viernes 20 de noviembre de 2009

Una Pieza


Sus ojos tratan de encontrar una respuesta simple en el cielo, pero sólo halla una ardua y complicada contestación que prefiere acallarla con un beso en la boca de Micaela. Sus labios se enlazan como una vívida enredadera. Sus corazones se crispan y sus colores se tornan más fuertes. Ella apoya suavemente su mano derecha sobre el pecho de Nicolás para detener la creciente pasión. No es un estorbo, sino una duda que la ha asaltado imprevistamente en su mente.

-Nico, ¿Por qué no me respondes?
-¿A qué? -le dice en un tono dulce sin despegar sus ojos marrones sobre los de ella.
-Si… si me queres –titubea y desprende una ligera sonrisa.
-Sí, más que querer, más que estimar... ¿Cuál es esa palabra? –la contempla sin parpadear y la besa- te amo. ¿Eso contesta tu duda?
-Sí… -sonríe.

La pareja se encuentra recostada sobre la corteza del álamo de la plaza. Comúnmente los domingos se llena este espacio natural, pero no hay ningún individuo que se halle acostado, jugando o paseando su reflexión. Salvo ellos. Micaela se vuelve parar mirar la plaza y se acomoda sobre el cuerpo de su novio, quien le acaricia con su pulgar su mejilla izquierda.
-Nico…
-Sí, decime.
-No, no,… nada –agacha su cabeza y su flequillo oscuro pende sobre su frente.
-No, decime, ¿qué pasa? –le susurra en su oído izquierdo.
-No es nada grave, sólo que… -hace una pausa- bueno… -levanta su cabeza y gira a la izquierda para tratar de verlo- es que ya estamos de novio hace siete meses y quería preguntarte si pensaste en comprometernos seriamente.
-Mica –le da un beso en su mejilla derecha-, todo este tiempo estuve pensando en ese tema. Lo que no entiendo es por qué estas agobiada.
-Lo que pasa es que tenía miedo de que esta relación no iba por un buen camino. Digo… pasaron los meses y pensé que… bueno, que no me querías más. Debe ser difícil, muy difícil forzar una relación.
-Sí, una relación hipócrita –se acomoda sobre el árbol- pero… ¿cómo vas a pensar en eso, Mica? Yo te amo y nunca, pero nunca se me pasó por la mente dejarte. A ver… los meses que vimos pasar frente a nuestros ojos, ¿no fueron excelentes?
Micaela asienta con la cabeza.
-Compartimos muchas cosas. Pero lo que más reforzó la relación fue el mutuo respeto.
-También el cariño –se da vuelta para ver a Nicolás.
-¡Cómo olvidar la clave del éxito! –le da un corto beso en la boca –Cómo olvidar el… -acalla sus palabras, le toma la cara con ambas manos y la besa.
Ambos cierran sus ojos y se pierden en ese maravilloso mundo de amor.

-Mica.
-Si, decime.
-Quiero el compromiso.
-¿Lo decís en serio? –le pregunta mostrando una gran sonrisa.
-Claro, no jugaría con ese tema. Yo también lo estuve pensando y ya es hora que le digamos a todo el mundo que Micaela Espíndola –le agarra su mano derecha y la besa –y Nicolás Ramos se aman profundamente. Se que suena raro, pero no me salen otras palabras.
-¿Raro? No entiendo. ¿Por qué decís que es “raro”?
-No lo sé… -se pasa su mano derecha por la frente- No es muy común que se escuchen esas palabras… No sé… son muy propias de…
-Novela –termina lo que acaba de decir su pareja.
-Sí, novela, pero no es que esté mal. Lo que pasa es que… a ver… En que lío me metí también
-No creo que sea raro y de novela lo que me dijiste. Si lo dijiste es porque lo sentís. Además pocos hombres se atreven a cruzar esa zona de heroica cursilería.
-No te entiendo.
-Claro, vos sos una excepción entre los hombres por tu especial forma de tratar a tu novia –se acerca más a Nicolás-. ¿Por qué te amo tanto? Me escuchas cuando estoy alegre o cuando me derrumbo; estas siempre presente aconsejándome de lo que debo hacer; me contenes con simples palabras, caricias sobre mi cara y mis manos, abrazos y besos; me miras como si fuera la parte esencial de tu vida… ¿Eso es raro?

Nicolás permanece en silencio.
-Ahora sos vos el que está callado –dice Micaela y apoya su frente sobre la de él.
-Emmm…Sí… La forma en que dijiste eso fue… de novela –ambos se ríen-, pero si lo fuera por qué no simular que estamos en ella. Por qué no mirarnos, agarrarnos de la mano y besarnos. No se me ocurre un nombre para esta novela, sí el contenido –se distancia de ella y le agarra ambas manos-. Sobre dos personas desconocidas que viven en una tierra alejada de todos los agobiantes problemas. Dos personas extrañas que se conocen por la magia del destino y de ahí en más descubrieron la emoción de encontrarse en forma inesperada por los pasillos de la facultad. ¡Cuanta felicidad…
-… se respira en mi corazón! –continúa Micaela y toma la mano de Nicolás para llevársela a su pecho- Ambos piensan esas palabras, pero lo acallan para no destronar esa reciente amistad. Si bien se sienten seguros de lo que sienten por el otro, temen que uno de los dos sepa el dulce secreto. Pero, ¡qué importa el después! Deben atreverse a manifestar sus sentimientos, si no…
-se arrepentirán –prosigue el joven y acaricia su mejilla con su pulgar derecho- ¡Cuánto vacío se siente cuando no se dijeron realmente las cosas y se pone como pretexto una broma! Los malentendidos también ayudan a que estas desconocidas personas partan hacia rumbos distintos y se vean obligados a olvidar todos esos episodios de charlas y risas. Las consecuencias dejan sus secuelas y tardan en cicatrizar. Se evita esa catastrófica cuesta y se decide a…
-sincerar su mente. La torpeza de los dos jóvenes se deshoja a medida que cae la tarde. Se miran y se sonrojan. La primera vez que se sienten así, tan desamparados ante la incierta corriente actual. Él y ella deciden zambullirse allí y caen en la silenciosa e intimista entrega de amor –capitula Micaela y lo abraza.

Ambos permanecen en silencio y cierran sus ojos.
-Y así termina la “rara” novela –le susurra a Nicolás.
-Falta algo más…
-¿Qué faltaría, mi amor? –le pregunta.
-Un final feliz.
-¿Y no lo es?
-Sí, pero falta el moño para decorarlo –se ríe-. A ver… dejame pensar…
-Sí –le da un beso en su cuello- te ayudo a inspirar el desenlace.
-Listo… -se acomoda-. Una vez entregado a los besos y a las caricias, la reciente pareja se queda en la plaza para mirarse el uno al otro. Se sonríen y se abrazan como un verdadero lazo. La noche cae y tristemente deben regresar a sus respectivos hogares. Se dan el último beso del día y parten. Los días pasan y concurren al mismo sitio que los vio sentirse emocionantemente vivos. En el camino a sus casas, piensan en la experiencia que acaban de pasar. No sienten vergüenza alguna de bailar sobre la calle con los ojos cerrados y mostrando una gran sonrisa. Esperan a que mañana se repita lo vivido y seguir amándose. Sus vidas Los petirrojos construyen sus nidos terrenales –mira al cielo- y salen de sus refugios para volar y cantar sobre la pareja; el cielo permanece templado y expulsa a cualquier extraño nubarrón que se presente sobre ella; florece el cariño y los pequeños secretos a develar; y los dulces besos –la mira- saben mejor que la miel.
-¿Fin?- dice ella con una sonrisa y viendo sus labios.
-Fin –y la besa.

Larga Vida al Noviazgo!!!!!

miércoles 11 de noviembre de 2009

Parlamento


Mira por la ventana como un niño ve una vidriera de juguetes: anhela ver esa expectativa en frente suyo, sin barrera alguna que la obstaculice. Los transeúntes y su mundo interno. Llega el mozo con su pedido sobre una bandeja de acero: un capuchino con dos medialunas. Se despabila de su somnolencia. Sergio le agradece el pedido. El mozo coloca su merienda sobre el mantel blanco y se retira. Luego el joven agarra un pequeño sobre de edulcorante, le corta un extremo y lo vierte sobre la infusión. Lo mezcla y prueba su gusto. En la medida exacta.

-Cuanta emoción –piensa con un gran destello en sus ojos.
Corta un pequeño pedazo de medialuna de grasa y lo come. Sabe bien. Advierte que la puerta principal del bar se abre y sólo es una coqueta mujer mayor de edad con un bolso de cuero marrón que ingresa al local para distenderse de la rutina hogareña y de los trámites. Ocupa el asiento de la mesa del medio y pronto llega el mozo para entregarle la carta. Una leve sonrisa se le dibuja a Sergio cuando nuevamente la puerta se abre. Es una joven. Pero la misma sale del pub, quizás equivocada de lugar de cita. La ve pasar por el vidrio y la ve desorientada. Una aclaración: Sergio no sabe cómo es la chica a la que espera.

Bebe un sorbo del capuchino y siente que alguien lo observa. Se siente asaltado por tal escudriñamiento. No se atreve a mirar a esa persona que se encuentra enfrente de él. Sergio bebe la taza mirando al costado derecho de la ventana.
-Puede que haya clavado su mirada en mí y evoque algo… o este contemplando las fotos de la pared –piensa. Atrás de Sergio hay retratos de desconocidas personas, probablemente de los fundadores del presente local. Los marcos varían según el color y el tamaño.
-¿Le recuerdo a alguien? –se interroga. Decide bajar la taza sobre la mesa y mirar a esa persona. Ya en ese momento, el sujeto se había levantando de su silla y avanzado sobre la mesa de Sergio. Es una joven. En forma sorpresiva, ella corre al costado derecho la silla de enfrente de él y se sienta. Cruza los brazos y los apoya sobre el mantel. Sergio mira con sorpresa tal suceso. Mira a los costados y se queda atónito. Sus ojos color miel se fijan en lo de él. Está a punto de decirle algo, cuando ella abre su boca y le dice:

-Corregime si me equivoco, pero es muy seguro que estás esperando a alguien. A una joven -sonríe- que conociste en estos días y que quedaste rendido ante su cuello. Vos esperas por ella porque sabes que sentís algo especial por ella. Lo se porque te veo desde allá –señala atrás con su pulgar izquierdo- y me pregunté si vos… vos sos de esas personas capaces de abrazar esa latente ilusión, la de esperar y esperar ese buen espíritu, que es ella. No la conozco, pero si te provoca eso –señala con su pulgar el vidrio-, de quedar anonadado, es porque te gusta. ¡Cuántas veces nos sentimos perdidos en esa nebulosa rosa! –mira al techo del bar-. Pero te quiero preguntar… me atrevo a preguntarte si esa persona va a asistir a este lugar. Pero lo más, más importante es si la conoces. No me mientas: es una cita a ciega –se acerca más a él.

Sergio, consternado.
-Lo mejor que tienen estas citas –prosigue y se arregla el flequillo castaño –bah, en realidad, no sé si decir que tienen algo de positivo. No es que sea negativa, sólo que trato de ser realista, llamalo como quieras. Pero el caso es que estas citas no salen como uno lo espera realmente. Si bien, la parte más fascinante de ello es cuando se planea el encuentro porque no se sabe con que se va enfrentar. ¿Entendés? Es un misterio, pero que agrada, -sonríe- pero… Todo tiene un pero en esta vida –se aleja de Sergio y se acomoda el asiento- ¿Quién habrá bautizado a las excepciones? ¿Un tirano? –se tapa media cara con su mano derecha para ocultarse de tal catástrofe, luego se la destapa- Bueno, quedará en la incógnita… El pero de este asunto es que cuando las dos partes se encuentran, quiero decir, tratan de encontrarse, pasa algo. O el tránsito o la búsqueda de la llave del auto de nuestro papá o una llamada importante de un allegado para conversar acerca de la perfecta organización del placard o cualquier evento pueden contaminar la cercanía. Sí, existe el celular, pero… -cierra sus ojos- bastardeo esa palabra… es probable, es muy probable que ese mensaje de texto no llegue a destino o peor, que se haya discado un número erróneo ¿Algo mucho peor? -baja la tierna mirada- Que no sepa muy bien ese número y tenga que pasar por una catarata de amigos de esa persona en búsqueda del número. Así y todo, ya pasó media hora y la cita -simula una bajada de telón con sus manos- se truncó… Dame tus manos.

-¿Qué? -balbucea Sergio.
-Dame tus manos. No te voy a dejar manco –comenta y emite una risita.
Se rinde y se las da. Ella las toma con ambas manos. Luego, continúa mientras lo mira.
-No me malinterpretes con este gesto. Si estuviese viendo esto otro… bueno… no hace falta que te explique… -baja su mirada- Lindas manos… Ehmmm… ¿Dónde estaba? Ah, sí… en que la otra mirada negativa, creeme no lo soy -lo mira dulcemente-, de estas citas ciegas es respirar ilusiones. En mi primera cita, me imaginaba a que el hombre que iba a verlo cruzando por la esquina iba a ser magnífico. De hecho, ese día iba ser perfecto. Vas a pensar que nunca vino, y yo también pensé lo mismo, pero me hizo callar la boca cuando apareció por esa maltrecha esquina. No niego que por fuera era un bombón -sonríe y mira hacia el techo- pero cuando empezó a hablar y a comportarse como un estúpido… -hace una pausa y se pone seria- lloré por dentro.
Mira al costado de la ventana y frunce sus cejas. Suspira y continúa.
-Me… me imaginaba otra persona. Días antes veía todo color rosa y revoloteaba en mi pieza, pensando que había encontrado al hombre ideal, sin ni siquiera haberlo conocido a fondo. Estaba ciega… Tuve que ponerle como excusa que había recibido una llamada a último momento de mi hermana por un grave problema. En realidad no tengo hermana -sonríe-, por lo que no me mortifiqué por la mentira. No sé si él dudó de ese engaño. Pero me sirvió para retirarme a los quince minutos de esa plaza y de ese corto sueño. Y así es la ilusión. Dura lo que tiene que durar. Lo suficiente para sentirse muy bien, hasta que se acaba y esperar en forma testaruda otra novela. Pero vale la pena morir por ello. Te lo puedo asegurar, pero… pero no lo tomes como un divertimento.
Sergio aún se siente confundido por tal cuadro. No sabe si retirar sus manos de ella va a ser un síntoma de incomodidad o dejar tal como están para seguir con el juego Aún así, asiente lo que la joven le dice. Y se siente cómodo por su modo de hablar y su cálida confianza.

-Creo que, a pesar de su carácter misterioso, la cita a ciega es… bueno ya lo dije, es intrigante. También es sorpresiva -abre más sus ojos-, porque no sabes con quien te vas a topar. Que no te pase lo mismo que a mí. Que termine amargada por un mes… A ver, ponés mucha expectativa en la salida y que te coarten esa magia en forma absurda es para taparse con un cuello polar y no regresar arriba hasta que la tempestad se diluya. Divague en lo último -se ríe-, pero entendes lo que trato de decir.
Se acerca más a él y le dice:
-No quise arruinarte este momento, perdona mi supuesto fatalismo pero me veía la obligación de acercarme y decirte eso. Pongo mi confianza en que esa chica que esperas ahora va a llegar en cualquier momento y cuando la veas, se va a terminar semejante calvario de la duda. Si no viene, al menos vas a recordar esta charla que tuvimos y vas a pensar: “¡Bien! Fue una linda tarde. La pasé muy bien con esa chica”. Así que tan mal no la pasaste. Bueno, te dejo. Cualquier cosa, estoy en la misma mesa. ¿Dale? -suelta sus manos y se levanta del asiento dispuesta a regresar a donde está. Sergio está conmocionado. El trato ha calado en su corazón.

Ella regresa a su asiento y lo ve. No sabe en donde meterse. El capuchino, frío. Bebe unos pequeños sorbos. Aún queda en la taza. Hambre no tiene. Mira por la ventana y empieza a oscurecer. Se encienden los faroles de las calles y las luces de los comercios. Se vuelve pesado el ajetreo entre los peatones debido a la hora de la salida de los trabajos correspondientes. Ingresa más gente al pub. Una pareja agarrada de la mano se dirige hacia el mostrador y charla con el encargado del local. Amigos de la infancia. Mira su reloj y marcan las 19:45 hs. La mira a la joven, quien se encoge de hombros al no haber una mera presencia de su acompañante femenino. Ella se muerde los labios y medita por un par de segundos. Luego agarra su morral fucsia del asiento contiguo y se levanta de la mesa. La joven lleva consigo también el menú. Se acerca a Sergio con una sonrisa y se sienta enfrente de él. Más allá de la nueva sorpresa, se siente contenido.
-Si me permitís, voy a pedir una rica merienda. Sé que la hora de la cena va a ser pronto, pero qué importa. A ver, a ver, a ver… -mira las opciones y elige también un capuchino con dos medialunas- Listo.
Llama al mozo y le toma la orden. Sergio la mira con gran admiración. Se asombra por tal ingenuidad. Sonríe. Nunca ha visto algo semejante. El hecho es verdaderamente loable.
-Si viene tu chica -ríe- le digo que no soy tu novia. Te lo prometo. Si no lo hago… -se tapa la media cara con ambas manos -¡Adiós inocencia!

Larga Vida a los Encuentros!!!!!

sábado 7 de noviembre de 2009

Panic Attack


Su cuello empieza a padecer los primeros síntomas de malestar a causa de su inapropiada postura sobre la almohada. No sólo esa zona esta realmente comprometida, sino que todo el resto de su cuerpo. Su efímera ensoñación se esfuma cuando siente un dolor punzante en la nuca. David abre perezosamente sus ojos y los cierra en un gesto de sufrimiento. Emite un ligero gruñido. Lo primero que ven sus ojos es la pared pintada de celeste claro. Aún no tiene intenciones de decorar ese rincón. Sí de cambiar de color de pintura. Su estado de catre es de lamentar. Su inicial postura fetal pasó a convertirse en una invención despatarrada producto de su inconciencia onírica. Sus brazos rodean su castaño cabello enmarañado, su espalda forma una figura similar a la de una inusitada serpiente acobardada y su cadera, junto a sus piernas, parecen querer dar un rodillazo, por no decir una puñalada, a un agente maligno. Esta incomodidad corporal surte sus efectos sobre su cuello. David trata de mover su cuello en forma precavida, pero un fuerte dolor asesta sobre ese lugar.

-Varias aspirinas… –murmura.
El deseo de ir al baño, abrir el botiquín y tragar varios comprimidos lo obliga a morderse los labios. Una buena oportunidad para refrescar su garganta. Pero antes, debe prender la tecla del velador que, inoportunamente, se encuentra del lado derecho de la cama. Mentalmente cuenta hasta tres para darse la vuelta y poner bajo el tapete esa dolencia. Cuando está a punto de llegar al número dos, escucha un ruido. Un crujido. La somnolencia se disipa. Pero ese sonido no proviene desde afuera, ni menos desde una abandonada habitación. El crujido se localiza allí dentro, en su habitación. El sonido viene acompañado por un extraño jadeo. Es imposible distar si es de un ser humano o de un animal. David cesa su respiración por un momento y quiere escuchar atentamente ese sonido. Se da cuenta que esa desconocida presencia está a pocos centímetros de su cama. Respira.
-Estoy soñando, sólo estoy soñando –piensa. Cierra sus ojos y se concentra en esa milagrosa idea, pero nada de eso ocurre. No es un sueño, ni menos una pesadilla. Es real. El crujido y el jadeo esa ¿amenaza?, su entrecortada respiración, su oscuridad retraída en sus parpados cerrados, el olor a suavizante impregnado en la almohada lavada ayer, su lengua desprovista de saliva, su postura incómoda en la cama, su inesperado sudor que corre gruesamente por su espalda y su apretón sobre el costado derecho del almohadón indican que ninguno de los cinco sentidos pasan desapercibidos sobre el indefenso lecho. Eso asecha. En realidad, ¿qué es eso? ¿Acaso es un animal que no se siente a gustos con la presencia de un torpe ser humano? Y si lo fuera… ¿cuál sería? Y sino no es un animal, ¿acaso es un ladrón que quiere concretar su delito empezando por deshacerse de ese letargo? ¿Robaría inclusive su integridad? Y si no fuera un individuo... ¿es capaz un ser sobrenatural ingresar por esa puerta entreabierta y firmar su misterioso paso por aquí? Las mismas interrogaciones se enredan en la mente de David.

El dolor en su cuello empieza a intimidarlo. Lo fuerza a que abandone esa cama y se dirija inmediatamente al baño a tomar un analgésico o un comprimido, hasta inclusive un placebo que calme su pesar. Sin embargo, para concretar el plan debe afrontar eso.
-Te estas haciendo la cabeza. Tal vez es la modorra de la madrugada –piensa.
Su empecinamiento no se quiebra a pesar de que eso lo mantiene en constante alerta. Pero, el dolor lo aqueja. Quiere enfrentarlo y cerrar tras él la puerta del baño y trabarla.
Realiza sus primeros esfuerzos. Levanta cuidadosamente su cabeza. La almohada recupera débilmente su forma firme. Ancla sus manos sobre la arrugada sabana. Tiene la sensación de que esa amenaza se acerca cada vez que realiza un movimiento de confrontación. No sabe que hacer. Las opciones están claramente a su corto alcance: o mina inmediatamente sus fuerzas y se desploma sobre su cama para besar a la cobardía; o maniobra como un chasquido su cuerpo y enfrentar su nudo en la garganta. Ambas disyuntivas podían provocar una reacción desconocida ante el intruso. La intención es clara: deshacerse de esa punzada.
Lentamente se estira para alcanzar la tecla del velador sobre la pequeña mesada. No llega. Su mano izquierda se extiende a más no poder. No la encuentra. Es como si nunca hubiese existido.
-¿Dónde está? –piensa y su angustia le corta su respiración.
Su suerte de manotazo de ahogado naufraga en la incertidumbre desesperada. Su corazón late con más fuerza. El agudo dolor de su cuello provoca que David se muerda los labios. Cierra sus ojos para pedir apenas un poco de esperanza. Avanza. Siente entre sus dedos la tecla y presiona sobre ella.

