tiempo somos amigos?
-Mmm… no sé… -cuenta con los dedos- seis años creo. ¿Por?
-No… por nada. Pensé que era mucho más.
Silencio.
-¿Qué estabas haciendo?
-No, estaba por salir.
-¡¿A dónde?!
La pregunta emocionada de su compañera iba a conducir a algo cierto: ella quiere acompañarlo. Pero, ¿cómo decirle que no? Todo se sincera con la verdad, duela o no.
-Tengo… tengo que verme con alguien.
-Ah… ¿Con quién?
-Con una chica.
Mientras habla con Daniela, se impacienta. Mira el reloj del comedor. Definitivamente se empieza a ser tarde. Junta el valor y le dice:
-Dani, se me hace tarde. Ya tengo que salir. Te dejo porque sino no llego. Mañana hablamos en la casa de Nacho. ¿Sí?
-Dale… Cuidate Gonza.
-Gracias, besos.
-Chau.
Gonzalo siente que ese “chau” fue frío, distante. ¿Celos? No sabe. Guarda su celular en la campera y se va de allí. Nano no está. Cierra la puerta cuidadosamente para que su perro no lo escuche. Lo mismo hace con la reja. Ya en la calle, otra vez saca su celular para ver la hora. Dentro de diez minutos tiene que estar en la casa de Martina. Suspira. Decide caminar en forma apresurada. A los pocos metros divisa a Jorge, el amigo de su padre. Lo saluda amablemente, sin perder el ritmo.
-Hola señor, ¿a dónde va con tanta prisa?
-No llego a una reunión. Nos vemos.
-Chau. ¡Suerte! ¡Saludos!
-Gracias. Igualmente.
No quiere ver la hora de su celular ni menos preguntarle a cualquier peatón la hora. Es motivo de desesperación y taquicardia. Ve la parad de un colectivo. Hay dos personas y uno de ellos, una señora, hace un ademán de parada. El joven se da vuelta y mira que ese colectivo lo deja paralelamente en la casa de Martina. Suben los pasajeros. Corre tras él y llega al peldaño.
-Haceme la gamba, no podés dejarme acá, a casi diez cuadras.
-No flaco, no puedo.
-Por favor, no tengo nada de plata.
-Flaco, bajate por favor. No puedo. Disculpame.
-Esta bien. Gracias igual -responde desganadamente.
Baja del colectivo.
Ve al colectivo que se aleja.
-Forro -murmura.
Sigue avanzando. Empieza a oscurecerse. Parece que el pronóstico tenía razón. Empieza a sudar. Quiere llegar a su destino.
Pasa veredas. Ve a madres con mochilas en los hombros. Ansían la hora de llegar a sus casas para descansar. Ve a pocas parejas que estrechan sus manos a las de otra. Ve a kiosqueros y canillitas charlando con sus clientes predilectos. Charlas que se traducen mayormente en chismes.
-Por favor, que me aguante -suplica para sí mismo -, queda poco.
Pasa por la vidriera de un bar. Tiene sed, pero quiere detenerse. Finalmente llega a la casa de la joven. Saca de su bolsillo del jean un papel que contiene la dirección de Martina. Es esa. Es una gran casa. Tiene pilares blancos y rejas negras. Las mismas tienen curvaturas haciendo panza hacia fuera de la vereda. Detrás de la reja, una gran jardín, ideal para una fiesta. A lo lejos la casa de dos pisos. Posee techo de teja roja y balcones. Es una mansión. Gonzalo queda fascinado por lo que ve. Trata de recuperarse tras haber caminado más de diez cuadras. Suspira y toca el timbre del portero gris.
-Hola, ¿quién habla? -dice alguien secamente.
-Hola, soy Gonzalo, compañero de facultad de Martina.
-¿Para qué quiere verla?
-Me invitó a su casa.
-Espere un momento por favor.
Mientras tanto saca su celular para ver la hora. Veinte minutos pasaron de la cita pactada. Le da vergüenza. Teniendo el celular, ¿por qué no la llamó?