Nada. Las cuatro veces en que es presionada el ya desgastado botón sólo ha provocado que eso se agazape sobre David y sea desguasado. Se agita y sin importarle el dolor de su cuello se da vuelta para enfrentarlo. La sangre fluye de manera frenética sobre todo su cuerpo. La agitación retumba y se hace escuchar sobre la rejilla inferior de la habitación. Sin embargo, cuando se da la vuelta para lidiar contra aquello se enreda entre las sábanas y cae sobre el piso de madera antiguo. Presa fácil. Oscuridad profusa.
En plena profundidad, desea encontrar el marco de la cama, pero no puede. La cobardía siente sus primeros acurrucos. Se agita. Se agazapa rápidamente sobre el suelo hasta llegar a la tecla de la luz de su pieza. Toca la fría pared y se incorpora sobre el suelo y aprieta el botón. La luz no se hace.
-No… ¡no! –balbucea.
Abandona la pieza, pero de nada sirve. No se acuerda que la puerta de su habitación siempre la mantiene cerrada y un fuerte golpe en su frente le hace recordar tal acto diario y monótono. Tras el estruendo, su cuello empeora y la llave de la puerta cae sobre el piso. Reconocidas primeras lágrimas. David de agacha. No sabe si por el golpe, por buscar la llave o por ambas cosas. Se desespera. Es inútil. Los débiles roces sobre el piso acrecientan su temor a ser silenciado para siempre.
-Por favor, que aparezca –susurra. David demuestra su pavor ante el fisgón. Advierte su segura embestida.
-¡La ventana! –augura su alivio.

Salta sobre el marco y corre las cortinas verdes hacia al costado derecho. Ve fugazmente el exterior. Los faroles y las escasas luces provenientes de las casas aledañas que pincelaban taciturnamente la noche no destellan. Un apagón total. Nadie circula por las calles y menos a altas horas de la fría madrugada. Quiere escapar de allí, pero le es imposible abrir el vidrio del costado derecho. Prueba del otro extremo y nada.
En un intento de desesperación extiende su brazo derecho hacia atrás para quebrar el vidrio. En ese preciso momento, viene la luz. Eso no le permite a David frenar el violento ademán y despedazar su mano sobre el vidrio. Se hace añicos la ventana y los pequeños pedazos caen sobre la maleza descuidada del jardín. Sus pupilas se expanden. Las pocas luces del vecindario se hacen presentes ante su clara vista. La claridad artificial lo alivia por un instante. Sólo resta saber atrás si eso lo lleva al infierno. No puede girar su cabeza, por lo que debe voltear todo su cuerpo. El ser no está. Ve su cama revuelta con las sábanas tiradas sobre el piso. El resto de los muebles, inalterable. Luego escudriña el suelo en búsqueda de la llave, pero ésta no aparece. Se ha esfumado. No advierte aún que gruesos hilos de sangre corren por su mano. Menos que delicadas astillas de vidrio fustigan sobre su malherida zona. Pero eso no lo consterna. Reaparece el escalofrío y el oprimido corazón. Sobre la puerta hay un agujero. Pero no es un típico agujero en forma de círculo. Más que un orificio, es una entrada que acaba de ser cauterizada. Se extiende desde el piso hasta casi llegar al borde superior de la puerta. Sus curvas hacen notar que eso ostente esa forma irregular para penetrar en su morada privada.

-¿Qué? –trata de recuperar su respiración-… Es… Que… No puede… – tartamudea. David está consternado. No sabe qué hacer. Bien puede tomar la arriesgada salida por la ventana y pedir ayuda o explorar ese inusual acceso. Solamente ve oscuridad en ello. La trasluz apenas se deja ver allí. En lugar de haber al costado derecho la mesa de mimbre, únicamente hay una desinteresada y tétrica penumbra. Qué sabe de su destino si se acerca a las desconocidas fauces de esa zona. ¿Qué criaturas asechan en esa ignota zona detrás de la puerta? Los antiguos muebles y la decoración de las restantes habitaciones de la casona permanecen indefensos. No dan signo de vida. De repente escucha algo que trepa sobre la pared de afuera. Se acerca. David empieza a agitarse. Humedece sus labios. Retrocede hasta llegar a la entrada y escapar de eso. Las pequeñas gotas de sangre manchan la vieja madera del suelo mientras camina hacia atrás.
-Sí, puedo correr hacia el comedor y llamar a la policía. Por qué no, ¡salir afuera y pedir ayuda! ¡Sí!... ¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué quiere?!- vocifera. Escucha el gruñido. Se empieza a acercar a la ventana. Brusco silencio. Su sombra empieza a cobrar claridad y a verse por la ventana. Sin previo aviso, el apagón se cierna fugazmente sobre la habitación. Cesa el dolor en su cuello y en su mano. El pavor se desvanece para siempre. Eso.

Larga Vida al Terror!!!!!

sábado 3 de octubre de 2009

Flower Power


Sus brazos se extienden hacia lo ancho del suelo en búsqueda de alguien más, pero lo único que logra es una leve tardanza que perdura sobre el ocaso. El sol, que reniega de ese irremediable pasar de horas, se mantiene plenamente sobre los seres vivos. Desde las despabiladas ardillas hasta las fascinantes mariposas sonríen por sus respectivos nichos ante el espectacular día que acaece. Los pájaros se distienden de sus abrumadoras responsabilidades para planear y cantar una oda a la felicidad. Surcan el despejado cielo. Los árboles, si bien permanecen enraizados en el fértil suelo, viven constantemente el presente día. Los colores vivos de las flores se multiplican cada hora. Sus pétalos sienten el confort del suave brillo solar. No hay ninguna nube que tape el sol. Las pocas que hay soy delgadas capas de aire que se irán condensando. Su tiesa blancura pronto se verá flaqueada por el impactante resplandor del sol. El parque experimenta un grandioso entusiasmo. Aquel lugar testigo de encuentros fortuitos e injustas ausencias abraza a todos los jóvenes dispuestos a sonreír, charlar y a descubrir un somnoliento secreto idílico.

Los eternos adolescentes se congregan en el espacio natural y sacan provecho del gran día. No falta el mediano mantel colorido que yace sobre el pasto para llevar a cabo el sabroso picnic en donde se degusta los frescos sandwiches de miga de contenido variado; los pequeños vasos blancos de de plástico para contener el delicioso jugo de naranja y de gaseosa; y los exquisitos postres conservados en el taper, como brownies de chocolate o magdalenas cubiertas de dulce de leche. Algunos optan por tener a mano una guitarra criolla para deleitar al grupo con “una que sepamos todos”, y así destilar la rimbombante melodía. Otros corretean y saltan entre risas dando la espalda a la vergüenza; y otros, sin alejarse de la agitación, prefieren improvisar una cancha y jugar al volleyball o al fútbol. Las pelotas nunca llegaron tal alto hasta tocar el cielo y bajar sobre la diversión, la cual brilla por su candente presencia.

Esa hipnotizadora estampa se cultiva en el parque, que posee una gran extensión superficial. Alejado del bullicio callejero, pero cercano a las avenidas principales de la ciudad, la gran plaza posee pequeños universos conformes a una inocente idealización: la anodina diversión sobre la tierra y el insultado pasto; el silencioso descanso sobre la corteza de los árboles y el recuperado pasto; y el emocionante confort y la paciente tranquilidad tapizada de risueñas flores. Hay una cantidad considerable de jóvenes en cada universo, excepto en el del confort. Solamente la habita Cecilia, una joven introvertida que descansa con una leve sonrisa. Mantiene los ojos abiertos para contemplar desde esa heroica posición el cielo despejado y las flores que la rodean. Los pájaros graznan. Se siente tan diminuta. Inhala el terso aire y luego lo exhala. Su mente, en blanco.

Los que vagan por ese espacio son aquellas almas ávidas de conocer a alguien. Un encuentro que va más allá de los efímeros “hola” y “chau”. Difíciles de construir son esas fugaces relaciones son. Se pide que se prolonguen esos vínculos, pero pedir semejante amparo es como anclar una irremediable lástima. Y así, se prefiere dejar de lado esa incesante búsqueda de ese tan ansiado corazón. Aquella infausta inocencia se percibe en la atmósfera de esta zona. Muchos de los que concurrían aquí bajaron los brazos y prefirieron morder sus labios lejos de la presencia humana. El resto pudo encontrar los besos y de los pocos que quedan aguardan su momento.

Cecilia cierra sus ojos por un momento para dormitar. Un par de pétalos amarillos se desprenden de una flor y caen sobre su mejilla derecha. Su somnolencia no percibe semejante roce débil. Las flores circundantes la vigilan.
-Shhh –se escucha decir.
La joven abre sus ojos y mira hacia la dirección en donde están ubicados sus pies. Sólo flores. Mira a los costados. Flores. Mira hacia arriba. La misma naturaleza.
-El viento… -susurra Cecilia.
Se da cuenta que algo le roza su mejilla, por lo que se toca allí y ve los pétalos. Se los guarda en su puño izquierdo. Nuevamente cierra sus ojos.
-Shhh.
Trata de ignorar ese chistido, pero es inevitable.
-El viento… o es mi imaginación –piensa. Se incorpora del suelo y se apoya sobre sus brazos. Mira a los costados y ve sólo flores y árboles. A lo lejos, el recreo. Se recuesta sobre el césped. Esta vez, no quiere dormir. Decide esperar por ese extraño sonido. Escucha ese chistar. Su corazón late de forma apresurada. Nadie a la vista.
-Algo real… o una broma –dice.
Cierra sus ojos y levanta las cejas en son de resignación. Se recuesta sobre el suelo, siempre con su bello rostro mirando hacia el cielo. Ya no puede conciliar el sueño. Aún así, mantiene cerrados sus ojos color café. Luego piensa:

-Al final, llegué a los 26 años. Una edad que borda los treinta. Una edad en que ya debería estar comprometida con alguien. Pero antes de eso, primero debería estar de novia; o mejor dicho, debería estar involucrada con un hombre. No, nada de eso. En el fondo, no reniego de ello. Aprendí a estar sola. Pero… -hace un breve silencio- veo a mis amigos que ya tienen sus respectivas parejas. Y yo quedo como la amarga del grupo. Espero que disimulen mi estado de ánimo. Soy feliz, pero… pero ¿lo soy de este modo? O sea, ¿estando sola? Soy inexperta en cuanto a besar, abrazar y bueno… se entiende. Ya ni me acuerdo cuando fue la primera vez que accedí a un beso. Creo que nunca. No sé –se pasa su mano derecha sobre su rostro-, quizás si…
Cecilia se detiene en medio de su parlamento interno y escucha el chistar de alguien.
-Esta vez no es el viento, ni lo fue nunca. Es alguien –asevera con un tono de seguridad.
Se levanta del pasto y mira a todos los costados. La gente jugando y comiendo allá. Atrás y a los costados, plena arboleda y autos en pleno movimiento sobre las calles.
Acaso la cándida criatura teme que una bondadosa fiera aseche sobre ella para asestarle un beso cargado eléctricamente de puro entusiasmo y torpeza. Luego siente algo pesado que le golpea en su cabeza. Casi se muere del susto. Se da vuelta y resulta ser una pelota de fútbol. Se agacha para tenerla y ver a quien se le ha perdido. Desde lo lejos se ve a un joven que clama por el balón. Ella lo alza con las dos manos y la tira con todas sus fuerzas. Llega al destino y el deportista le resta hacer nueve pasos para recuperar la pelota. El agradecimiento, nulo.
-Hace rato que no tenía a alguien tan lejos de mí –bromea y se sienta sobre el césped. Antes de acostarse mira a los costados para ver si puede divisar a aquel extraño sujeto. Nada. Finalmente se recuesta. Se siente un poco adolorida por el golpe provocado por el leve pelotazo accidental.

Mientras contempla el cielo con una sonrisa y una mirada adormecida, se escucha:
-Shhh… Hola.
Para Cecilia, ese saludo parco es inusual, casi extraño.
-OK, el viento no es –murmura-, alguien me acaba de saludar a escondidas. Espero que no sea un pesado.
Esta vez, lentamente, su cabeza se leva sobre la llanura floreal. Divisa los alrededores a la hora de encontrar a ese individuo responsable de su emocionante inquietud. Una abeja revolotea alrededor de su cabeza y la espanta con su mano derecha. Se aleja del trivial peligro. Escucha el chistido y percibe que ese corto sonido proviene de la arboleda ubicada a la izquierda. Su percepción siempre se ahoga en una desazón, por lo que prefiere confirmar su intuición. Los minutos pasan y sus brazos empiezan a acalambrarse de tanto apoyarse sobre ellos.
-Voy a aguardar un poco más –dice. La tarde empieza a caer, pero los colores vivos resisten ante el arrebato nocturno. Luego prosigue con su fluido pensamiento:
-¿Qué pasa?... ¿Dónde estaba?.. Ah, sí,… -sonríe- un beso… Quisiera saber cómo es ser besada. Creo que ya estoy divagando. Siempre repito el mismo prólogo en estos días. Pero hoy es muy especial. O sea, es el día de la primavera. Eso significa mucho para mí. Bueno, para todos. Algunas personas, como yo, no tienen una lograda racha de suerte en cuanto a una fuerte amistad. Pero es el lapso de la alegría y la esperanza. Todo se puede lograr. Todos nos enamoramos en algún momento de la vida, pero que se concrete limpiamente… a años luz. Pero un día, el menos pensado, se da. Así, simplemente. Sin estorbos. Quizás hoy es el día. Creo que tengo que dejar de ser un poco fatalista. Ya me estoy cansando de ese lúgubre papel. Ya soy grande. Dicha. En eso tenés que pensar. Mirá el día de hoy –sonríe de oreja a oreja- ¿Quién se puede deprimir? Nadie. El sol aún está arriba y el clima es templado. Todos ríen y sueñan. Así, todos los problemas se esfuman.

Alza los brazos para estilarlos. Se acomoda bien sobre el lecho improvisado y cierra los ojos.
-¿Quién puede ser? –piensa- Que yo sepa no tengo a nadie que esté interesado en mí. Del barrio….-piensa en una lista de nombres posibles- No, nadie… ¿Esto es lo que se llama amor a primera vista? ¿Un retorno al inolvidable amor de verano? Ese chico que me chista ni siquiera me conoce y ya me saludó. ¿Hoy es el día? Si es así, bienvenido sea. Estoy muy emocionada, pero no debo adelantarme a los hechos. Ni siquiera lo conozco…. ¡Cuanta emoción!... Pero… ¿será a mi quien me chista? Quizás hay otra chica sumergida en este lugar. ¿Ves? Por eso no quería apresurarme. No sé que pensar. Traquilizate. Respira en forma calmada –suspira- y todo va estar bien. Pensá únicamente en lo que ves ahora –contempla el cielo- ¿no es hermoso? ¡Dios!...
Su corazón se enaltece y lleva sus manos estrechadas entre sí hacia la zona de su pecho.
Los pájaros aún prosiguen con su copla. Las delgadas nubes no desaparecieron. Al contrario, se alejaron para continuar con su detenido paseo sobre lugares remotos.

-Voy a esperar un rato más –murmura y luego bosteza. Su mano izquierda oculta su gesto bucal. El sueño regresa a su mirada y la vence por completo. El sol empieza a cerrar su telón y el cielo hace los honores a la entrada del crepúsculo. Todavía se escucha el revoloteo juvenil. Las mariposas aún baten sus brillantes alas. Pronto, los minúsculos seres vivos regresan a sus quehaceres. Los nichos esperan por su anhelada llegada. Los pequeños universos del parque se mantienen firmes. El dulce misterio resulta imprescindible. Cecilia dormita. Cuando está a punto de conciliar el profundo sueño, un grillo compone una sutil canción apostada sobre una pequeña piedra. El aria empieza a escasos centímetros del oído de Cecilia, por lo que se despierta de ese corto letargo. Abre los ojos y ve el cielo de un tono anaranjado y azul.
-Ya está oscureciendo… y no lo escuché.
Se lamenta por el final del día. No quiere irse. Se acomoda a un costado derecho y ve los tallos coloridos de las flores. Vuelve a su posición normal y suspira. Hace fuerzas con sus brazos y enfrente de ella, a pocos metros de distancia, ve a un joven con una rara expresión en su cara. Sus labios están a punto de silbar… o chistar. Cecilia no sabe qué decir, pero por fin se alivia al saber que esa persona existe. La angustia se ha despejado. El joven cierra su boca y tapa sus ojos con su mano derecha.
-Perdoname… Hola – se presenta torpemente
-Shhh –chista Cecilia y sonríe.

Larga Vida a la Primavera!!!!!

lunes 21 de septiembre de 2009

Made in Hong Kong


La solitaria habitación de Georgina deja de padecer esa patente monotonía. Aquella inocente flor que por años ha sido engalanada por la imposibilidad de poder concretar una cita duradera, ingresa a su reducto. Su mano viene acompañada de otra que no es sino la de su temprano amante, Matías. En media de esa mansa oscuridad hogareña, Georgina trata de encontrar la tecla de la luz apostada al lado derecho del marco de la puerta. La torpeza nunca se mantuvo tan pura como en este momento. Una vez más, la desmaña se resigna. Sin preocuparse por la oscuridad que reina allí, ambos amantes ingresan al cuarto. El tenue viento nocturno se cuela en la ventana entreabierta. Las cortinas marrones le dan la sutil bienvenida. La luz de la luna no pasa desapercibida. Al costado de la ventana, la puerta corrediza permanece abierta. Georgina se dirige a la cama que está bajo la ventana y se sienta al costado.
-No tengas miedo, Mati. No pasa nada –dice la joven con un tono seguro-, no me voy a enojar si no venís a mí. Sentate al lado mío.
Matías asienta con la cabeza, pero mira al piso de madera. Ella le sonríe. Se humedece la boca y se acerca a ella. Acto seguido, se sienta al costado izquierdo de ella. Apenas se ven entre sí. Pero son concientes de que el amor es plenamente claro.

-Te noto muy extraño –le dice Georgina-, ¿acaso no te gusto?
-Sí, me… me gustas –le dice y su timidez empieza a cubrir gran parte de su mirada-, ¿por qué me lo preguntas?

-Bueno… porque no me miras cuando te estoy hablando. Te soy sincera, no se por qué, pero como que presiento que temes a algo. No se, pero tu mirada lo dice. No hay que ser Freud para deducir lo que te pasa. Mirá, yo no tengo miedo –le estrecha las manos a Matías, quien se siente a punto de desmayar-, ¿viste?
-Sí, siento esa verdad –le dice con una sonrisa que bordea el nerviosismo. Las delicadas caricias se deslizan sobre sus manos y palmas. Luego sus dedos presencian su cruce con las de ellas. Se afianzan.
-Hay como una especie de misterio que te rodea cuando bajas los ojos, pero quiero que vos me los digas. Quisiera saber cuál es ese secreto que tenés ahí.
Deja por un instante su mano izquierda y con su índice le levanta el mentón. Matías no tiene más remedio que apuntar sus ojos color café hacia ella.
-Lo que pasa es que… bueno… soy tímido y más en esta situación –asevera torpemente.
-¿Cuál situación? –le pregunta Georgina y luego le ofrece una gran sonrisa. Su dedo índice deja el mentón del joven para luego acariciarle su rostro-. Si estas pensando lo mismo que yo, yo estoy tratando de ser otra persona. No sé si me entendés. Lo que te quiero decir es que también soy muy tímida y los nervios que tengo encima me pesan, pero como te dije, en estas situaciones, trato de aparentar ser otra persona. En estos momentos soy… como te puedo decir… segura de sí misma. Pienso en que nada malo puede pasar porque estoy con vos.

-Sí, te entiendo –una vez más baja la mirada como signo de congoja-, lo que pasa es estoy así porque…
Hace una breve pausa y prosigue:
-Es que es la primera vez estoy a solas con una chica y como que me cuesta un poco poder relacionarme…
Georgina le agarra su mano derecha y le dice:
-Lo que me queres decir es que nunca… tuviste un encuentro íntimo con una mujer ¿A eso te referís?
-Bueno… sí.
-No te pongas mal, Mati. Somos dos entonces. Bah, habrá más gente como nosotros que ha pasado, pasa y pasará por la misma situación. La cuestión es estar sumamente tranquilo. Despejarse de todos los problemas –le sonríe nuevamente y le da un beso en su mejilla derecha.
-Yo tengo un poco miedo –añade y recuesta su cabeza sobre su hombro-, pero como estoy con vos, ese temor desaparece. Ahora siento una gran felicidad. Mi corazón me dice que te ama y que en estos meses nunca se sintió tan vivo desde que nos conocimos. Te amo, Matías –le susurra en el oído derecho con una suave voz onírica.
Modestamente, Matías la abraza de la cintura y le susurra en su oído izquierdo:
-De ese miedo que hablaste recién está desapareciendo. Me siento más relajado y muy feliz. Nadie me abrazó de esta manera. Te amo. Vas a pensar que soy un torpe al expresarme así. Quizás no soy bueno en aquello, pero trato de compensarlo con cariño –le da un suave beso sobre su cuello.

Luego, ambos se miran con una verdadera seguridad. Matías le pasa suavemente su mano derecha sobre el bello rostro de Georgina, quien se sonroja y baja un poco la mirada. Los inocentes roles cambiaron por unos segundos. Sus miradas y sus labios se acercan. Se besan en forma tierna. Luego de besarse, ella se desabrocha los botones de su blusa celeste para dejar al descubierto una remera blanca. Él se desabotona su camisa leñadora color marrón y se saca la remera negra. Ella se despoja de la remera. Los besos se tornan apasionados. Las prendas de vestir caen sobre el piso de modo despreocupado. La torpeza no ha olvidado antes que nada de protegerse el uno al otro. Los mimos y las caricias endulzan toda la dócil habitación de la joven. Una noche verdaderamente dulce y llena de íntimos secretos.

Los delgados rayos matutinos y las dichosas palomas despiertan levemente a Georgina de su reconfortante letargo. Aún no quiere levantarse. Prefiere mantener ese inolvidable momento. Hay una gran sonrisa en su somnolencia. Se acuesta sobre el lado izquierdo y busca con su mano derecho el pecho de Matías, pero no lo halla. Aquella sonrisa empieza a desvanecerse y abre los ojos en forma despacio. No está.
-Quizás se fue al baño -piensa.
Se sienta sobre la cama y se lleva la sabana blanca hacia su pecho. Piensa acerca de su temprana felicidad. Sonríe. Mira al techo y sus ojos se tornan vidriosos.
-Entonces así se siente –dice y le caen las lágrimas. Emite una leve risa -¡Soy muy feliz junto al hombre que amo! Mati, ¿me escuchas?
Solamente se escuchan cantar las aves matinales.
-Mati ¿me escuchas? ¿Estas ahí? –repite, pero no encuentra contestación alguna. Se reclina un poco para poder verlo, pero no hay señal.
Georgina se pone su remera blanca y se dirige al baño ubicado en el pasillo. Golpea la puerta color turquesa. Nadie contesta. Gira el picaporte y el baño se encuentra vacío. Sus pies sienten la frialdad del piso. Se dirige al comedor. Nada. Va hacia la cocina. Nada. La canilla gotea constantemente sobre el lavabo. Se acerca a ella y la cierra fuertemente.
-Mati, ¿dónde estás? –dice con una voz que está a punto de resquebrajarse sobre el hielo. Luego mira la puerta de la entrada que está entreabierta. Se dirige hacia allí y se detiene a pocos pasos de ella.

-Espero que no sea lo que estoy pensando ahora mismo –murmura. Se acerca finalmente a la puerta y la cierra con llave. Su cabeza se recuesta sobre la superficie de la puerta. Se da vuelta y vuelve hacia su habitación. Alza sus brazos a los costados del pasillo y hace pasar sus manos sobre la pared celeste. Llega a su cuarto y se sienta sobre su cama deshecha.
-Dudo que se haya ido a comprar algo para desayunar –dice mientras se pasa su mano izquierda sobre su rostro. Se descubre su cara y mira el reloj de la mesa de luz. Marca las 10:45 AM. –Un poco tarde para desayunar.
Mira hacia atrás para ver el lugar vacío que dejó su pareja. El costado permanece arrugado. Contempla el piso. Aquella camisa leñadora, su remera negra, sus jeans oscuros y sus zapatillas negras no se encuentran. Solamente están los jeans claros, la blusa y los zapatos violetas que claman por abrigar su endeble cuerpo.
Trata de comprender lo que acaece en este momento.
-Se fue así. Sin un beso. Aún si yo estuviese durmiendo, hubiera sentido una mínima expresión de cariño. Pero… -hace un profundo silencio y trata de reprimir las lágrimas que pocos antes eran de dicha y ahora son de ahogo- Jugó conmigo. No fui más que eso… una cualquiera. No esperaba esto. No… no había fallas en nuestra relación. ¿No le correspondo? –se pregunta con un tono culposo.

Cierra sus pestañas y se sienta sobre el piso. Cuidadosamente se desploma junto con la sabana blanca sobre el suelo. Baja su ingenua mirada. Había esperado con mucha mesura este momento. Cada día que pasaba por delante de sus ojos color almendra era realmente expectante. Georgina respiraba una increíble fantasía. Pero esa pequeña caja de música se hizo trizas. Se da cuenta de que estas últimas semanas estaba tratando con una persona que faltaba a la pura verdad.
-Creo que me estoy apresurando demasiado a los hechos –asevera y mantiene sus ojos cerrados-. Quizás no sea así. Tal vez se fue por culpa de su timidez, pero aún así me hubiera dicho adonde se iba. Los domingos no trabaja. No se qué pensar –afirma.
Luego, tiene una idea. Abre sus ojos y agarra su celular que está sobre la mesa de luz. Busca el número de Matías y lo llama. Se lleva el teléfono a su oído derecho y espera. No quiere dejar un mensaje en su correo. Corta el teléfono y envía un mensaje de texto. “Hola Mati ¿Dónde estas? Me desperté y no estabas al lado mío. Por favor, llamame. Te amo. Georgina” Lo manda y espera. Pasan las horas diurnas. No se despega del suelo. La clara habitación presencia un sórdido silencio. Mezcla extraña de tensión y resignación. La joven lagrimea y seca sus débiles sollozos con la sábana.
-Entonces es cierto –dice irónicamente y baja su mirada-. La primera vez duele.

Larga Vida a la Tercera Base!!!!!

jueves 13 de agosto de 2009

Habitación o Un Profundo Velo o Asimismo o Título / Contenido V


Sus oscuros anteojos
pierden totalmente su utilidad.
Sucede lo mismo con la transparencia,
lo oculto se escurre de la caverna
y se divisa lo errático.

Se considera un ser normal
para reprimir sus caóticas falencias.
No puede construir una humildad
debido al desgraciado tiempo presente.
Acaso el allegado rencor lo haglorificado
y puesto en un sucio pedestal.

Una propia superioridad
como armadura a desmenuzar
ante la presión diaria.
La insistencia por un real cambio
no cede cual un parpadeo.

Su soledad fue muy recurrente,
pero nunca le ha parecido tan fortuito.
Su actual reflexión se acentúa
y la inconciencia es la verdadera intrusa.
Su memoria trata de descollar
sus descarnados pecados.

Su orgullo de ser un fatuo inteligente
lo ha alejado de la bondad.
Qué decir de su descaro
de distinguir lo bueno de lo feo,
asqueando el desaire de los defectos ajenos.

Su mundo cristalizado
vulgamente en su ombligo
se descascara por la creciente presión.
Surte efecto el intimismo comprensivo.
Decide cambiar.

Es emocionante la expectativa,
pero en el momento de develar
su agrietada sinceridad,
cierra sus ojos para siempre.
Pasa a la crespuscular eternidad.
Y su aceptación, truncada.

Larga Vida a la Recapacitación!!!!!

jueves 6 de agosto de 2009

Estado de Beligerancia o Grrrrl o Tierra de Nadie o Título / Contenido IV

No posee arrepentimiento alguno
para desenfundar su rifle y arremeter
contra los detestables enemigos de su mundo
que la transformaron en un corroído juguete
hecho para ser idiotizado hasta su muerte.

Fue librada a la fatalidad de la arrogancia
de esa gente que no le importó su sensibilidad.
Fue desechada por no entender
la locura de la tolerancia
de dañar la descorazonada debilidad.

No compartió los “sagrados” valores
dictados por la nefasta sociedad
a la que se había unido originalmente
por glorificar la mutua amistad.
Pronto la misma mutó los alegres corazones
y sus templadas mentes
para abrazar la crueldad.

Pidió recapacitación hacia sus seres,
pero su clemencia fue escupida
y pronto se dio cuenta de la alienación sorpresiva
que atestaba en sus cruentas miradas
Ellos la consideraban un monstruo
y debía ser expulsada a la suerte.
La diferencia no se hizo esperar
y fue desterrada para siempre,
cargando la humillación y el maltrato.

Las risas de los malvivientes se enlutaron
tras un constante silbido del más allá.
Una encandilante explosión lustró
la tierra de armonía liviana,
por lo que la fraternidad llevó a cabo una oscura cumbre
para lidiar contra ese previsto enemigo.

Ella, apostada contra las sufridas bolsas de arena
para amortiguar los estallidos.
A la vez que la tierra se sacude,
No cierra sus pestañas para no despertar el dolor interno.
Los globos aerostáticos no demuestran su elegante destino,
ya que arrojan sus mortíferas penas
sobre la combatiente, quien se luce
al esquivar con destreza tal odisea.

Pocas defensas acrecientan el suspenso
y sólo batalla blindada con su bravura.
Del otro lado, insisten en acabar
con la reciente extraña, pero afrontan
una atemorizante realidad:
la inteligencia es superior a la ignorancia.

El ambiente se aclara y cesa el rapaz fuego.
La sociedad respira una cabizbaja cordura.
De repente las barricadas se rompen
y ella escucha una leve explosión.

La luz no ciega y contempla con emoción
una bandera blanca que cubre el cielo,
la que proyecta una clara rendición.
Pero más que eso, es el entierro
de las marcadas diferencias
y el triunfo de la inspirante normalidad.

Larga Vida a la Paz!!!!!

lunes 3 de agosto de 2009

Back


Nunca vio en su vida un reflejo tan hermoso como el que esta contemplado ahora. El rebote de la imagen es su primordial esencia, como la sombra y el espíritu, pero tal reflejo es superior a aquellos atributos. Una delicada pero profunda opresión siente Santiago en su corazón al observar la imagen reflejada de una ignota joven sobre el gran ventanal de la oficina central. El reflejo es el perfecto calco de la chica, quien no hace más que mirar los edificios contiguos. “¿Quién será?” se pregunta Santiago y como si alguien hubiese escuchado esa duda interna, su compañero de trabajo, Gonzalo, aparece sobre el borde celeste superior del cubículo y le pide un corrector. Santiago busca en el primer cajón de su escritorio y lo encuentra. Se lo da y le dice: “Acaba de entrar al trabajo. Es nueva”.

Santiago lo mira perplejo, extraño. Gonzalo blanquea sus ojos y le dice: “La chica que está enfrente de vos, mirando la ventana. No te hagas el desentendido”. Santiago asienta la cabeza y su colega vuelve a su recinto. Antes de reiniciar su trabajo que consiste en hacer los balances y ordenar las transacciones del día, se levanta de su silla giratoria y se acerca al recinto de su compañero y le dice: “Gonza, perdoname que te interrumpa, pero acaso no sabes cómo se llama la chica nueva”. “¿Por qué querés saber el nombre? ¿Te gusta? Si apenas la conoces. Bah, ni le dijiste hola, nada. ¿Te interesa? ” Semejante invasión interrogativa provoca que Santiago vuelva a ubicarse en el lugar correspondiente. Cuando quiera ver a la joven, sólo ve el ventanal. Se levanta y mira a los costados, pero no la divisa.

Tras hacer correcciones sobre séptima hoja de balance, Gonzalo se asoma sobre el cubículo y le pregunta: “¿Y? ¿Pudiste hablar con la nueva? Lo dudo, pero, bueno… ¿Pudiste verla?”. Santiago piensa que su compañero de trabajo debería apaciguar su intromisión y meterse íntegramente en sus asuntos, pero no se atreve contestarle, ya que no quiere equipararse a él, un sujeto insoportable y dañino. Raramente, Santiago no es de irritarse, por lo que lo mira y le contesta en forma educada: “Desde que terminamos de hablar hace” -mira su reloj pulsera- “cuarenta y cinco minutos, sí, cuarenta y cinco minutos, no la ví más. Desapareció” “A propósito de ella, allá está” asevera Gonzalo y la señala con la cabeza. Santiago gira a la izquierda y la ve en el umbral del ascensor con el supervisor, quien le explica las acciones y responsabilidades que debe llevar a cabo en su puesto de trabajo. La joven desvía un poco su mirada para ver el ambiente en donde trabajará. “Es hermosa” murmura Santiago. El balbuceo se desparrama en su recinto. Cuando la chica mira al joven de camisa celeste, que no es sino Santiago, éste baja rápidamente sus ojos y simula escribir algo en una pequeña hoja amarilla. “¿Por qué no la miraste cuando ella te vio?” le dice. “Que se calle un poco” piensa Santiago.

Luego, piensa la causa de esa estúpida acción. ¿Acaso así obran los individuos cuando se les presenta una persona capaz de ofuscar los tímidos ojos de uno? Pero él no puede evitarlo. Teme que esa chica piense que es uno de esos sujetos devoradores de inocentes mujeres. Su cabizbaja mirada demuestra esa tiesa teoría. “Nene, mirá que se fue la nueva. Linda sonrisa tiene y no sé si te miraba de reojo… Y vos, nada” asegura Gonzalo.

El reloj marca las 12:00 AM. Hora del almuerzo y el descanso. Santiago prefiere quedarse en su recinto. No es que sea un individuo asocial, pero prefiere terminar lo más antes posible esos balances. Gonzalo sale de su puesto de trabajo y se ubica enfrente de Santiago para hacerle un además con su mano derecha para comer y beber algo, pero se niega. “Perdoname, Gonza, pero mejor me quedo a terminar esto. Te lo agradezco” le dice. “Siempre lo mismo… Bueno… ¿te traigo algo de afuera?” Santiago le agradece el gesto, pero por el momento no desea nada, sólo finalizar el presente trabajo. Gonzalo se marcha. Santiago no es el único que queda trabajando en la oficina. Varias personas se quedan charlando con sus compañeros. Risas y murmullos se escuchan en la casi desolada agencia. Aunque el receso laboral tiene un breve período de media hora, lo cual también es razonable, sirve para los empleados para exhalar una bocanada de despejo y meditación, colgando en el espaldar de la silla el traqueteo de carpetas, visitas y dudas.

Santiago deja de redactar el informe de balances. Su garganta padece sequedad. Su paladar tiene ganas de beber una lágrima. Se levanta de su silla y se dirige al comedor, en donde se ubica la máquina de hacer café expreso. El comedor es inmenso. Puede albergar a todos los empleados de la oficina. Aún así, algunos prefieren almorzar afuera para distenderse de la atmósfera laboral. Las anchas mesas de madera y las sillas blancas se reparten a los costados, dejando un gran estrecho para movilizarse. Santiago ve la máquina al costado derecho del impecable bazar de acero inoxidable. Saca dos monedas de $1 y las introduce en la ranura, luego pulsa el botón blanco de Lágrima. El contenido se llena casi hasta el borde del vaso de plástico blanco. Un pitido proveniente del interior de la máquina señala que la infusión está lista. Lo extrae y agarra de la mesada del bazar un sobre de edulcorante y una pajilla para mezclar. Desea llevar la lágrima hacia su escritorio.

Deja atrás el comedor y a metros la ve. Otra vez contemplando las verdes inmediaciones naturales. Quizás está buscando paz en las afueras, ya que las pilas de carpetas, las miles de hojas y los sellos no responden a su complacida armonía. Afuera el día esta realmente hermoso. El sol brilla y los chicos corretean alrededor de la plaza. Las sombras de los árboles nunca se sintieron tan lúcidas como en este momento, ya que sienten la precoz presencia continua. Santiago retrocede un poco y se pone al costado del marco azul de la entrada del comedor. “¿Cómo me acerco a ella?... No puedo ir y decirle “Lindo día, ¿no?”. Tampoco decirle “Sos muy hermosa” si ni siquiera conozco su nombre y le tiras rosas… Valor… Juntá valor y andá hacia ella… Que sea lo que sea”, piensa. Cuando avanza con pasos seguros, ella se da vuelta y lo mira. “Temo que mire a otro y no a mí. Si lo hace, no se en donde meterme”, piensa. Ella muestra una reconfortante sonrisa.

Ho, hola” le dice torpemente. Sin ni siquiera pensarlo, Santiago le ofrece su lágrima y le dice: “Como bienvenida a este trabajo te desee lo mejor. Se que es poco lo que te ofrezco…” Ella mira el pequeño obsequio y levanta su vista hacia él. “Bueno, te agradezco mucho por el recibimiento. Nadie me recibió así… con un buen gesto” dice. Su voz es un susurro. Pronuncia aquellas palabras en forma delicada, como si tratara a las mismas con mucha delicadeza. Una voz demasiada apacible en medio de una apresurada tormenta. “No, no es nada” balbucea Santiago. “Me llamo Yasmín -le da la mano derecha- ¿y vos?” le pregunta. También le da la mano, quien la siente tibia. “Santiago me llamo” le contesta. Cada uno habla sobre su vida en forma distendida y comparten muchas miradas y sonrisas.

Lindo día, ¿no?” le dice a Santiago. “Sí, lo es…” responde. “Sabes, lo que más me gusta de afuera, de lo que estoy viendo afuera es esa pareja. ¿La ves?” Santiago se acerca al ventanal y no ve nada. Sólo ve a varios chicos corriendo y jugando en el tobogán y en la hamaca. “No, Yasmín, no la veo” disiente Santiago. “Fijate bien, ¿no ves a la pareja? –se acerca a la espalda de él y le susurra en su oído derecho una suave y dulce melodía que llega a su garganta- ¿No ves enfrente nuestro a esas dos personas que están intensamente interesadas el uno a otro desde el momento que cruzaron tímidamente sus tiesas miradas? No se si es desorientación lo que pasa entre ellos, pero es muy seguro que algo profundo es. Si ambos esquivaron la mirada es porque algo extraño pasa, pero para bien. Nada hay que temer. Sin apenas conocerse, sus temores a la desconfianza y a la duda se fugaron. En seguida trabaron una buena relación. Luego el tiempo dirá si hay algo más hermoso que eso. Mientras él titubea, ella desea abrazar a su torpe corazón, que no para de contemplar sus bellas palabras… Santiago, ¿los ves ahora?”. Ambos no se percatan que es la hora de volver al trabajo. Todos arriban a sus puestos correspondientes y se sumergen en las responsabilidades. Y un pronto y sorpresivo idilio se empieza a gestar enfrente de los recintos. Nadie hace caso a ello, salvo esa inocente pareja.

Larga Vida a los Susurros!!!!!

lunes 13 de julio de 2009

Bully


Las inquietantes lágrimas que se derraman en sus tiernas mejillas no atenúan los agudos puñetazos que asesta Walter sobre el delgado y alicaído ombligo de la precoz víctima del día. Obviamente su anodina diversión debe (y tiene) que ser enriquecida por seres alcahuetes que no son sino unos excelentes chupamedias; en este caso son Javier y Leandro, quienes se ríen de la presente situación como dos auténticas hienas que padecen idiotismo. “Por favor, no… no me pegues” suplica el temeroso estudiante de Humanidades. Sin embargo, este ruego no trastoca la mente de Walter y descarga su cierta inmadurez sobre el pobre alumno, quien se ahoga con sus propios lamentos.

La circulación en el baño de hombres es escasa. Los pocos que ingresan allí entran con la sola tarea de lavarse las manos tras mantener un entretenido fútbol y salir de ahí. Prefieren no entrometerse en el violento cubículo, a veces salpicado de sangre y ahuecada estupidez, ya que si lo hacen, pronto se convertirán en los nuevos y resignados monigotes. Saben que ese destino es demasiado perturbador, y más para aquel que debe lidiar con semejante carga en su garganta.

¿Sabés lo que sos? Un tontito que anda por ahí, como un fracasado” – apoya su mano izquierda sobra el azulejo beige y lo mira – “a ver… repetí: “soy un fracasado”. Repetí” – muestra sus dientes – “o le digo a mi mano que hable por vos” – hace un ademán con su puño derecho cerrado – “¡Dale!” El estudiante de primer año del Polimodal teme que su vida sea desvanecida y baja sus brazos para demostrar su completa resignación. Empieza a repetir tales palabras rasgadas de vergüenza. “Soy… soy… soy un…”. Su titubeo se acalla cuando Walter lo golpea fuertemente en su pecho. El alumno se desploma sobre el costado derecho del inodoro y se agarra la parte afectada con sus dos manos. Lloriquea. Walter se agacha y le dice: “Maricón, mañana te veo”. Se incorpora y sale del cubículo pardo. Sus posteriores pasos son seguidos por sus servidores. Salen del baño y mientras se alejan del cuarto, los estudiantes se acercan al baño de manera tímida e ingresan al mismo para auxiliar a la demacrada víctima, una de las tantas personas acosadas por el bravucón de Walter.

Cada vez que Walter se aprovecha, en este caso y como regla estrictamente universal, de un individuo débil (a saber, sujetos destinadamente impopulares dentro de la clase y del vecindario sumergidos en la inocencia y en los libros rotulados como “cultos”), siente un gran poder, un completo control sobre la reñida situación. Nadie se atreve a desafiarlo, ya que eso implicaría un latente peligro que pone en jaque la injustificada dualidad dominador-dominado.