-Ahora debe estar muy mal, furiosa conmigo. Soy un pelotudo.
Escucha esa fría voz detrás del portero.
-Mirá, me dijo que está muy ocupada en estos momentos. Dijo que se pospone la reunión. Después te llama.
-Ah… -con tono agrio- bueno… Digale que lo siento por no haber llegado a tiempo. Tuve un par de problemas. Que… que no era mi intención llegar tarde. Solamente quería verla. Lo siento.
Siente un nudo en la garganta.
Del otro lado, silencio.
-Bueno, le digo.
Sin decir nada, esa oscura voz masculina se apagó.
-Soy un verdadero pelotudo -murmura.
Se da media vuelta para regresar a su casa. Está un poco cansado. De repente escucha nuevamente esa voz del portero, pero esta vez en carne viva
-Joven… joven… ¿Gonzalo?
Se da vuelta y responde a su nombre.
-Pase un momento por favor.
El hombre detrás del portero no es sino el mayordomo. Impecable: corbata gris, camisa blanca, saco y pantalones negros y lustrosos zapatos.
-Acompañame.
Caminan por un angosto sendero que conduce al hall de la casa.
-Pase, por favor.
-Gracias -dice entrañado.
Es un gran lujo el comedor. Caoba y cuero negro revisten toda la sala. Muebles y sillones fastuosos. El piso beige, lustrado.
-Sientese, por favor.
-Permiso -se sienta sobre el sofá de cuero situado al lado del sillón de tres cuerpos.
-He hablado con la joven, Martina. Ella está en su habitación y me dijo estas textuales palabras: “No quiero ver a nadie. Estoy muy ocupada para atender a ciertas personas. Si viene un chico llamado Gonzalo decile eso. No quiero verlo”
-Entiendo su enojo -dice cabizbajo- pero se me presentaron varios problemas. Mala suerte fue. El tema fue el viaje. Se lo juro, fue el viaje.
-Joven, no se que responderle. No soy Martina. Lo hice pasar por órdenes de la joven. Ella mismo dijo que le dijese en persona su estado. Y ya que cumplí con esa orden, podría acompañarme hasta la entrada, por favor -se dirige a la puerta.
El joven no sabe qué decir. Está triste. El mayordomo lo ve y apenas siente piedad.
Se despega del sofá y se dirige hacia la entrada. Se detiene a mitad de la sala y acto seguido, en un gesto extremo, se arrodilla:
-Pocas veces hice esto, me... me…da vergüenza -balbucea cabizbajo- pero quiero verla, por favor… De verdad, quiero pedirle disculpas por haber llegado muy tarde. Me siento mal por eso. Quiero decirle que la paso bien con ella: cuando la veo y cuando hablo con ella… Siento cosas por ella… No… no sé si ella siente lo mismo, pero esa es la realidad… Por fa… por favor, quiero verla.
La sombra acompaña a su rostro cabizbajo. Tiene los ojos vidriosos.
-Levántese por favor y retírese -ordena el mayordomo sin ningún gesto de compasión.
-Por favor… quiero verla -muerde sus labios y luego dirige su mirada a aquel señor- Por favor.
Luego, su vista se oscurece. Se estremece. Al principio siente temor, pero luego ese miedo se transforma en confort, en ensimismamiento, en felicidad. Siente un par de delicadas manos que tapan sus ojos y escucha un leve susurro en su oído derecho. Es una voz envolvente, preciosa:
-Acá estoy… No me ves. Ahora yo te veo.
Luego, un beso en su mejilla izquierda.
C’est la vie!

1 comentarios:
Volvi a leerte este "cuento". Me encanta todo, la alegría del perrito cuando uno se vuelve a casa por un olvido, la desesperación de llegar tarde, no encontrar las cosas que te volviste a buscar... me reconozco en todo eso y me imagino que a casi todos los que te leyeron les debe pasar igual... pero el final... eso me desconcierta mal! jajaja =P
Muy bueno tu arte muchacho, deberías intentar una novela por entregasss ^^
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