El desaliñado estilo de vestir de Walter (remera negra gastada, guardapolvo desplanchado y manchado con la tinta de su tapicera, jeans gastados de jugar a la pelota milésimas de veces y las zapatillas de tenis media rotas en sus costados) no contrasta mucho con su rostro alejado de la seriedad estudiantil, ya que posee oscuro cabello corto lamido por el gel que se pasa en su hogar, exorbitantes ojos color verde, pecas en sus mejillas y una sonrisa diabólica. Su enorme estatura le permite ser aún más divisible en los pasillos de la escuela, más en los dos recesos.

Ni bien dobla a la derecha, Walter se topa bruscamente con el director de la escuela, Gustavo Solanas, quien lo mira fieramente y lo lleva desde la punta de su oreja izquierda. Quiere aguantar el quejido, por lo que cierra sus ojos y muerde sus labios. Sus dos lacayos miran la escena de modo estupefacto. Mientras se dirigen al salón de congratulaciones, rectificaciones y castigos, los alumnos ven asombradamente la escena. No tarda mucho en que más de uno suelta una leve risita o se tapa la boca para que no se escape una carcajada y produzca un efecto dominó. Walter siente una extraña sensación en sus ojos que nunca había sentido antes, la de la vergüenza. Las risas se sostienen hasta cuando el director y el sujeto castigado arriban al lugar del destino. Gustavo abre la puerta del mismo e ingresa primero Walter y luego el rector. Una vez que la puerta se cierra tras ellos, los estudiantes ríen y luego murmuran por lo acaecido.

Haceme el favor, Ozuna, sentante”. Sin quitarle la vista, Gustavo le señala la silla plástica verde a Walter, quien lo mira consternado y lleno de odio por la vergüenza que le hizo pasar frente a los alumnos. El director se sienta en su cómodo sillón giratorio de cuero con marrón. Luego pone sus grandes manos y los entrelaza sobre el escritorio. Lo mira fijamente a Walter, quien mira hacia abajo y masculla mentalmente en el silencio. Solanas rompe el silencio y le dice: “Ozuna… te soy sincero, estoy cansado de vos. No sé qué es lo que te pasa. No sé… En esta escuela privilegiamos la educación por excelencia. Tenemos a los mejores alumnos con mejores calificaciones del poblado y vos” – lo señala con su índice izquierdo – “andas por ahí, avergonzando la imagen de esta escuela pública. Maltratas… mirame cuando te estoy hablando, veo que eso nunca lo aprendiste ni acá ni en tu casa. Mirame y sentate como corresponde, maleducado” – Walter se acomoda en el asiento y lo mira – “A ver, Walter, decime… ¿por qué te comportás de eso modo, tan… mal? ¿Por qué?”.

Walter se rasca la cabeza con sus dos manos y le dice: “No lo sé”. Su breve confesión lo hace irritar a Gustavo, quien posee una conducta bastante tranquila, pero cuando está en presencia de un asunto que desborda la maldad injustificada, su bondadoso rostro se desfigura y da lugar a uno tétrico. “No lo sé. Esa es tu simple respuesta. No lo sé… Nunca escuche una respuesta tan elaborada como la que acabo recién de escuchar” – lo mira y no sale de su asombro – “Realmente, estoy sin palabras. Sin palabras porque un mocoso me hace pasar por un idiota. A ver, voy a ver si tu magnífica justificación es cierta o no”. Se levanta de su asiento y se dirige hacia el gabinete color ocre. Abre la puerta y busca el cuaderno de disciplina. Lo halla y cierra el gabinete. Vuelve al asiento y pone el robusto cuaderno forrado con color amarillo y lunares blancos. Un delgado folio cubre la libreta generadora de malestares.

Gustavo se sienta y abre el cuaderno. Pasa las hojas y se detiene en una de las primeras. “El 10 de marzo le pegaste a un alumno y le provocaste una rotura en su tabique nasal ¿Por qué? No lo sabes… El 26 del mismo mes le tiraste los pelos a una estudiante y la empujaste contra los bancos del aula ¿Por qué? No lo sabes…. El 7 de abril rompiste los vidrios de la puerta de tu aula con tu zapatilla ¿Por qué? No lo sabes… El 29 de abril moliste varias tizas blancas y le tiraste a otro alumno en su cara ¿Por qué? No lo sabes... El 11 de mayo le embarraste con chicle el pelo a una estudiante ¿Por qué? No lo sabes… El 28 de mayo le tiraste un pelotazo a una alumna en su cara ¿Por qué? No lo sabes… Junio…” – Gustavo mueve su cabeza a los costados laterales – “Junio… El 2 de junio le robaste el cuaderno de comunicaciones a un alumno y lo tiraste a la calle para que los autos pasen por encima de él, el 11 de junio le diste una patada a una alumna en su estomago porque no te cedió el asiento en el salón, el 19 de junio le escupiste la cara a la maestra de Química por una nota que crees que no era merecida, el 25 de junio ahogaste a un alumno en la pileta de natación que casi se muere y ahora me entero que golpeaste a un estudiante en el baño…Se te tuvo mucha paciencia y concesión. Creí por un momento que un día ibas a cambiar, pero no. No pasó nada de eso. ¿Por qué? No lo sabes. Bueno, Walter, te voy a decir por qué actuas de ese modo” – cierra el cuaderno y lo deja a un costado izquierdo del escritorio – “En realidad voy a dejarlo a tu cuenta, que pienses muy bien acerca de tus actos, pero antes de eso…” – abre de nuevo el cuaderno de disciplinas y escribe, luego habla en voz alta – “El alumno Walter Ozuna se lo ha suspendido de la escuela por tiempo indeterminado por haber golpeado a un alumno en el baño de hombres. Bien. Firmá” – le pasa el cuaderno a Walter, quien lo contempla estupefacto.

Walter mira las palabras redactadas por el director en el renglón inferior de la hoja. Luego la firma de Solanas y a un costado el espacio en blanco en donde debe firmar el responsable de la falta a la moral. Gustavo lo mira firmemente. Walter se tapa la boca y trata de contener las lagrimas. Luego lo mira al director, quien lo ve como a un ser despojado de su coraza jactanciosa. “Pido perdón, señor Director. Pero no quiero que me saquen de esta escuela. Se lo pido por Dios,” – se levanta de la silla y al costado derecho se arrodilla y junta sus manos – “no me suspenda. Le prometo que nunca maltrataré a nadie. Se lo juro”. Luego escuchan que alguien toca la puerta. Solanas ve a más de una sombra a través del vidrio opaco. “Sí, pasen” ordena el director.

Walter mira atrás y ve a caras muy conocidas. Son aquellas que vieron, en un pasado no muy distante, furtivamente la cara y después sus puños. Desde aquel alumno que sufrió un golpe en su nariz, pasando por la escupida profesora de Química, hasta el estudiante golpeado en el baño ingresan a la dirección. Solanas los acomoda alrededor del escritorio. Todas las miradas apuntan únicamente a Walter, a quien un nudo en la garganta se le hace. “Bueno Walter, quizás sepas ahora la causa que te motiva a hacer semejantes barbaridades en esta escuela ¿Podes ahora razonar?” le dice a Walter, quien se mantiene todavía arrodillado. El problemático joven percibe las miradas llenas de resentimientos acumulados en sus fríos rostros, puños cerrados y vidriosos ojos que resisten a maldecirlo. “Lo… hago… lo hago porque me gusta sentirme superior. Por eso…”, confiesa. “Hacer ¿qué?”, le pregunta Gustavo. “Maltratar, gastar y hacerle pasar vergüenza a la gente” dice. Todos tratan de contenerse ante las repulsivas palabras de su boca. “Bueno, lo admitís. Ahora quiero que a cada uno de los presentes le pidas perdón por lo que hiciste” le ordena a Walter, quien se levanta del piso y empieza a pedirles perdón cabizbajamente. Los rostros de las personas permanecen inmutados. Walter piensa en desaparecer, esfumarse ante la imprevista situación de incomodidad. Cuando termina de pedirles perdón, Solanas pide a los alumnos y a la maestra de Química que se retiren de la dirección. Luego de irse y cerrar la puerta, Solanas le dice a Walter que firme el cuaderno. Acto seguido, el joven lo hace y le dice: “Te doy un plazo de dos semanas para que cambies esa conducta que me atosiga. Si no lo respetas, te suspenso de por vida. Ahora retirate y andá al recreo” Walter suspira y le dice: “Gracias, señor por…” Gustavo corta abruptamente las palabras del joven diciéndole: “Retirate”. Walter retrocede, se da vuelta y abre la puerta y la cierra. Su nudo en la garganta permanece.

Walter ve alrededor las caras de esos alumnos que soltaron en el aire escolar grandes carcajadas. Aún la atmósfera está viciada con el mismo cariz. Quiere refugiarse en sus dos servidores, pero no los encuentra. Se aleja de esas risotadas precoces hasta llegar al patio de la escuela. Mira a su alrededor y no los ve. De repente, un pelotazo en su nariz le dificulta respirar y ver. “¿Quién fue el…?” Walter se detiene al ver enfrente de él un joven bastante y más robusto que él. Se acerca a él y le dice en forma increpante: “Sí, fui yo, pero ibas a seguir hablando y te interrumpí, ¿qué ibas a decir?” “No, nada…”, dice y empieza alejarse de ese extraño estudiante. “¿Cómo que nada?, ibas a decirme algo, dale, decímelo, dale” increpa nuevamente a Walter. Suelta a un costado la pelota y se acerca a él, mientras que el mismo empieza a avanzar rápidamente hasta ser perseguido por el patio. Esconderse en un lugar seguro, eso sí lo sabe.

Larga Vida a la Madurez!!!!!

viernes 3 de julio de 2009

Bienhechor


Su índice derecho aprieta suavemente la tecla de la luz de su habitación y sus parpados se paralizan al avistar que una ágil figura se escapa a través de la ventana abierta. La víctima no sabe qué hacer y se acerca rápidamente hacia la ventana, en donde puede ver aquella persona que se escapa con un maletín negro en su mano derecha y desaparece en la tupida maleza. Belén avanza con una sonrisa más que satisfactoria, ya que acaba de cometer un hurto contra la propiedad ajena. La envidia fue arrebata para siempre y guardada en su máxima brevedad para arrojarla a un merecido destino.

Más allá de las implicancias que nutren el amargado episodio, sumado a sus fatídicas consecuencias, Belén piensa solamente en el bien que hace a la humanidad el pecaminoso acto de robar los defectos inmateriales. Aquellos menoscabos que visten, ya sea conciente (en mayor medida) o inconscientemente, a las almas y los convierten en seres alejados de la bondad y humildad, aspectos que aún persisten, pero en ínfimas proporciones. Sus existencias tienen una indudable deuda con la heroica joven. Las “pobres” víctimas no hacen denuncia alguna porque no quieren ser conocidas por sus lúcidas fallas.

La maleta que mantiene agarrada firmemente en su mano derecha no se le fue otorgada por algún allegado suyo, sino que tal objeto lo encontró sobre la rambla de una playa. Semejante hallazgo motivó a que Belén no lo deseche y lo guarde para una posterior función. Fue como una especie de señal. La joven caminaba desolada por el muelle en búsqueda de paz, ya que tal serenidad no la encontraba en el interior de su corazón, hasta que vio un maletín de color negro. Miró a sus alrededores y se percató de que nadie fue a indagar ni tampoco a acudir por él. Se acercó y estaba en perfectas condiciones. Tanto el cuero oscuro como la manija y los cerrojos brillaban ante la tenue luz de la tarde. Tenía duda en abrirla, ya que tal vez el dueño de ese estuche iba a aparecer y la culparía por entrometerse en algo privado. Entonces se alejó un par de metros y esperó dos horas. De vez en cuando miraba de reojo el silencioso mar. Las leves olas sufrían un poco de pereza. Pasó el tiempo y nadie se arrimaba al objeto. No despertaba curiosidad alguna. Fue así que Belén se acercó y lo agarro de la manija. Después se la llevó a la habitación del hotel en donde se alojaba por una semana. Luego se subir por las escaleras, llegó a su cuarto en ingresó al mismo. Se dirigió inmediatamente a su cama y desprendió los cerrojos. Lo abrió y encontró un papel doblado por la mitad. Extrajo el papel y dejó a un costado de su cama la maleta. La joven abrió el papel y leyó en voz baja: “Destierra lo impalpable” Estaba desorientada tras haber leído ese extraño mensaje.

La letra cursiva negra de tal mensaje hacía entender una gran modestia. Quien haya escrito esas palabras provocaba para quien lo lea una extraña belleza, pero también un designio, la de desnaturalizar la virulenta esencia de aquellas malas personas. Su paz iba a entorpecerse con su fin, pero prefería hacer el bien común, y no el propio. Pero para hacer ese bien debía realizar un delito. Robar de por sí es un crimen, pero ¿hurtar un defecto que empobrece la alma lo es?

Armada solamente con su sonrisa y escondida bajo una capucha de lana que deja entrever sus ideales pestañas, sus hermosos ojos color café y su cabello castaño lacio caído hasta su cuello, entabla la heroica misión. Los estados puros son materializados en las sombras muy oscuras proyectadas en las personas. Las sombras claras destilan bondad. En plena luz del día, las sombras se resguardan atrás de la gente, pero en el interior de los hogares sumergido en la intimidad, las sombras de independizan y vagan adentro, mostrando la verdadera condición humana. Más que merodear en el hogar, las sombras descansan sobre la cama y su forma tiende a convertirse en una delgada sombra similar a la de una varilla. Entonces, Belén espera el momento de ingresar a la habitación, ya sea por la ventana o por una puerta descuidadamente abierta, y con sus manos agarra velozmente la sombra y la mete en su maletín para luego escabullirse.

Las pocas personas que la vieron apropiarse directamente de su ¿apreciada? pertenencia tienen ataques de desconcierto y furia, ya que su pureza se es difícil de reconstruir, ya que lleva un prolongado tiempo para recuperarla. La sombra no puede desdoblarse en su tamaño original, ya que la bondad alojada en el estuche no le permite escaparse ni emitir ningún ruido. La primera víctima de su tarea fue la maldad, aquella palabra que desazona el alma como todos los defectos. Un adolescente revoltoso cargaba alegremente con ese peso bajo su sombra. Se aprovechaba de la debilidad de alguien para avergonzarlo frente a sus amigos. Hasta que ese desorden se acabó con la acción de Belén. Las sombrías proyecciones llaman la atención de la sagaz joven, por lo que le permite identificar fácilmente a las personas que subliman anomalías. Simplemente espera en la esquina de la avenida principal para cumplir su meta. De entre esa marejada de personas que atraviesan la calle principal, le llamó la atención la sombra de ese chico. Lo siguió hasta su casa y vio por la ventana a la maldad que descansaba sobre las sábanas marrones. El joven no volvería a ser el mismo a partir de la desaparición de su condición.

Luego la adicción a las drogas circundaba a una joven madura que estaba bastante corroída por tal enfermedad. Belén decidió liberarla de tal prisión cuando estaba desvanecida en un callejón sin salida. La sombra descansaba a la par de ella. De manera muy cuidadosa, Belén se acercó a ella y capturó a la tétrica figura para guardarla en su maletín. Cada noche atrapaba a cada defecto, aunque eso implicaba que la noche sea bastante interminable, ya que de un menoscabo pasó a varios. Todos los males fueron capturados por Belén. Desde el sadomasoquismo pasando por la depresión, la lujuria, la ansiedad, el malestar y la psicosis, para luego terminar con la envidia. Le resultaba un poco difícil cargar con tanto mal en su maletín.

Tras escapar de la casa portadora de la codicia, Belén escucha un fuerte disparo y antes de girar para averiguar su origen, siente algo ponzoñoso en su pantorrilla derecha. Se derrumba sobre el suelo pedregoso y el maletín se le escapa de su mano derecha, cayendo a un costado izquierdo. Emite un leve grito y mira su zona de dolor, la cual empieza a sangrar, tiñendo la tierra de rojo. A lo lejos ve al responsable de su caída: el sujeto de la envidia que no es sino un trastornado ejecutivo que envidia desde una lapicera hasta un par de mocasines que ve al pasar. Transpira y los nervios le carcomen su mente cada vez que ve que alguien tiene algo más superior que él. Luego de disparar con su escopeta, su fisonomía se enfría. Sus ojos desorbitados desaparecen de su cuarto y pronto Belén se incorpora torpemente de la tierra haciendo fuerzas con sus dos brazos. Agarra el maletín y empieza correr entre la arboleda.

Se agita y el dolor de su pierna se acrecienta con cada paso que da sobre el suelo. No quiere mirar para atrás. Esquiva las ramas que se le atraviesan en el camino. Mientras huye, piensa en la corta vida que ha padecido. Nunca pudo disfrutar de una vida plena. Pensaba, como las personas carentes de felicidad, que no tenía alguna que otra meta en su vida. Hasta que se topó con ese maletín y su vida cambiaría drásticamente. Su soledad y desamor se solapan con el heroísmo anónimo, aquella suerte de popularidad ignota que sufre, o mejor dicho, que satisface y tranquiliza al humilde titán.

Belén se detiene un poco, ya que el dolor mina sus fuerzas de seguir escapando. Mira a todos los costados y no ve al maléfico sujeto. Respira con dificultad. Luego escucha un crujido entre la maleza. Transpira. Decide continuar con su corrida. Es humano lagrimear. No quiere abandonar su lucha, pero es conciente que su vida va a exhalar su último suspiro. Empieza a ver borroso el paisaje agitado. Luego siente un fuerte malestar en su corazón. Un tiro la desvanece para siempre y cae boca abajo. El maletín cae sobre un suelo empinado. El ejecutivo se muerde los labios. A pasos agigantados avanza hacia el cuerpo de Belén, quien abandona para siempre su extraña lucha por el bien.

El sujeto baja el cañón de su arma sobre la espalda de Belén para cerciorase si vive o no. Sin existencia. Luego se apresura a buscar el maletín, pero no lo encuentra en los alrededores. Bajo el camino inclinado hay una laguna. Maldice. Piensa que tal vez, aunque trata de no dudar, el maletín se hundió en lo profundo del tétrico estanque. Baja por el camino y se acerca al lugar. Pronto una repentina tranquilidad reina en su mente. No sabe a qué le atribuye tal estado mental. La escopeta se le cae de sus manos y traga un poco de saliva al no poder comprender lo que le está pasando. Aquella envidia que aireó su mirada durante mucho tiempo, lo que provocó una fuerte ira hacia los demás, desaparece de su alma. Pero siente un remordimiento tras haber cometido un nefasto crimen. Sus ojos empiezan a lagrimear. Se da vuelta y corre desesperadamente hacia el cuerpo de aquella joven.

El camino es difícil de transitar. Se cae cada vez que llega a la cima. Tras tres intentos, llega al camino llano y no encuentra el cadáver de esa chica. Mira a los costados y no encuentra nada. Se acerca a donde ha ocurrido su fatal caída y no encuentra rastros de sangre. El joven se encuentra realmente confundido por lo que acaece. No sabe qué decir. Mientras, las fatídicas sombras se hunden cada vez en las profundidades del lago para no ser urgidas nunca más. La recóndita bondad cunde a los defectos para siempre y las personas oprimidas de modo conciente respiran un irreconocible sosiego en su pecho.

Larga Vida a la Seguridad!!!!!

martes 23 de junio de 2009

Narices Frías


No es por destilar pura holgazanería, pero Débora prefiere quedarse en su casa. La causa de su estadía hogareña se debe al gélido aire que traspasa la corteza de los árboles y resquebraja las hojas que cabizbajan sobre el suelo. La temperatura desciende aproximadamente a los -2º. A través de la cortina verde de su ventana, las calles quedan libradas a la suerte. Nadie se atreve a dar un mísero paso sobre la acera cubierta de escarcha. Sólo las hojas que caen sobre el piso corren el desafortunado destino de congelarse allí. Débora corre a un costado derecho la cortina y escucha el fuerte soplido del viento proveniente del sur. Un suave escalofrío le recorre por su cuello. Exhala por su nariz un poco de aire tibio y se impregna sobre el vidrio. Sus manos se entumecen, al igual que sus pies. Tirita. Se respira el invierno.

Podría quedarse oculta bajo la sábana y frazada de su cama y crear un pequeño mundo cubierto de estío, pero el sedentarismo no se refleja en su rostro, el cual parece ser un perfecto reflejo de la impasible estación, ya que es pálida como la leche. No sólo eso, su piel es glacial como un iceberg. Sin embargo, esa frialdad no se refleja en su modo de ser. Débora es muy simpática, tierna y bella, rótulos dispares al crudo y solitario invierno.

Deja de contemplar el afuera gris y se higieniza en el baño. Va al armario afín de cambiarse de ropa. Abre sus puertas y elige de modo correcto la vestimenta a engalanar. Remera negra de mangas largas, un buzo marrón y un jean negro gastado. Su pijama color violeta vuelve bajo la almohada blanca y se viste con las prendas optadas para el día. Luego se pone un chalín beige que había comprado en una feria de artesanía del barrio y una gabardina negra que le llega hasta su cintura. Debajo de las prendas suspendidas por las perchas, se encuentran sus zapatillas y botas. Elige botas negras con tacos. Se las calza y cierra el armario. Hace su cama y vuelve al baño para pasar el peine sobre su cabello rubio. Se dirige a la cocina. Todas las habitaciones padecen realmente un estado de entumecimiento. Tirita. Antes de poner la jarra con leche en la hornalla para preparar una rica chocolatada, decide salir al patio para buscar un par de pequeños troncos con el objeto de despertar a la salamandra ubicada en el comedor. Su mano derecha abre el picaporte y la retira inmediatamente, ya que la misma está muy fría. Junta valor. Gira las llaves y, después, el picaporte. El viento acaricia gélidamente su rostro. Emite un pequeño grito tras la fuerte sacudida. Cierra la puerta y se dirige de modo apresurada hacia la caseta del asador. Debajo de la misma, hay una mediana caja de madera. La saca y pone en ella siete leñas. Luego la levanta de los costados y trota rápidamente hacia la puerta de la cocina. Baja la caja y abre la puerta. Ingresa a la casa con la provisión necesaria para entibiar su hogar. Cierra la puerta y, con la caja sobre sus manos, va hacia al brasero.

Hace tres meses, sus abuelos le regalaron la salamandra para su cumpleaños. Ella no podía estar más feliz en ese momento. El artefacto color negro posee una forma ovalada y tiene dos entradas: la primera para poner los pequeños troncos y la segunda, en donde caen las cenizas de las leñas petrificadas luego de ser alimentadas con un fuego reconfortante. Débora abre la pecunia puerta del brasero e introduce cuatros troncos. Al costado izquierdo del aparato, hay diarios viejos, por lo que saca tres hojas y las mete también ahí. Va a la cocina y encuentra el encendedor rojo. Le prende a las hojas y tenuemente el calor se transmite hacia las leñas. Al costado derecho del brasero, hay una pequeña botella de kerosén. Desenrosca la tapa y vierte un poco de contenido rojizo en el interior, por lo que las llamas se avivan. Para mantener vivo el reciente fuego, agarra la pequeña pala verde para limpiar el polvo del piso de adentro y la agita de un costado a otro. Luego de un minuto, el fuego abraza una gran estabilidad y levemente se siente un gran confort en el comedor. Acerca sus manos hacia la salamandra y se entibian. Se sienten muy aliviadas.

Va ala cocina y abre la heladera. Saca un sachet de leche y vierte sobre la jarra de acero inoxidable. La pone sobre el fuego de la hornalla. Mientras se calienta la leche, Saca de la alacena una taza naranja y le pone tres cucharas de azúcar del yerbero. Luego, le suma dos cucharas de cocoa. Tras tres minutos, la leche está lista. Vierte sobre la taza y mezcla con la cuchara. Prueba y sabe muy bien. De la taza emana el aire caliente que templará su cuerpo. Luego va hacia al comedor y se sienta. Antes de sentarse, trae de la cocina galletas de pan. Mientras sorbe, mira hacia la ventana. Afuera el frío, adentro la paz. Agarra una galleta y la corta en pequeños pedazos. Cuando está a punto de comer el dulce pan, escucha un par de risitas de chicos. Observa a través de la ventana a niños que corretean por la vereda, abrigados con camperas, gorros y bufandas de lanas. Llevando la taza con las dos manos, se acerca a la ventana y contempla el motivo de tal jolgorio: nieve.

A primera vista, pensó que una llovizna se había desatado sobre el pueblo, pero se equivocó. Pequeños copos de nieve cubren las copas de los vetustos árboles y el pasto queda tanto indefenso como perplejo ante tal espectáculo. Hace una hora, no había ni un alma que paseara por estos lugares, pero la impronta lluvia desalojó cualquier temor hacia el exterior. Sin importar que el frió cale en sus huesos, madres con sus hijos salen afuera para sentir en sus manos y mejillas la heroica nevada. Débora no quiere quedarse atrás y perderse de este esplendoroso día. Termina de beber la chocolatada y la lleva ala cocina para enjuagarla. Luego va hacia su habitación y agarra del tercer cajón de su mesa de luz un par de guantes de cuero negro y un gorro de lana color verde y beige con una línea lila en el medio. Agarra su morral verde para guardar su celular y pañuelos descartables. Llega hacia el comedor y abre la puerta. Siente en sus mejillas los primeros copos de nieve de su jovial existencia. Cierra la puerta con llave y abandona por un momento su cálido hogar.

Sobre la vereda de su casa ve a las madres que llevan de la mano a sus hijos. Se puede apreciar un gran entusiasmo de ellos por tal agradable evento. A los lejos, Débora ve el vapor que exhalan los chicos. Pensar que ella iba a seguir dormitando en su cama. Advierte que los vecinos caminan en un solo sentido: hacia el parque. Cierra la reja y se dispone a ir a tal congregación. Antes de marcharse, se siente segura al saber que la salamandra funciona de modo correcto y no va a causar un estrago alguno en la casa. Mientras avanza hacia la plaza, que dista unas cinco cuadras de su hogar, la nieve se resiste a parar. Escucha los suaves murmullos y las risas escondidas de los niños y adolescentes. Alguna que otra persona se refugia en los almacenes y hablan con sus encargados y charlan sobre lo que acaece. Personas que se encuentran en un bar de la esquina ven a través del vidrio la blancura caída del cielo. Dejan de beber, comer, charlar y leer para permanecer atónitos frente a tal escena. Nunca había nevado en el barrio.

Hipnotizados por la nieve, los vecinos concurren poco a poco al parque. El pasto verde deja lugar para que descansen los blancos copos. Los árboles, desprovistos de hojas por la complicidad lúgubre del otoño, se sienten abrigados por la nevisca. Los bancos de maderas están ocupados por la bienaventurada cellisca. Los vidrios de los faroles están empapados de frío. A una cuadra del encuentro, Débora se detiene en un pub e ingresa al local para pedir dos capuchinos para llevar. Finalmente arriba al lugar y se emociona al ver la plaza cubierta de pura nieve.

Los chicos se despegan velozmente de la mano de sus madres y corren hacia la zona natural. Agarran un poco de nieve y hacen pequeñas bolas, las cuales son arrojadas entre ellas, convirtiendo así en divertida e inocente batalla y contagiándose las risas. Débora mira el júbilo que se desprende de sus bocas. Está a punto de beber el capuchino cuando sus ojos se encandilan tras una potente luz. Mira y ve al costado suyo a un fotógrafo. “Disculpe, señorita. No quise molestarla, pero estoy tomando fotos para el diario”. El joven profesional se queda fascinado por la extraña belleza de Débora. Luego, el muchacho se retira y continúa con su labor.

Pronto, asisten parejas enmarcando un bello cuadro de un secreto e íntimo amor. Se toman de la mano, se abrazan y se besan. Débora sorbe. El capuchino es muy sabroso. Casi se le caen los dos vasos debido a que siente en su espalda un proyectil de nieve. Voltea su cabeza y un niño se esconde atrás de un frondoso árbol. Ella se incorpora y sonríe. No padece ninguna molestia. El precoz aprovecha a que ella no la ve y escapa de modo inconsciente, quizás porque ella inspira miedo. Nada de eso. Los copos se acrecientan y la felicidad también. La presente atmósfera es motivo para que los vecinos se encuentren con sus amigos en un gran abrazo, los chicos jueguen al compás del aire y los novios quemen sus corazones.

Pasan las horas y una gran multitud se presenta en el parque festejando un evento no muy común en la vida: la sorpresiva caída de nieve acompañado de la llegada de la estación más fría del año. Sin embargo, la helada no es síntoma de amargura, incertidumbre, angustia o depresión. Al contrario, implica resistencia y vitalidad, más una cuota de esperanza. Pronto esa frialdad deja de entreverse en los rostros de las almas del parque cuando afloran los encuentros, las risas y el amor.

La tarde se conjuga con la noche y la gente no desea por nada del mundo adentrarse a sus respectivas casas. Pernoctan en la plaza como un sano ritual de encuentro y charla. Débora mira hacia el nublado cielo y los copos se alojan en sus cejas. Sus ojos color gris no olvidarán nunca este maravilloso día. Todos los ojos, perennes y emocionados, se cobijan bajo la infrecuente manta blanca.

Larga Vida al Invierno!!!!!

lunes 22 de junio de 2009

Me, Loser


El vapor del vidrio del botiquín pierde su turbia visibilidad tras el paso de su mano derecha. Aún está empañado el vidrio. Cristina no repara en ello. Se agacha y abre la puerta del tocador blanco. Extrae una toalla celeste y cierra la puerta del mueble. Se refriega la toalla por los costados de su cabello castaño mientras cierra sus ojos. Se saca la toalla y la deja sobre la banqueta blanca, ubicada al costado izquierdo del tocador. Toma de vuelta la toalla y lo pasa por el vidrio. Cristina puede ver su reflejo. Mira extrañada y respira melancolía.

Abre la puerta del baño y el pasillo encuentra el vaho de la ducha. Cristina ingresa a su habitación y cierra la puerta tras ella. La ropa del día descana sobre la frazada marrón de su cama. Se despoja de la toalla multicolor que la envuelve desde su pecho hasta los tobillos y la deja sobre el espaldar de la silla de madera del escritorio. Se viste. La vestimenta es acorde a su estilo. Linda entre la seriedad y la sumisión. Se etiqueta con lo claroscuro, su color académico. Tras la ropa interior, se pone una remera blanca y un escote negro que aparenta ser un jovial jardinero con las clásicas tiras bien abotonados sobre el hombro. Medias oscuras y zapatos negros finalizan su cambio. Pronto, un dolor de cabeza invade su leve equilibrio. Se acerca a la mesa del escritorio y agarra sus anteojos que yacen dentro del estuche gris. Lo abre y se los pone. Es notable el brillo que despide el grueso armazón de color negro. A pesar de las burlas que se cuchichean atrás de ella, Cristina ama esos anteojos. La hacen parecer una joven que ostenta una alta IQ. Sin embargo, ello no desagravia su estado de ánimo debido a su idilio nulo.

Desde que tiene uso corriente de la razón hasta su actual edad de 25 años, Cristina no ha probado hasta el momento un beso. De ahí radica su patético estado. Tener esa decisiva edad y no sentir un emocional abrazo la entristece un poco, aunque no se avoca pura y exclusivamente a pensar en labios sellados. Sólo se cabizbaja cuando está sola. O sea, sinceramente, siempre. De ahí radica su crispante melancolía. Todo esto suma una autoestima baja, pero ella trata de enmascararla, según la situación, bajo un manto de superación. Se convence de aquella remota idea de que todo funcionará mejor en un abrir y cerrar de sus ojos marrones. Aunque ello es casi imposible, ella persevera.

Tuvo la oportunidad de ser besada. Semejante expectativa fue disipada. En noveno grado de la primaria, sus labios anhelaban las caricias de Ezequiel, pero aquel anodino sujeto sólo existía en su mente. Se sentaba adelante, mientras que él, atrás, aquel lugar predilecto de las almas vagas e idiotas. De vez en cuando, o mejor dicho, siempre, volteaba su cabeza para contemplarlo. En un momento, él sonrió. Ella, muy contenta. Sin embargo, esa sonrisa iba dirigida para su compañera, Diana. Tuvo que tragar tal amargura y procesarla en su habitación. Pero no pudo esperar. En el segundo recreo, se dirigió a la biblioteca, buscó un libro de Historia contemporánea y, simulando que leía de modo atento, las páginas sintieron sus lágrimas. Desde entonces, cada año de la secundaria implicaba eso: frustración cardiaca. Su look harapiento, lejano de los dictados de la moda fastuosa, no le brinda cierta atracción sobre el sexo opuesto. Ella prefiere conservar su humildad. No tiene grandes cualidades, salvo la de su inteligencia que le ha permitido triunfar en todos los exámenes y llegar al lugar que ocupa: ejecutiva a tan temprana edad. Aún así, quiere amar y ser amada.

Ahora ve bien. Se dirige al armario y abre su puerta lateral derecha. Atrás de ella, un espejo. Se mira y se acomoda la ropa. Saca dos pelusas de su jardinero encubierto. “Bien…” balbucea. No habla mucho. Se limita a proferir cuando alguien le pide un consejo, pero es concisa. De hecho, es tímida, lo que provoca que no sea habitué de salidas nocturnas, y en el caso que sea, debe juntarse con alguien para disfrutarlas. Su soledad se acrecienta.

Mira al costado y elige uno de los muchos perfumes que le ha obsequiado su madre cada año. De entre todos, elige el que sabe a jazmín. Lo agarra con la mano izquierda y presiona el borde, con lo que sale el suave contenido. Lo pone en su lugar. Atrás de las colonias, hay un estuche de plástico azul. Allí se encuentra su incomodo y despojado recuerdo materializado en los brackets. Cuando el dentista le dio la grata noticia de abandonarlos para siempre, miró al techo blanco del consultorio en son de paz y alivio. Se dio cuenta de que las cosas ibas a ponerse a su lado para bien. Esos frenos, invisibles para algunos, la deslucían mucho. Se sentía un bicho. Por suerte, esos incómodos aparatos dentales quedaron como una anécdota para ennegrecer una tarde.

Cierra la puerta del mueble y va al baño. Recoge la ropa casual que se había puesto antes de bañarse y la lleva al cesto de ropa sucia, ubicado en el pasillo. No es que esté sumergida en la inmundicia, pero lava sus prendas cada tres días. Luego, regresa al baño y limpia el piso. Apaga las luces y cierra la puerta. Se da media vuelta y vuelve al baño. Se lava bien las manos con el jabón amarillo. Pone una nueva toalla color violeta y se las seca. Agarra el peine y se cepilla su descuidado cabello. Se torna suave. Luego abre el botiquín y saca el estuche de cosméticos. A pesar del rimel, la sombra y el lápiz labial, su aspecto sigue estando intacto. Contempla su reflejo en el espejo, el cual permanece impregnado de vapor en los costados superiores e inferiores. Agarra el lápiz labial y dibuja un pequeño corazón en el centro del espejo. Casualidad o no, la forma encuadra en su pequeña boca.

Guarda los cosméticos en la caja y la pone en su lugar. Se observa nuevamente en el espejo y piensa: “¿Por qué los soy? ¿Qué hice de malo en la vida? Obré lo correcto… Nací así… No sé como decirlo… 25 años y ningún novio. Que triste…” Cierra sus ojos y los abre para ver si engalana una magia, pero es en vano. Abandona el baño. Se va a la cocina y pone a fuego lento la cafetera. Mientras espera a endulzar su paladar, se va al comedor, en donde se encuentra su maletín. Revisa las carpetas a llevar para la exposición. Todo en orden. Vuelve a la cocina. Agarra una taza con borde naranja de la alacena y le agrega tres cucharadas de azúcar del yerbero. El café esta listo. Sirve el contenido hasta más de la mitad de la taza. Mezcla y prueba. Justo de azúcar. Agarra la taza y bebe. Mientras lo hace, ve al vecino de al lado, llamado Luis, que sale por la puerta de atrás con una gran bolsa de consorcio gris. Pasa por el patio y la deja en el cesto metálico de basura. Vuelve por el patio y entra a su casa. Desde que se mudó a este vecindario, Cristina ha visto a este joven como un completo ermitaño. Cultiva un estado solitario. Un poco se alivia Cristina, debido a que hay una persona que padece un estado más calamitoso que el suyo. Un poco la hace feliz, pero a costa de otra, así que esa tranquilidad se le borra de su cara.

Termina de beber el café y lava la taza. Lo deja en el secapalatos y apaga las luces de la cocina. Agarra el maletín y su cartera. Abre la puerta con su llave y sale afuera. El aire es húmedo. Justo cuando sale al exterior se topa bruscamente con Luis, su vecino, quien la mira desde pies a cabeza. Cristina se asusta. No sabe qué hacer. Luis está a punto de decir algo, pero se arrepiente y sigue su camino. La joven trata de mantener un poco la calma. El imprevisible susto es acompañado por la inusitada contemplación de aquel misterioso hombre por ella. Además, ella no estuvo tan cerca de un hombre. Una increíble mixtura de sensaciones ataca su mente. Mientras cierra la puerta con llave, ve a aquel extraño ser que se aleja torpemente.

Luis se detiene y gira su cabeza para verla. Ella, rápidamente simula buscar algo en la cartera negra. Ella percibe que sigue viéndola sin caer en el malvado acoso. Por un lado, desea que su vecino se vaya, pero por el otro, que se quede un par de minutos contemplándola, ya que es la primera vez que llama la atención de alguien sin hacer nada exagerado o escabroso. Finalmente, Luis se da la vuelta y camina derecho. Cristina lo ve marcharse. Cierra su cartera, agarra fuertemente el maletín y se dirige a tomar el colectivo. “Perdedora…” murmura levemente en el aire y menea su cabeza amen de negar su lóbrego destino. Apoya su espalda sobre la puerta de su casa. Siente un perfume masculino, por lo que apuesta a que es de ese joven. Huele a timidez, misterio y ternura. Suspira anhelo. Cierra sus ojos y espera a abrirlos para despertar en una atmósfera prospera, libre de ataduras que opriman su corazón. Quizás ese claro y triste mote adjudicado a su alma se este despedazando poco a poco… si es que ella persevera.

Larga Vida al Laurel!!!!!

martes 9 de junio de 2009

Novatos o Un Simple Prólogo o Mariposas o Título / Contenido III


Si existiese un manual
que precisara los pasos engalanados
a seguir para mantener de modo correcto
una línea perfecta de un amor novato,
tal vez se caería en la trivialidad.

En un tiempo lejano, hubo un autor predispuesto
que plasmó su inocente torpeza idílica
en juglares burlescos
para anclar una sonrisa.

Los escollos pecaban por ser recalcitrantes,
además de ser fructíferos debido al aire inhábil
que suspiraba esa alma en cada esquina.
Pronto, ese vaho se contagió irremediablemente
por toda la atmósfera, con lo que arrojó
una tímida inexperiencia que bañó a los amantes.

Esa trova tibia y pueril
nunca se esfumó y siguió perenne
como un matinal eterno rocío.
Hasta hoy, se respira ese efluvio
y desordena de modo dulce el corazón.

Sus adormecidas miradas se refuerzan
extrañamente entre sí al sentir
esa lúgubre y poético perfume,
que los empuja a conocerse.
Luego de los brillos en los ojos,
sus cuellos sienten los suspiros
de la curiosa desmaña.

Ese antiguo poeta ha sucumbido
en un abrazo oscuro y espurio,
pero del que no tuvo arrepentimiento alguno.
Sus loas se redactaron en sus palmas
y se alojaron como miel en su cabeza.

Nadie sabe cómo alimentar esa extrañeza
y esa realidad que se asume
tal como es, sin filtro alguno.
Sólo responden a las citas, otros,
a los abrazos, y otros, a los besos.
A veces, en conjunto,
pero de todos modos, una relativa calma
reina en sus gargantas.

Se les erizan sus sombras
cuando sienten su lánguida presencia,
las palabras no afloran,
pero esa apacible ingenuidad,
por la que muchos la escupen,
se convierte en una osada valentía
hacia una emocionante novedad,
la de sentirse amado por primera vez.

La latente pasión trastoca la decencia,
y ese sabor primerizo del afecto
anula las miradas suspicaces
que se alimentan de absurda bulla.
Los primeros besos crispan sus lágrimas
y sus corazones no disienten
en sonreír ante la turbación que desusa
la histórica soledad de los amantes.

Es hora de saber de esa ruta
pavimentada de tieso suspenso,
pero, al mismo tiempo, de depurados encuentros
que no abundan en desastres
y en agrias lástimas
debido a su jovial impericia
de sentirse vivos.

Larga Vida al Allegado Día!!!!!

lunes 8 de junio de 2009

Salva(Vi)da


El término “dependencia” resulta ser bastardeada, según estriba la situación que se desenvuelve. Se puede bifurcar en dos grupos, totalmente heterogéneos entre sí: la dependencia por interés, por un lado; y la dependencia, por así decirlo, sentimental, por el otro. Si la primera implica, una nefasta relación impregnada de pura falsedad por el que se monta el factor material, por no decir capitalista; la segunda involucra un apego por lo idílico, en donde lo que manda es esa mutua confianza. En el contexto de una amistad o un noviazgo (una tiesa línea separa a esos dos ambientes), uno de los dos tiene el deber de auxiliar al otro en caso de peligro alguno. Algo o alguien asechan en el inesperado destino. Tal ayuda es un compromiso de corazón, y no de provecho. La cantante australiana Sia plasma tal certeza en la canción Don't Bring Me Down.

Sobrina de Colin Hay, frontman de Men At Work, banda de la temprana edad plástica de los ’80 y responsable de la famosa pieza “Who Can It Be Now?" (1981), Sia Kate Isobelle Furler, o simplemente Sia, nació el 18 de diciembre de 1975 en Adelaide, ciudad meridional de Australia, país que ha proveído artistas de gran calibre, como INXS y AC/DC. Luego de haber formado parte de una banda de acid jazz, Crisp, la joven oceánica se mudó en 2000 al Reino Unido, lo que le produjo en pocos años un salto a la fama como artista solista.

Su sosegada y reconfortante voz, sumado a una pose que desborda una conquistadora inocencia precoz, catapultó a Sia al éxito gracias a su primer registro discográfico: Healing Is Difficult, de 2000. El Trip-Hop (Reggae + Hip Hop + Electrónica: cannabis de sofá) emana en este disco en forma natural, por lo que tuvo cierta atención por parte de la crítica especializada. Si en los ’90 el Trip-Hop estuvo conducido en buena parte por los lisérgicos Massive Attack y los melancólicos Portishead, el nuevo milenio descansaba en manos seguras gracias a Sia. Su estilo acaparó la escena musical inglesa. Al año siguiente prestó su voz como corista en el disco Simple Things, primer disco de matinal banda británica Zero 7.

El ritmo cool de Healing Is Difficult, que tiene cierta reminiscencia con el tempo de Lauryn Hill y Nelly Furtado, se esfumó en el siguiente álbum. Quizás por su repentina ida de DancePool, el sub-sello de Sony Music, que le produjo su debut, y su llegada a la firma Go! Beat Records, la cadencia del posterior álbum hace un puro lavado de cara. El espíritu de la cantante británica Dido se cuela abiertamente en el segundo LP de Sia, Colour The Small One, de 2004.

Este álbum de estudio no es sino un profundo diario íntimo de una chica abatida, una respuesta a la muchacha segura del anterior álbum. Ese sumiso tempo que se respira en el disco se traduce en atmosféricas cuerdas y claustrofóbicos beats (los indispensables cetros de Zero 7) Entre la tranquilidad y la tristeza pende este silvestre registro. Las canciones, compuestas por Sia, tienen como directriz esencial la ingenuidad encuadrada en pequeñas y hermosas viñetas singulares: la infantil Rewrite (o la máxima “Si amas a alguien, déjalo libre”); la adhesiva Sunday (o cómo combatir el tedio con una potente imaginación); la irremediable The Bully (escrita junto con Beck, notable artista norteamericano), la angelical Natale’s Song y la hippie Butterflies (o unas gruesas pinceladas de la conflictividad y el consuelo); la resignada Sweet Potato (o la pesadez convertida en un brote sicótico); la optimista The Church Of What's Happening Now y la regocijante Numb (o cómo suena la sinceridad); y la afligida Breathe Me (empleada en el último capítulo de la mórbida serie estadounidense de televisión de HBO, Six Feet Under), la perla pop de Where I Belong -que en un principio iba a incluirse en el soundtrack del film Spiderman 2, pero por un problema con el sello, la canción fue descartada- la profunda Don´t Bring Me Down y la susurrante Moon (o el exclusivo estado pensativo)

El encauzado Colour The Small One posee unos minuciosos arreglos de cuerdas, por lo que los violines y los violoncellos brillan de modo majestuoso por su presencia. Los riffs de guitarra son tocados débilmente, para no opacar tales arreglos. Casi todas las canciones del mencionado álbum están impregnadas de dulces armonías a cargo de las cuerdas, como la levitante Don´t Bring Me Down, una descarnada pieza que, bajo una mirada inocente, no piensa ni en un momento de desdeñar a ese latente persona en el caso de encontrarse perdida en un tétrico ambiente.

La canción se abre al espectador con el empalme de los débiles acordes de guitarra acústica y los subterráneos violoncellos, a los que se suma repique del plató de la batería y el oscuro beat. Sia musita en el aire su pronto destino hasta llegar al puente del estribillo, en donde las cuerdas descansan y deja un pequeño espacio a la guitarra, acompañada de suaves tintineos provenientes del teclado. Luego de atravesado el estribillo, los violoncellos estimulan una grandiosa y excelente gravitación en donde se es imposible caer, ya que tal arreglo perfecto abraza una completa seguridad. Al recorrer de vuelta la pasadera, los arreglos se intensifican, al igual que el pedido de la artista de no desmoronarse, hasta llegar al clímax de la canción. Después, las cuerdas regresan a su tranquilo sitio, tal como ha empezado la pieza, no sin antes declarar su apego por tal alma.

Esa alma personificada en un príncipe valiente salido de un glorioso cuento de hadas. En pleno amanecer, Sia se viste como una doncella que siente el latente respiro de su sombra. Cierra sus ojos y se siente abrazada por él hasta sentir su dulzura. La tierna opresión que siente en su pecho la hace elevar al heroico cielo tan alto que no puede sentir sus labios, por lo que empieza a gravitar aún más, tomando conciencia de que en cualquier momento va a desmoronarse sobre el suelo. Sin embargo, no le interesa el desafortunado evento de caerse. ¿Desafortunado? ¿Por sentir algo sublime en el corazón?

Pero igual teme a que un agente terrestre o aéreo la derribe de ese encanto, por lo que le ruega a esa alma que la sujete con todas sus fuerzas. A cambio, ella no va a abandonarlo por nada del mundo. El mutuo compromiso no los atomiza y los convierte en esa persona especial que tanto se anhela en la vida. Arriba, ese príncipe es visto por ella como el sol que despierta su entusiasmo; y las minúsculas cosas, como un electrizante gozo. Una vez más se espanta por mirar abajo y le suplica que no la suelte. Se horroriza volver a un terreno desprovisto de compasión. El sólo hecho de pensar inquietantemente tal incidente, le hace perder un rumbo definitivo. Le implora que no la haga descender, porque se siente más a gusto allí, y más con esa persona. No elige otra cosa más valiente que estar al lado de él. En aquella angustiosa mente, libra la heroica lucha de no perder el coraje en el cielo, en donde el vértigo no se acalla, y menos en la oscura noche, por que le pide que la proteja ante la maldad. Necesita de él como un labio precisa de un beso.

En el cielo estrellado, la noche congela el aire, pero no los corazones enlazados. Más allá de las hipnotizantes miradas, los dulces besos y las desvanecedoras caricias, la ayuda que requiere uno de otro es indispensable. De esa forma, el afecto va a prosperar hasta recavar en el alma y estar asegurado de por vida. Es innegable no socorrer a alguien, y menos si se piensa constantemente en esa persona. Algo especial revolotea en las nubes y en el corazón.
Para Descargar Colour The Small One:




Sia - Don't Bring Me Down

Faint light of dawn
And I'm listening to you breathing in and breathing out
Needing nothing, you are honey dipped
You are beautiful floating clouds, soft world
I can't feel my lips

I'm going down, I don't want to change
I'm going down, going down the drain

Don't bring me down, I beg you
Don't bring me down, I won't let you
Don't bring me down

Then all of that's annulled and I am anyone's, everyone's
We are one, your face becomes the sun
And I'm addicted to the joy that the little things
Those little things, the little things, they bring

I'm going down, I don't want to change
I'm going down, going down the drain

Don't bring me down, I beg you
Don't bring me down, I won't let you
Don't bring me down

So now for restless mind
I could go either way

I'm going down, I don't wanna change
I'm going down, going down the drain

Don't bring me down, I beg you
Don't bring me down, I won't let you
Don't bring me down, I beg you
Don't bring me down, don't let me

Don't bring me down, I beg you
Don't bring me down, I won't let you
Don't bring me down

There is nothing left to choose
And so I fight a war in my head
Stay the night
Protect me

Larga Vida al Compromiso!!!!!

martes 2 de junio de 2009

Limbo


Nunca estuvo tan cerca de ella hasta este momento. Antes, cualquier evento, desde el más insípido hasta el más comprensivo, imposibilitaba concretar una cita. Casualidad o no (aunque no existe la eventualidad, sino el delicado destino), Guido encuentra a Telma, quien se refugia en la galería donde él se encuentra. En ese momento, Guido no maldice en voz baja a la fría y molesta lluvia. Al verla, siente una emoción que trastoca todo su corazón. Sonríe. Aún Telma no se ha dado cuenta de la presencia de Guido, ya que en la galería en donde se encuentran reina una lóbrega oscuridad. Se acentúa más por la culpa del día gris. La joven se percata de que hay una persona atrás suyo, pero lo ignora. No confía mucho en extrañas personas. Y menos si le son desconocidas. Guido no sabe cómo acercarse a aquella joven que lo sonroja cada vez que la ve.

Suspira y carraspea. Ve a esa hermosa chica que mira a los costados en búsqueda de un fortuito taxi. Sólo autos particulares. Guido junta valor y le dice a Telma: “Acá estamos… esperando a que la suerte nos abrace en este día” Ella frunce el ceño. Conoce aquella voz. Se da media vuelta y trata de reconocer esa sombra. Guido se acerca a la tenue penumbra y ella abre bien grande sus ojos color almendra. Tal asombro se convierte en una gran emoción. “¡Guido!, ¿cómo estas? ¡Tanto tiempo sin verte!” Ella lo abraza. Él, siente que se desvanece. ¿Por qué sueña despierto? Se aleja de tal fantasía propia de una dulce novela. “Tel… Telma” alcanza decir y ella se da la vuelta para enfrentar a tal persona.

Aquella magia que Guido había recreado en su mente decae de manera abrupta sobre el suelo. No queda ni la más mísera partícula de la que forma tal ensueño. Simplemente, ella se da vuelta y apenas levanta la ceja izquierda en son de una grata sorpresa. “Ah,… vos… ¿cómo te va? Me vas a matar, pero no me acuerdo tu nombre” Guido se extraña. Seis años han compartido en la universidad, plagado de apuntes y recargados trabajos prácticos. Aún así, ella no recuerda el nombre de ese joven que la ayudó a comprender irresueltas hojas de comprensión lectora. Ella se tapa la boca y mira hacia arriba para tratar de recordar su nombre. A los seis segundos, lo mira y le dice: “¿Juan?” Guido suspira y le dice su nombre en tono de compasión.

Ah, sí. Guido… Sí, me acuerdo de vos”. Él espera un beso en la mejilla o un abrazo, pero siente que ella no quiere. Decide él darle un beso en la mejilla derecha apoyando su mano sobre su delicado hombro derecho. Siente una terrible frialdad en su mejilla. Ella no acompaña el gesto afectuoso. Largo mutis. Se escucha la palpitante lluvia. Guido le pregunta: “Hace seis años que no te veo. ¿Qué es de tu vida?”. Esa frialdad se refleja en su mirada. “Bueno, ¿qué te puedo decir?... Ja, no sé qué decir… Bien”. Sus ojos se pierden en la nada. Sólo contempla la palpitante lluvia. Guido se ve en la necesidad de forzar la charla. “Menos mal. Te cuento… Desde que terminamos los estudios, me dediqué pura y exclusivamente a buscar trabajo. Y así lo conseguí. Trabajo en un estudio jurídico. Gano bien, así que, bueno,… estoy bien” Él mira a Telma con mucho aprecio. Ella no le dirige la mirada. Asienta la cabeza. “Te felicito” le dice.

Mutis. “Me vas a tener que perdonar… Guido, ¿no?” - él asienta - “Guido… no tengo un preciso recuerdo tuyo. Podes interrumpirme si me equivoco, pero creo, creo, que me ayudabas a entender esos textos aburridos y complicados días antes de los parciales. ¿Estoy en lo cierto?” Guido afirma. “Ahora me acuerdo bien” - continúa -“fuimos muy buenos compañeros”. “¿Fuimos? Temo por aquellas palabras” piensa Guido. “Por suerte, hicimos una buena dupla. Pero el crédito total te correspondía. Yo me avergonzaba cuando la profesora me preguntaba algo sobre un trabajo que hicimos… No sabía qué responderle, pero vos estabas allá, salvándome”, aclara Telma. Esas últimas palabras acaban de enternecer aún más a Guido. Luego, ella mira la lluvia.

Algunas transeúntes corren en búsqueda de un refugio estable, libre del ajetreo y de las goteras. Algunos optan por entrar a un bar y tomar un café o un té para entibiar sus cuerpos. Otros entran en los pequeños mercados sin presagiar la mirada desalentadora del dueño e instarle a que compre por lo menos un caramelo masticable. Los que esperan en las paradas aguardan a la espera de un bendito colectivo. Algunos automovilistas se funden en los charcos para enchastrar la ropa de los pobres sujetos. Algunos lo hacen adrede, otros… no saben lo que hacen. Frente a Telma y a Guido, cruza un joven que mantiene agarrada la mano de una chica por atrás. Los dos extraños carcajean levemente. Atrás de ellos, corre un perro raza Fox Terrier. Las burbujas que nacen en los charcos del cordón de la vereda indican que la lluvia va a prolongarse por horas.

El cielo se empieza a oscurecer. El anochecer acomete su primera arremetida contra la fría tarde. “¿Qué andabas haciendo por acá?” le pregunta a Telma, quien responde sin mirarlo: “¿Por acá? Vengo de ver un departamento. Acá, a siete cuadras,” - se inclina un poco hacia fuera y señala con el índice derecho a la derecha - “el alquiler es un poco costoso, pero vale la pena porque tengo todo a mano: el trabajo y lugares para pasear y comprar”. Pronto suena el celular de Telma. Abre su cartera color beige y saca el teléfono. Es un mensaje de texto. Guido advierte que ella sonríe tras la llamada. Luego de veinte segundos, cierra la tapa de su celular y lo guarda en su cartera.


¿Y vos? ¿Trabajas por estos lados o qué?”, le pregunta a Guido. “Sí, trabajo en el estudio jurídico que queda a diez cuadras de donde estamos ahora. Ni bien terminé de salir del estudio, empezó a llover. Ni un refugio había a la vista. Justo me topé con este”. La galería permanece cerrada por estructuración de los locales, los cuales mantienen cerradas sus persianas metálicas. A la izquierda, hay un local de confitería y uno de ropa de bebés; a la derecha, uno de telefonía celular y uno de computación. Al fondo apenas se puede ver una escalinata que da entrada a más negocios de diversa índole. La oscuridad no permite ver más allá de eso.

¿Trabajas o estudias, Telma?” le pregunta. Ella mira la nada oscura de atrás. Guido mira atrás suyo para ver qué la hace perder. “Telma… ¿Telma?”. Hace un además con su mano izquierda. Por fin, ella se desconcentra y lo mira. Le pregunta que desea. Vuelve a preguntarle acerca de su ocupación actual, a lo que ella responde: “Ah, perdoná… Sí… Trabajo y estudio al mismo tiempo. Por suerte, estoy bien en eso. Soy una barwoman, por así decirlo, y estudio para ser nutricionista. Los tiempos me dan para estudiar a la mañana y trabajar a la noche. Estoy contenta con eso”.

La lluvia es intermitente. No deja respiro a las veredas. Empieza a correr viento. Telma se corre y se coloca al costado derecho de Guido. A pesar del naciente frío, él siente apenas un roce cálido de ella. “No me animo”, se tortura. Telma estornuda y busca en su cartera un pañuelo descartable. Nada. Él saca del interior de su mochila color verde pastel un pañuelo. Le da en la mano y siente la piel tibia de aquella hermosa ¿amiga? Traga un poco de saliva. Ella le agradece el gesto con una mirada lánguida. Guido siente una profunda emoción. Pensar que esa mirada característica de Telma lo hizo soñar todos los días de su vida. Aún revolotea ese claro gesto en sus ojos. ¡Las veces que le ha alegrado ese corazón cuando lo miraba así! Él atinaba sólo a sonreír con torpeza y bajar la mirada porque tenía miedo de morir. Guido no sabe qué decir. Contemplan la lluvia. Telma se abrocha su campera de cuero marrón. Nuevamente suena el celular de Telma, quien lo saca de su cartera. Nuevo mensaje de texto. “Esperá un rato”, le dice a Guido. Se aleja hacia la oscuridad. Él ve la penumbra que desprende la pantalla de su celular. Puede verle una sonrisa de confort. Se tapa la boca como si una persona pecara de vanidad. Retira la mano de su boca y le contesta el mensaje. Guido deja de contemplarla y mira la calle. Junta sus dos manos en forma de puño y se las lleva a su boca. Sopla en su interior para calentarlas.

Telma cierra su celular y lo pone en su cartera. Vuelve hacia Guido. “Hace frío, ¿no, Guido?” le pregunta. “Sí, mucho” responde. Silencio. Guido mira cabizbajo y desde esa piadosa posición le dice: “Telma… voy a arriesgarme con lo que voy a decirte, pero gran parte de mi no puede acallarlo… Tal vez no te vea más a partir de esto, pero quiero que sepas que… ¿cómo decirlo?... que desde hace mucho tiempo no dejo de pensar en una chica a la que realmente estimo demasiado. Creo que a eso no se le llama amistad. Va más allá de eso. No se si me entendés”. Guido cierra sus ojos y mira a Telma, quien tiene la mirada pensativa en la lluvia. “Dudo que me haya escuchado” piensa Guido. La joven aparta su mirada por un rato y le dice: “¿Qué?... Ah, perdoná Guido. No te escuché. Es que estaba pensando”. Guido frunce su ceño y le pregunta: “¿En qué?”. Telma lo mira con un especial brillo en los ojos y le dice bien de cerca: “Te cuento: tal vez me viste un poco atolondrada en estos momentos, pero lo que pasa es que pienso en un chico que acabo de conocer hace una semana. Se llama Mario y es un divino. Escuchá” - saca de su cartera el celular y se va al menú de los recientes mensajes de texto - “Telma, te extraño mucho. Deseo verte el domingo. ¿Podré? Besos. Te quiero. Mario”.

¿Qué te parece? ¿No es un ángel?” le pregunta con un exaltado entusiasmo a Guido, quien qué decir acerca de eso. Siente más frío de lo costumbre. “Sí, lo es” dice. Las luces de los faroles de los autos que pasan por la calle están prendidas y se reflejan en la acera. “Por eso estaba perdida. Simplemente pensaba y pienso en él, en Mario. Me encanta decirlo” dice con una sonrisa. “¿Y vos, Guido? ¿Novia?” se acerca más a él, quien mira perdidamente en la atmósfera casi nocturna del día. ¿Acaso es una bruma que imprevistamente envuelve la calle o sus ojos se nublaron y los siente más cristalinos que nunca?

Larga Vida a la Atención!!!!!

miércoles 27 de mayo de 2009

Querida…


Constanza atraviesa la interna y apretada marejada de pasajeros en el colectivo para llegar al fin a la puerta trasera y apretar con su mano derecha el timbre negro. El bus disminuye la velocidad y la puerta se abre. Ella baja y atrás de ella bajan un joven de mediana edad y un hombre veterano. Sube a la acera y camina en línea recta. La vereda por donde ella camina, al igual que todas, está atestadas de transeúntes impacientes de arribar a sus casas y continuar construyendo su mundo privado. La joven agarra fuertemente su cartera de cuero marrón para evitar cualquier sacudida proveniente de un incurable maleante. Tras una tranquila caminata de tres cuadras, llega al edificio en donde vive.

Abre la puerta de vidrio y saluda al portero, quien devuelve el mismo gesto de amabilidad. En frente de ella, el ascensor. Ingresa a él y aprieta con su índice derecho el botón del 4º Piso. Mete su mano izquierda en el interior de la cartera para aseverar si su celular esta allí adentro. Por suerte, está sano a salvo. En el 2º Piso, el elevador se detiene e ingresan una mujer con su hijo. La madre pulsa con su mano derecha el botón del 7º Piso. Se cierran las puertas y el ascensor sigue su recorrido. Finalmente, Constanza llega al piso deseado. Sale del elevador y se cierran las puertas. Dobla a la izquierda. El piso está alfombrado con color rojo tirando a pardo. Las paredes, color beige. Pequeños cuadros enmarcados con color negro con motivos de paisajes cuelgan en las paredes. En cada esquina, un jarrón azul con una potus. Las luces amarillas se desprenden de las lamparas incrustadas en el techo color verde pastel. La joven dobla a la derecha y sigue derecho hasta llegar a su departamento.

Abre el cierre de su cartera y saca su llavero. Advierte en la rendija inferior de la puerta por donde pasan siempre el fortuito diario y los afligidos impuestos una carta blanca a media pasar por la hendidura. Pone la llave en la cerradura y se agacha para sacar la epístola. Ve en el remitente. Ve un dibujo de un corazón pintado de rojo. Se asombra al ver que en la parte de destinatario dice solamente dos palabras escritas con tinta roja: Te Amo. La agarra con las dos manos como si fuera un bello misterio. La pone en su cartera y se incorpora del suelo. Abre la puerta, entra a su mundo privado y cierra la puerta con el pasador.

Prende la luz del comedor y deja su cartera en el sillón de cuero negro, no sin antes sacar ese sobre. La deja sobre la mesa de mármol y se va al baño para lavarse las manos. Prende la luz y se las higieniza. Se las seca con una toalla naranja y apaga la luz. Vuelve al comedor y se sienta en la silla de la mesa. Agarra la carta con las dos manos y se concentra en esa inocente letra cursiva. Lo abre por el costado izquierdo y saca la esquela. Es una pequeña hoja rayada en forma horizontal plegada en dos. Deja la carta a un costado y abre la hoja. “Un día…” lee en la mitad de la hoja. La letra, con el mismo color y letra del destinatario. Constanza se tapa la boca con su mano derecha y se sorprende ante la extrañeza y simplicidad que despierta tal contenido. No sale del presente asombro.

Se levanta de la silla y se dirige a la cocina. Prende la luz y abre la puerta izquierda de la alacena. Saca un vaso y cierra la puerta. Abre el grifo de agua fría y llena el vaso por la mitad. La cierra. Bebe un sorbo y frunce su ceño. Mira al techo color pastel y trata de descifrar lo acaecido. Lleva el vaso en su mano derecho y se retira de la cocina. No bien llega al umbral del comedor se detiene. Ve un sobre.

Deja el vaso en la mesa y un leve entusiasmo la empuja a recoger el sobre sin agacharse, sacar el pasador y abrir la puerta. Mira a los costados. Nadie a la vista. Cierra la puerta. El mismo sobre con el mismo remitente: un corazón. El mismo destinatario: Te Amo. Se sienta en el sillón y corre a un pequeño costado su cartera. Por unos segundos teme que alguien la este acosando. ¿Y si acaso esa inquietante idea no es cierta? ¿Y si acaso ella es una errónea destinataria? ¿Tal vez alguien la ama? Su corazón se angustia y se enternece al mismo tiempo. Corta en forma cuidadosa el costado izquierdo del sobre y saca la hoja.

…sonreiré…” Constanza hace lo mismo. Se le dibuja en su joven rostro una gran sonrisa. El misterio crece a cada minuto. Mientras sonríe, se tapa medio rostro con su mano derecho. “¿Quién es?”, balbucea. Trata de pensar, pero aquellas palabras redactadas que zumban en sus oídos no le permiten interpretar tal enigma. Escucha un par de pasos en el pasillo de afuera. Sin levantarse del sillón de cuero, asoma su cabeza y observa la rendija por donde la luz se ve. La sombra sigue de largo. Vuelve a su estado. Suspira. Levanta su vista y mira la hora. 20:25 PM. Se levanta del sillón y deja la carta junto con la hoja sobre el comedor. Va la cocina y prepara la cena. Pasta con salsa napolitana. Le demanda media hora prepararla. Entre ese momento de preparar los ingredientes, cocinarlos y volcarlo al plato, no puede asimilar lo que le pasa. Mezcla de incógnita y entusiasmo se desparrama en sus ojos marrones. De vez en cuando se acerca un poco para ver la rendija de la puerta. Ningún sobre.

El plato cuadrado siente la rica pasta con salsa. Constanza prepara la mesa para cenar. Lleva los cubiertos, una botella con jugo de naranja, una servilleta, el salero y la panera con dos miñones. Estando la mesa lista, se dispone a traer el plato. Cuando vuelve al comedor, ve una sombra a través de la hendidura. Ella se paraliza. No sabe qué hacer. Luego esa silueta hace meter una carta. Constanza abre los ojos bien grande. Deja el plato sobre la mesa y la sombra desaparece. Se abalanza sobre la puerta. Recoge la esquela. Saca el pasador y la abre. Mira a los costados. Nadie. Saca la llave de su puerta y la cierra. Corre hacia la esquina y llega. Nadie. Retorna a su departamento. Abre la puerta y entera. La cierra. Aún, humea el sabroso plato. Antes de sentarse para comer, ve la epístola. Mismo remitente, mismo destinatario. Lo abre. “…cuando sepa…” Sólo dice eso. Para ella, es de una creciente inmensidad lo que trata de expresar ese misterioso escritor. “¿Acaso tengo un admirador secreto?” piensa.

Lleva el sobre con la hoja hacia la mesa. Se sienta y come. Mientras come, mira al costado la ventana, por donde apenas se ve la luna entremezclada con las nubes nocturnas. La comida es muy sazonada. En frente del plato, están las tres extrañas pero galantes cartas. Trata nuevamente de concentrase en el sigilo que rodea a esos escritos. Piensa en quienes pueden haber escrito esas dulces palabras. “Apenas tengo diálogo con Rubén, así que no creo que sea él” susurra. La primera persona a barajar es el vecino del próximo departamento, un hombre de mediana edad muy reservado y tímido, aunque un poco oscuro. “Gustavo… está en pareja”. Ese joven vive en el departamento anterior a ella. En frente a su rico mundo, vive Carla, quien está casada con Luis, un hosco hombre cansado de gritarle a su mujer por motivos insignificantes. “Obviamente, ese señor no tiene el tacto para decir semejantes palabras dulces”, comenta Constanza.

Se encuentra perdida. No sabe quien puede ser la persona que se esconde detrás de esos cortos mensajes. Termina de cenar y bebe lo que queda de agua en el vaso para servir un poco de jugo de naranja. Lo llena menos de la mitad y lo bebe. Levanta la mesa. Lleva el plato casi vacío con los cubiertos hacia la pileta de la cocina. Luego, la panera junto con el salero y la servilleta. Por último, el vaso. Pone un poco de agua en la pava para lavar tanto la olla como el sartén, el plato, los utensilios y el vaso. Gira la perilla hacia máximo para que hierva lo más rápido posible. Va al comedor para cerrar las cortinas. Su corazón sueña una vez más. Un nuevo sobre.

La silueta se va en forma rápida en dirección a la izquierda. Ella agarra la carta y desprende el pasador de la puerta para abrirla. Ve a la izquierda. Apenas ve la mitad de la espalda de esa persona que se desvanece en la esquina. Parece que está vestido con un saco de vestir negro. Agarra las llaves y cierra la puerta. Ella corre y llega a la esquina. La pierna izquierda ingresa al ascensor. Va por él. Cuando llega al elevador, la puerta se cierra tras ella, imposibilitando que viera la cara de ese extraño sujeto. Se percata de que el otro ascensor funciona. Aprieta el botón para abrir sus puertas. Luego de cinco segundos, se abren. Una joven está en el pequeño recinto. Constanza ingresa y no sabe por qué, quizás un presentimiento, pero pulsa el botón de Planta Baja. Se cierra las puertas. En el tercer piso, el ascensor se detiene y un pequeño adolescente entra y aprieta el botón de PB. Se juntan las puertas. Finalmente, PB.

Se abren las puertas y sale. Espera a un costado del otro elevador. Los números de arriba descienden hasta llegar a la Planta Baja. Se acerca a la puerta y se abren. Hay cinco personas. Una madre con sus dos pequeñas hijas y dos hombres bien vestidos con un saco gris y negro. Constanza está confundida. No sabe si aquella persona vestía de negro o gris cuando le vio la espalda. Teme preguntarle a uno de ellos por esas cartas. La gente se desconcentra y la madre con sus hijas abren la puerta de vidrio, atrás suyo le siguen los jóvenes trajeados. Hablan acerca de una cena que se concretará en la casa de un amigo. El joven vestido de gris no aparenta ser un secretario si no fuera por sus anteojos y su maletín. El otro ataviado de negro ostenta el papel de tímido e inseguro. Quizás se construyen, para bien, adecuados personajes para evadir sus verdaderas personalidades. Sigue confundida. Recuerda la pava para lavar.

Abre bien sus ojos. Se da media vuelta y pulsa con el índice izquierdo para que se abran las puertas. Se dividen y entra. Aprieta el botón del 4º Piso y se juntan las puertas. Asciende y llega a su destino. Se abren. Camina de manera apresurada hacia su departamento. Saca las llaves de su bolsillo y lo introduce en la cerradura. Abre la puerta y la cierra con la llave y el pasador. Avanza hacia la cocina y la pava silba. Apaga la hornalla. Vierte un poco de agua hervida en la olla, junto con detergente color verde y una esponja amarilla. Está muy caliente el agua, por lo que abre la canilla de agua fría. Lava el vaso para luego terminar con la olla. Todo lo pone en el secaplatos. Agarra el repasador amarillo y lo pasa sobre la pileta para dejarlo bien limpio. Luego lo exprime y lo extiende sobre la mesada gris. Apaga la luz de la cocina y se retira de ese cuarto.

Mira las cartas desparramadas en la mesa del comedor. Mira hacia la puerta y ve una esquela. Se agacha para agarrarla. Un corazón rojo y un Te Amo. Junta las tres hojas y las introduce en los sobres correspondientes. Llevas las cuatro esuelas en su mano izquierda. Apaga las luces del comedor. Va hacia su habitación y prende la luz. Se sienta sobre las sábanas color beige. Deja las cartas sobre ellas. Abre la reciente carta y lee: “…el sabor de tus labios…” Constanza cierra sus ojos y muestra una gran sonrisa de regocijo, de una delicada alma que vive un real ensueño. Cae sobre su cama, mientras mantiene apretado en su pecho esa última carta. ¿La última?

Larga Vida a las Revelaciones!!!!!

martes 19 de mayo de 2009

Alpes o La Sistematización del Problema o Utópico o Título / Contenido II


Él no puede entender
sin tratar de resquebrajar una lágrima
la naturaleza de su soltería
que inunda en sus manos
y que ensombrece su lozanía.

Es lejana esa conquista como cima
en donde rara vez no se es imposible ceder
ante una mirada y una sonrisa,
proyección que se concreta
sin un mero descanso.
Después de esa aventura,
un sueño lúcido encandila los ojos.

Un indescifrable impedimento
lo trastabilla cada vez que su mejilla
roza con esa alma que respira ilusión
y la hace ascender a esa tan preciada meta
que ansia mucho tiempo
sin caer en la locura,
pero sí en bajar su cabeza.

Su corazón presiente un debut no soso
destinado a una emocionante pasión,
aunque siempre se interroga
los “pero” de cada momento de su vida
porque cada vez que algo alegre acaece,
un tétrico brote lo hace tropezar
y cae dentro de un infortunado estero.

Cree que nadie lo destrona
por la falta de su optimismo.
Es conciente de su destreza
en practicar una ilusión que no conspira
su débil integridad de poder amar.

Todos los días sus labios mecen
afín de ser acariciados y perdidos
en una zona desconcertante.
Sus ojos miran la nada
como una verdadera ceguera.
Su corazón suspira en el sismo.

Antes de partir hacia aquella contingencia
evitará ser rotulada de amante,
ya que teme ser castigado por semejante atisbo.
El único equipo de supervivencia
que lleva está inmerso en su corazón,
y es el candente amor.

Escala y supera ese frío
que pronto se convierte en una brisa
llevando en el aire el nombre de su promesa.
Más allá del fuego que abrasa su corazón,
su piel tirita, pero cuando piensa en ella,
los escalofríos se hacen trizas.

La cumbre como un personal estilo
le ha parecido lejano,
como una carretera embebida de neblina densa.
De hecho, eso es lo ve.
Hace un esfuerzo y piensa en la idea
de verla y abrazarla.

Sus manos llegan la cúspide
y en los alrededores todo es manso,
hasta su cansancio se desvanece.
La ve y se abrevia esa quimera
en esa tan esperado encuentro.
Bienaventurado sea
aquel que se entregue a los brazos.

Larga Vida al Esfuerzo!!!!!

viernes 15 de mayo de 2009

Un Gato en la Morgue


El capuchino lo hace sentir muy cómodo. Respira un correcto beneplácito en la casa de su mejor amiga, Leticia. Daniel toma otro sorbo y le halaga la dulce infusión. Se da vuelta y le dice a aquella encantadora joven: “Leti, gracias por este humilde trato”. Ella baja la mirada y le dice: “No es nada, Dan”. Daniel se da vuelta y toma otro sorbo. Luego siente un ardor en su garganta. Sus pupilas se dilatan y no puede respirar. El contenido de la taza se torna rojo. Daniel se toca la garganta con sus dos manos y se ahoga. Trata de levantarse, pero le es imposible. Cae al suelo junto con la silla. Su vista de desvanece, al igual que los latidos de su corazón. Leticia contempla el cadáver y traga un poco de saliva.

Mira el cuchillo como el arma que acaba de aniquilar a su amigo de confianza. La mente de Leticia está lúcida. Salvo sus ojos desorbitados. La sangre empapa el filo del cuchillo. Pronto se esparce sobre la empuñadura de madera. Lleva el cubierto al lavabo de la cocina. Abre la canilla de agua caliente y lo lava con la esponja. Lo deja en el secaplatos para más tarde guardarlo en el primer cajón de los cubiertos. Se seca las manos con el repasador amarillo. Mira el cuerpo tendido en el suelo del comedor que empieza a tornarse de rojo. Avanza hacia el cadáver tendido boca abajo y se agacha para verlo. Con su mano derecha mueve el hombro izquierdo de su extinto amigo para cerciorarse de su muerte. Nada. Agarra su muñeca izquierda y le toma el pulso. Nada. Leticia levanta su vista hacia el techo del comedor.

Agarra los brazos de Daniel y lo arrastra. Pesa. Mientras lo saca de ese cuarto, el cadáver deja una estela de sangre. Cuando está a punto de dejar la escena del crimen, escucha unos golpes en la puerta de adelante. Deja caer los brazos de Daniel. Su corazón late con prisa. De vuela los golpes. Ella permanece inmóvil. Asoma lentamente su cabeza para ver esa inquietud. Ve una sombra que se ve distorsionada por el angosto doble vidrio color amarillo situada al costado derecho de la puerta. Leticia vuelve a su lugar, se sienta sobre el piso, cierra sus ojos y se tapa la boca. Quiere deshacerse de esa latente amenaza. Al costado de ella, el cuerpo de su amigo.

Pasan dos minutos. Saca las manos de sus orejas y abre los ojos. Silencio. Aquella persona se fue. Se incorpora y termina con su tarea. Gira a la izquierda y atraviesa el pasillo. Llega hasta al fondo, donde hay una ventana. Por precaución, va a desatar los nudos de las cortinas. Leticia profiere un sofocado grito cuando siente un tirón en su pierna derecha. Se corre de la ventana y voltea su cabeza. Daniel se arrastra sobre el piso de madera. Quiere irse de allá. Leticia junta valor. Se acerca y con su zapato derecho le pisa de manera fuerte la cabeza unas reiteradas veces hasta dejarlo sin vida. La cabeza, despedazada. Se da vuelta y desata los nudos. Se agacha y mueve la cabeza de su amigo a los costados. Lo agarra del pelo. Ve sus ojos abiertos y la boca semiabierta. Suelta su pelo y su cara cae con un seco ruido sobre el suelo. Leticia se levanta y abraza las manos del cadáver y lo gira a un costado. Abre la puerta del sótano y arrastra un poco el cuerpo difunto. Lo agarra de la cintura y su cabeza pasa la entrada del sótano. De vuela escucha los golpes sobre la puerta. Abandona sus manos de la cintura de Daniel.

Leticia maldice el momento inoportuno. Golpes. Se acerca la puerta sin hacer mucho ruido con sus zapatos. “Leticia, abrí por favor… Hay que ser demasiado estúpido para no saber que estás ahí. Dejaste la puerta del garaje abierto. Abrile a tu amiga” Leticia blanquea sus ojos marrones. Es Miriam, su amiga del trabajo. Se rasca la cabeza. Mira para atrás y ve un charco de sangre y las huellas rojas de sus zapatos. Mira para la puerta y se desespera. Su corazón late con mucha prisa. Se agita. “¡Voy!” le dice con un tono desesperado a su amistad. Entra al comedor, gira a la derecha. Prende la luz del baño. Abre la cortina celeste de la ducha y saca de la rejilla el trapo de piso. En el extremo derecho hay un balde blanco. También lo saca. Abre la canilla del medio y luego la de agua caliente. Pone el balde bajo el grifo del medio y espera a que se llene hasta la mitad. Pone el trapo gris y agarra la manija del balde. Abandona el baño y pone el balde sobre el piso. Se olvida de traer el secador. En su corrida hacia el baño, escucha los incesantes golpes en la puerta. Entra al baño, corre la cortina por la derecha y saca el secador. Sale del baño y llega al comedor. Enjuaga el trapo y lo exprime un poco. Lo pone sobre el piso y luego el secador sobre él. Desde donde están ubicadas las últimas patas de la mesa hasta donde está el cuerpo de Daniel pasa el trapo. En esa inquietante recorrida mete tres veces el trapo al agua para sacarle la sangre. La primera en la entrada del comedor, la segunda en la mitad del pasillo y la tercera en los pies de Daniel.

¡Mirá! Hasta dejaste la puerta sin llaves. ¡Voy a entrar!” Leticia tira el balde, junto con el secador y el trapo. Corre hacia la puerta y ni bien se asoma su amiga, llega a la puerta. Con su mano derecha empuja la cara de su amistad y Leticia sale de su casa. Cierra la puerta atrás de ella. Miriam la mira con extrañeza. “¿Qué te pasa, Leticia? Casi me matás” le dice a su amiga, quien emite una risita nerviosa. “No, no, no… no pasa nada Mir…”. “¿Por qué tardaste tanto en atenderme? Si no querés ser mi amiga, podes decírmelo en la cara” le increpa con un tono respetuoso. Leticia quiere relajarse un poco, pero le es una traba. Le responde: “No, no es eso. Te… te considero aún mi amiga… Lo que pasa, te explico… tardé, tardé, algo simple… tardé porque estaba, estaba dormida. Je, estaba dormida”. “Sí, se nota” - mientras se acomoda su pelo castaño - “porque dejaste la puerta de acá sin llaves y la puerta del garaje abierta”. Leticia camina al costado de la casa y mira la puerta de la cochera efectivamente abierta. Mira hacia Miriam y le dice mientras señala el lugar con su mirada: “Ja, qué tonta soy… Es verdad, la puerta, la puerta esta cerrada… digo, abierta. Vine del trabajo cansada. Metí el auto allá y no bajé, cerré, la puerta. La puerta está abierta…”.

Leti, ¿te estás drogando?” La pregunta la toma por asalto. “No, no, ¿por qué decís eso?” le dice. “Lo digo francamente porque te veo muy alterada, nerviosa y con los ojos muy abiertos” le responde a Leticia. “No, no me drogo para nada. Vos sabés, sabés, bien que vengo de una tradición familiar que odia eso… Así, así que no,… no me drogo. Sólo qué estoy un poco así por el trabajo” trata de sincerarse, aunque sabe que es cierto. “Vamos, te hago una taza de té” le invita a Leticia. “¡No!” le dice en su cara y la detiene apoyando sus mano sobre el pecho de Miriam, quien mira hacia abajo y ve con consternación su mano con un poco de sangre.

¡Dios mío, Leticia, ¿qué te pasó?!”, le pregunta a ella y se aleja con un poco de miedo y sorpresa. “Ah, esto, no, no, perdoná. Cuando me desperté, y cerré la puerta de mi pieza sin haber sacado mi mano. Bueno, viste como está ahora. Me, me, lastimé”. Le dice. “¿Y la otra mano?” le pregunta. “¿La otra mano? Sabés, estoy tan nerviosa como decís vos que no se por qué. No sé. Tal vez mi mano está así porque agarró mi otra mano ensangrentada. Sí, eso es” responde.

Aún así te acompaño para vendarte” le pide a Leticia, quien responde: “No, está bien. Gracias Miriam por preocuparte, pero… gracias. Sabés… estoy muy cansada. Nos… nos vemos mañana” - retrocede - “y después charlamos… Nos vemos” Miriam quiere continuar con la extraña conversación, pero Leticia ya está en el interior del pasillo y le cierra la puerta frente a ella con llave y cerrojo. Miriam no sabe qué decir o hacer. Se acerca a la puerta y detiene su puño derecho antes de llegar a la superficie de la puerta. Se va. Mira a un costado la casa y ve una luz que se enciende abajo. Esa luz no viene sino del sótano. Miriam no avanza. Se acerca para ver. Sabe que está mal lo que está haciendo. Está invadiendo la privacidad de su amiga, pero algo en su mente la persuade a que indague. Se pone al costado izquierdo de la ventanilla, se agacha y asoma su cabeza.

No puede creer lo que está viendo. Contempla con terror a alguien que yace sobre el piso. Frunce su ceño. Se levanta y contiene su agitación. Mira de vuelta y lo ve ahí, cubierto de sangre en la cabeza. Mira a los costados. Nadie a la vista. Con su mano derecha, abre la ventanilla para adentro. Mete sus pies, luego su cintura y luego su cabeza. Con gran esfuerzo, ingresa al sótano. Huele a podrido. Luego escucha un par de pasos que avanzan y Miriam no sabe que hacer. Mira. Ve un placard. Abre la puerta izquierda y se mete. Apenas entra la luz por la rendija superior de la puerta. Se tapa la boca para no hacer alguno que otro ruido. Escucha que alguien baja por las escaleras, luego un par de martillazos y una sierra eléctrica. No quiere imaginarse lo que debe estar pasando la puerta del mueble. Pasa una hora Luego ese escalofriante ruido se acalla. No sabe qué hacer. Quiere respirar. Mansamente abre la puerta, la cual hace rechina. Miriam cierra sus ojos y muerde sus labios. Se agita. Abre sus ojos y deja de morderse los labios. Abre la puerta a pesar del crujido oxidado. Ve el piso lleno de sangre. Se tapa la boca. Mira a los costados. Quiere irse y llamar a la policía de inmediato. Se acerca a la escalera del sótano. Los peldaños, con huellas de sangre. La puerta está abierta. Se agita. Se da vuelta y sube a la ventanilla abierta. Salta, pero no llega. Sus ojos están llenos de lágrimas. Pronto siente un fuerte golpe atrás de su cabeza. Siente algo grande y filoso que atraviesa su cuero cabelludo hasta perforar su cráneo. Su vista de desvanece. Su respiración se corta. Siente un repentino congelamiento en su cuerpo. Cae al suelo boca arriba. Su vista, clavada al techo de madera. Sucumbe de inmediato. Leticia ve que el piso se torna rojo y blanquea su enfermiza mirada.

Larga Vida a la Justicia!!!!!

lunes 11 de mayo de 2009

Big Bang


La fina cuerda se tensa en forma segura. La flecha de liviana madera con una punta bañada de frambuesa está lista. El arco dibuja un perfecto semicírculo. Mientras apunta con su mano derecha, el amorcillo libera la pasión contenedora al soltar su mano izquierda. La jara se desprende del arco y atraviesa el vanidoso aire. Deja una estela de chispas tras su heroico paso. En un abrir y cerrar los ojos, el amorcillo cumple con su gloriosa labor. Más que labor, placer. Impacta en el pecho de dos jóvenes y sienten que sus corazones se alumbran de una forma especial. Se ven y se enamoran a primera vista.

Guarda su arco y sus flechas en su carcaj de algodón color marrón y se marcha revoloteando sus resistentes alas. Se eleva hasta las nubes. Su corto y ondulado cabello dorado apenas se mueve en el cielo. Se sienta en una nube y mira desde lo alto personas ávidas de besos y caricias. Su vista de lince le permite ver a aquellas almas solitarias que desconocen la comprensión del afecto. Divisa en una plaza a un hombre adulto que teme aproximarse a una mujer que juega con su pequeño hermano en el sube y baja. Con mucha valentía, se acerca a la dama. El amorcillo se levanta de la densa nube y vuela hacia ese espacio floreado. Llega. Desenfunda su arco y una flecha. Lo pone en la cuerda y lo tensa. Apunta a la espalda de la señora en conjunto con el pecho del acobardado mortal y la cuerda se relaja. La saeta los une y una tierna conversación se inicia.

La crepuscular tarde es abocada por la inocente figura. Decenas de almas sienten un ardor en sus corazones y pómulos. Se entregan a las dulces palabras, a los besos y a los abrazos. ¡Cuántas almas enamoradizas! El ángel siente un profundo bienestar demostrándolo con una amplia sonrisa. Se le iluminan sus ojos celestes. Aletea sus abrigadoras alas y pasea por cada rincón de la ciudad. Le es medio difícil enlazar dos almas en un espacio tan hostil y vertiginoso. Ninguno cae en la empalagosa tentación de conocer a alguien y entablar una amistad que más tarde se cubrirá de puro amor. Nada a la vista, salvo dos gatos que ronronean al verse. No tardan en lamerse el uno con el otro en sus delgados cuellos.

Deja la atropellada vereda y vuela hacia la avenida, donde un desperfecto en el semáforo ha provocado un convulsionado embotellamiento. Los insultos pasan de auto en auto. La desesperación reina en el ambiente. Un joven que no ve la hora de correrse de la banquina y acelerar lo más rápido posible. Justo cuando está a punto de pisar el acelerador, un coche choca la parte trasera del auto, por lo que le provoca una bolladura de gran consideración. El joven se da vuelta. Abre la puerta. Baja del carro y ve el desastre. Luego ve al sujeto, quien padece una completa consternación y miedo. Avanza hacia al conductor y le pide que baje la ventanilla. Le hace caso.

No puede articular ni una palabra. La triste mirada de la conductora lo emociona, pero quiere mantener su dura actitud. La flecha sale del arco y los atraviesa. Ambos se miran. Ella le abre la puerta y se corre para el asiento derecho para que entre. Ingresa al coche y charlan en forma acaramelada. Todos los pasajeros y conductores alojados en las dos cuadras de atasco maldicen, salvo el auto amarillo en donde abriga al novato afecto. Luego de quince minutos, llega el técnico para reparar la avería del semáforo. Abre la caseta. Arregla los cables y las luces vuelven al estado normal. Los conductores de tranquilizan y ponen en marcha los motores. Todos avanzan y quieren llegar a su lugar de destino, salvo la pareja del auto amarillo, la cual no para de hablarse y sonreír.

La luna se despierta y levemente acerca su clara figura. El cansancio no lo ha derrotado al amorcillo, por lo que persiste en su búsqueda de concatenar dos alientos. Va a otra plaza. El frío no cala sus huesos porque irradia mucho entusiasmo y divinidad. Distingue a un grupo de jóvenes que están sentados sobre las raíces de un frondoso árbol. Charlan y se ríen entre anécdotas. En ese reconfortante grupo, hay una chica que permanece desapercibida. Es muy callada y tímida. Se percibe en ella un dulce ensimismamiento. Enfrente de ella, un chico la mira con una sonrisa, pero no se anima a acercarse para charlar por lo menos tres palabras. El serafín intuye que algo especial e idílico va a acaecer. Advierte que en su funda no hay más flechas. Pronto agita sus alas y se dirige al azulino cielo. Traspasa las nubes espesas y llega a la superficie.

Se despoja por un momento el carcaj y lo deposita sobre la nube. Luego una nube desciende y toma forma una funda con cincuenta flechas. Esta vez, las puntas son untadas con sabor a almendra. Recoge la nueva y liviana funda y pone la estrecha caja vacía sobre esa nube y asciende lentamente. Lo mira desde abajo con una sonrisa e baja su cabeza como signo de agradecimiento. Siente un rico perfume en el interior de la funda. Tiene una gran curiosidad, por lo que revisa y encuentra un puñado de pequeñas rosas. Las pone de vuelta en su lugar. Además de las rosas, encuentra un silbato de plata en forma de varilla. Lo saca y lo mira. Está amarrado a una cadena de oro. Lo pone en su boca y lo sopla. En seguida, dos blancas palomas salen de debajo de la nube y se posan sobre la superficie. Lo miran con gran admiración. Esperan a que sople el silbato. Lo pone alrededor de su cuello. Se acerca al borde del celaje y el cielo azulino se mezcla con el crepúsculo anaranjado. Se inicia el anochecer.

Bate sus alas y hace sonar el silbato. La melodía es casi inaudible, pero las dos palomas abren bien sus ojos y abren sus alas para despegar. El amorcillo baja y lo acompañan sus dos nuevos amigos. Mientras atraviesa el inspirador cielo, teme por aquella posible pareja que tal vez se haya disipado. La duda le da la concreta razón. Llega a la plaza y no hay nadie. Mira a los costados. Agarra el silbato y lo suena. Es la señal para que las palomas busquen a la redonda por aquellos dos inciertos jóvenes. Las aves toman diferentes direcciones para hallarlo. El ángel no se queda atrás y toma otra ruta alternativa.

Una de las palomas que había tomado el itinerario hacia la izquierda no encuentra a nadie con las características similares a los dos jóvenes. Sólo ve un policía que patrulla por los senderos de la plaza. También ve una lechuza que mantiene sus recónditos e inquietantes ojos. Semejante alerta lo vislumbra. La otra paloma ve a una pareja que están discutiendo. Se apena al pensar que son ellos. Aterriza y se esconde atrás del árbol. Se acerca. Mira desde abajo. No se puede ver nada. Está oscuro. Sacude sus alas y vuela alrededor de ellos. Se tranquiliza con que es otra pareja. Al minuto se arreglan con un beso.

Si las dos palomas tuvieron como búsqueda un área bastante iluminada por los antiguos faroles, al niño angelical le ha tocado un círculo sombrío. En ningún momento decide abandonar la exploración. Entremedio de los árboles, contempla la absoluta caída de la tarde. El cielo anaranjado se vuelve azul oscuro. Los grillos empiezan a destilar sus cantos. Pronto escucha unos murmullos. Mira a los costados y ve a una pareja. Cree que son aquellos tímidos jóvenes. Avanza hacia ellos y avista la escena. Se apoyan sobre la corteza de un árbol. Hablan silenciosamente para no despertar a nadie. No se miran el uno a otro. Son demasiados tímidos.

Agarra su silbato y enciende la melodía. En menos de diez segundos aparecen las palomas. También ven a la pareja y se alivian por fin. El amorcillo vuela a un costado izquierdo, mientras las aves lo acompañan. Está enfrente de la espalda del joven. Saca una flecha y lo coloca en el arco. Tensa la cuerda y apunta al fin. La cuerda se rompe y la flecha cae al suelo. Se asombra por lo que ha pasado. No sabe que hacer. Piensa. Si va al cielo para reparar el arco, es probable que aquellas almas no puedan saber lo que es amar… a menos que remplace la inservible cuerda por un material más dúctil. Las palomas buscan en los alrededores por esa clave. Una de ellas encuentra una madeja de hilo liviano. Con su oscuro pico lo agarra y se lo lleva. Desata la desafortunada sirga y lo pone adentro de la funda. Ata la nueva cuerda a los extremos del arco. Listo para funcionar.

Agarra la flecha que había caído al suelo y lo coloca adentro del arco. Nuevamente apunta y tensa la madeja. La jara inicia su travesía dejando atrás las hermosas chispas hasta llegar a los corazones de los dos jóvenes. Se miran y él le acaricia su dulce rostro. Ella sonríe. Se miran a los ojos y a sus labios. Ambos se besan. Luego, se abrazan. Ya es la hora de partir. Un día muy emocionante ha tenido el amorcillo. Pliega su arco y lo pone en su carcaj. Levanta vuelo, al igual que sus aves, y despega hacia el cielo para poder descansar. En pleno vuelo, agarra el silbato y lo suena. Una de las palomas se mete en la funda y agarra con su pico una rosa y lo suelta en el aire. Llega a los pies de la pareja. Luego de besarse, el novio ve la rosa. Se agacha y lo recoge. Se lo da a su novia, quien lo huele y sonríe, con lo que le devuelve el gesto con un apasionado beso.

Larga Vida al Amor a Primera Vista!!!!!

sábado 9 de mayo de 2009

Gravedad


"Uno no puede manejar el destino. El mismo vaga en piloto automático. Todos (o casi todos) forjamos nuestro futuro como deseo de un buen provecho. Pero, sinceramente, el futuro me es incierto. Últimamente nada me hace reír. Sufro. Dejé de lidiar contra la depresión. Abandono la lucha desde este momento. Antes reía y revoloteaba como un ave. Ahora, no se cómo comportarme si veo una acción hilarante. Trato de hacer esa mueca que creo que se llama sonrisa. Pero las comisuras de mis labios están selladas. ¿Qué soy yo sin amor de mis padres? En realidad, amor nunca hubo. Sí mucho respeto, pero similar al que rige en un servicio militar. No sé qué es un abrazo o una palabra de aliento. El destino no me fue a medida.

Siempre quise plantearme aquel sentimiento llamado felicidad, pero no puedo precisarlo, no puedo definirlo on exactitud. Trataré de puntualizarlo. Es una abrigadora quietud que se siente en el pecho que, luego, se ensancha a lo largo del cuerpo. En ese momento, aparece esa sonrisa y esa mirada llena de paz. Eso nunca lo sentí. De hecho, no se qué es. A veces lloro a escondidas para no incomodar a los que me rodean. O mejor dicho, a los pocos que me rodean. O sea, compañeros de trabajo. Digo compañeros por no decir amigos, porque no tengo. La única persona que la considera como amigo es mi alma. Puede resultar ilógico, pero cuando pienso (a veces balbuceo), esa alma se calla y me escucha. El silencio que se escucha luego de terminar mi pena no es sino un apoyo condicional de un perfecto entendimiento. Soy conciente de que esa alma no tiene la solución para mi tristeza, pero por lo menos no se escapa. Rodea a mi corazón. Así que solo no estoy.

No se cómo relacionarme con las personas. No tengo mucho tacto en ese terreno. Debe ser muy especial el conocer a gente y poder disfrutar de cosas en común. Pero temo acercarme por miedo al rechazo. De hecho, siempre fui rechazado. Obviamente no se qué es un beso, una caricia, un abrazo y un escuchar un te amo en la tenue brisa del susurro. No es que me haya acercado a varias chicas para confesarles lo que sentía sino que por terceros me enteraba que ya estaban en pareja, o que ni estando embebida etílicamente se acercarían a mí por ser un esperpento. Eso me puso y me pone mal.

Carezco de virtudes incapaces de sorprender a una persona. Quizás la única salvedad es que tuve una educación de primerísimo nivel en la escuela y en la facultad, lo que me permitió trabajar. Pero eso no me satisface de ningún modo. Cuando me levanto de la cama, pienso que otro día gris se desdobla sin grandes sorpresas. Me tapo con la sábana y lagrimeo. Soy de lágrima fácil. Los desayunos no me son ricos. Será porque comparto la mesa con mis inmutes y fríos padres. ¿Esa cuestión es de herencia? Me alivio un poco cuando mi puerta se cierra tras de mí. La incomodidad da lugar al ahogo. Antes de entrar al trabajo, me voy al banco del parque. Aprovecho que no hay casi nadie y cierro los ojos para aguantar el llanto. Es en vano. Debo aguantar toda esa pena en esas siete horas de trabajo. Hago el mejor esfuerzo para prosperar, pero no hay remedio. Ya lo dije antes. Nada me complace.

En fin. A pesar de tener una malograda relación con mis padres, les deseo un buen provenir. A la escasa gente que un día me saludó y el otro, no, también les deseo lo mejor. No voy a contagiarles mi tristeza. Sólo me resta decirles que piensen en positivo. Creo que hay cosas bellas por las cuales vale la pena vivir. En este momento no me sale nada para ejemplificar, pero que las hay, las hay. No sean como yo. Si un día sienten que su pecho se llena de lágrimas, recurran a sus padres y a su pareja. Deben tener el mejor remedio para ello: el amor y un apoyo incondicional. Un día ansío saber lo que realmente es eso.

Cuídense.

Besos.”

Eduardo.

Un agrio nudo en su garganta siente. Luego de firmar la carta con un bolígrafo color violeta, le pone el capuchón y lo guarda en el primer cajón del escritorio de la mesa del comedor. Dobla la hoja rayada en dos y lo introduce en un sobre blanco. Le pasa su lengua sobre la solapa para pegarlo. Le pasa el dedo índice y pulgar de su mano derecha para asegurarse de la adhesión. Lo pone acostado sobre una pequeña estatua de mármol que representa a una delgada campesina que lleva una canasta con naranjas. Eduardo se muerde los labios y baja su mirada. Vierte lágrimas. Se las seca con la manga derecha de su blusa. Se acerca a la ventana. Corre la cortina rojiza para ver el cielo. Apenas hay sol.

Pasa a través de comedor y va al baño. Prende la luz y se lava la cara. Se seca con una toalla blanca. Antes de salir del cuarto, se ve su cara en el espejo del botiquín. Va a extrañarse. Apaga a luz. Pasa por la habitación de sus padres, quienes están acomodando la ropa del placard. Los mira en forma detenida. Ellos, concentrados en doblar cuidadosamente las mangas de las prendas. Quiere decirles algo, pero nada se le viene a su mente. Los mira por última vez. Entra a su habitación y prende la luz. Ese cuarto fue si siempre será el refugio de su pesar. Su cama, su aposento, su solitario diván. Su almohada, su cobija. Pasa por el comedor y abre el pasador, luego la puerta. Ninguno de ellos advierte el abrir y cerrar de la puerta. Hace un par de pasos al frente y se voltea para ver la casa, aquel nido que le ha traído infortunio. Gira a la izquierda y abandona la vereda de su casa, de los vecinos hogares y del barrio. Poco a poco deja atrás ese pasado.

El hormigón de la carretera es testigo de los pasos silenciosos de Eduardo, cargado de profundo abatimiento que se refleja en su cara. Camina sobre la vía desierta. Los autos no pasan. Solo un ciclista que lo mira con consternación cuando pasa por atrás de él. Los árboles dispuestos en los costados de la carretera, algunos vetustos, otros joviales, miran con compasión a aquella alma en pena. Luego de caminar por una hora, llega a una bifurcación. Su mente, en blanco.

A la izquierda, la carretera es sinuosa. Conduce a la autopista. A la derecha, la calzada se levanta sigilosamente para dar entrada al puente. Camina hacia esa dirección. Sube por el cordón pintado de amarillo y se balancea. No pierde el equilibrio. Llega a la mitad del puente y se detiene. Gira a un costado para mirar el horizonte. Debajo del puente, hay un río que está paralelo al otro. El puente tiene dos entradas por las que dan bienvenida en forma continua el doble y frío cauce. Las piedras rocosas y puntiagudas sienten el gélido pasar del agua, que arrastra hojas y ramas caídas de esos débiles árboles. El río sigue a lo lejos y se pierde en el horizonte por donde contempla Eduardo, quien tiene los ojos vidriosos. Se tapa la boca. Su corazón late con mucha prisa. Titubea. Se muerde los labios. Se baja del cordón y se sienta sobre el mismo mirando al otro costado.

Balancea su cabeza de arriba hacia abajo. Se tapa la cara entre medio de sus piernas para apaciguar su nerviosa tortura. En media de esa endeble oscuridad, cierra sus ojos y se muerde los labios. Lagrimea. No hay nadie a la redonda. Se seca sus lágrimas con su manga derecha y levanta su cabeza. Se incorpora del suelo y se da vuelta. Se sube al cordón y mira hacia abajo. Se percibe en él una imagen muy melancólica. Cierra sus ojos y siente el aire que sacude su flequillo. Se balancea. Nudo en su garganta. Pronto abre sus ojos. Pensamientos, cero. El balance sucumbe. Pero su vida joven, no. No quiere matarse. Es conciente del dolor que padecerá. Mira al horizonte. Recuerda algunas cosas por las cuales vale la pena vivir: una canción, una pintura, una comida, una película, un disco, un beso de su tan lejano primer amor que ahora le viene a su mente, su mascota y una charla con sus padres. No se da cuenta, pero aquella mueca que nunca se le dibujó en su rostro, aparece. Una sonrisa. Se baja del cordón y abandona ese lugar que ha servido por muchos años para deslindar para siempre las almas suicidas. Mientras va en camino hacia su casa, recuerda aquellas valiosas cosas. Eduardo estrena sonrisa y dicha. Sublime descubrimiento.

Larga Vida a la Cordura!!!!!

miércoles 6 de mayo de 2009

De Repente


Aún se arrepiente de no haberle mandado una simple carta. Le parecía en su momento medio cursi, algo que descaradamente atentaba su fría modestia. Pero una vez que reflota esa idea en su cabeza, a Ismael le hubiese encantado de concebir una maquina del tiempo y retroceder para curar semejante herida. Cuando el joven recibe la triste noticia de que su abuela, Carmen, ha perecido como consecuencia de un paro cardíaco, se encuentra almorzando en un restaurante. A punto de dar la vuelta la tercera hoja del diario, recibe un llamado de su celular. Deja el periódico y contesta la llamada. Su madre tiene una voz lastimera y agrietada. Sus oídos no pueden ocultarse tras el triste sonido del hecho.

Manejando el auto a una velocidad moderada, Ismael recuerda ese momento exacto en que su vida da una tremenda vuelta de 180 grados. Y ya nada vuelve a ser lo mismo de antes. Se muerde los labios para superar tal trance. El desértico suelo aliviana apenas las ruedas de su auto, mientras deja atrás las frondosas coníferas que resisten el paso del tiempo. Delante de la ventanilla, las coníferas se intimidan con el avance del auto y cada vez se achican. Pronto Ismael divisa los tejados desprovistos del color ojo rojo intenso que brillaba cada vez que recibía visitas. Sobre la casona, el cielo empieza a nublarse. Detiene lentamente el auto. Enfrente de él, hay un angosto cerco de madrea blanca, el cual permanece cerrado con un candado y una oxidada cadena que lo envuelve. Detiene el auto finalmente, pero no apaga el motor. Saca de la guantera una llave. Abre la puerta y sale. Distan pocos pasos para llegar a la puerta. Introduce la llave en el candado y lo abre y desenreda el candado. Luego, abre el cerco.

Ingresa al auto y lo arranca. Pasa la entrada y gira levemente respetando el suelo empedrado color blanco. El pasto no está descuidado. Había pensado en encontrase con una verdadera jungla, pero el suelo verde está cortado al ras. En esos quinces días entre la repentina muerte y su franca aceptación, pueden pasar cosas. Se detiene en el pórtico de la casona. Apaga el motor y saca la llave. Abre la puerta y sale. Cierra y le pone el seguro. En el porche permanecen las dos mecedoras de maderas colocados uno al extremo del otro. Una baranda de madera pintada de verde separa ese pasillo del patio. Antes de pisar el primero de los cuatro escalones para entrar a la casa, un hombre lo llama. “Joven, le recomiendo no entrar”. Ese tétrico tono de voz lo hace trastabillar del escalón. Se da vuelta para reconocer esa voz. Es el jardinero de la casa. Un hombre de más de 60 años que ha trabajado para su abuela por 25 años. Tiene un aspecto dejado. Su creciente barba y calvicie, y sus ojos lacrimógenos muestran a una persona agotada.

Pedro, ¿cómo anda? Hace mucho que no lo veo. Creo que…”. Antes de continuar, el jardinero completa la respuesta: “Ocho años”. Ismael asienta. “¿Qué lo trae por la casa de la señora?” le pregunta al joven, quien le responde: “Vine a recorrer la casa por adentro y por afuera”. Silencio. Con una mirada desconfiada, le pregunta: “¿Para qué?” Esa atropellada inquisición le produce cierta molestia a Ismael. Se pasa la mano derecha por la frente y le responde: “Con todo el respeto… porque es la casa de mi abuela y tengo el derecho de entrar cuando se me dé la gana” Pedro carraspea y le dice: “Bueno”. Se da vuelta y se marcha atravesando el cerco de la entrada.

Ismael sube al pasillo y mira a los costados. De aquí para allá corría cuando estaba solo, mientras su abuela le preparaba en la cocina una tarta de membrillo. Más tarde lo comían en ese lugar con una taza de té. Saca del bolsillo izquierdo de su camisa lila las llaves de la puerta de la casona. La introduce en el cerrojo y la abre. Espera ver telarañas y cucarachas que viven en una rustica y paupérrima atmósfera. Nada de eso. Todo está limpio. No hay ningún desorden. Las mesas colocadas en el interior de la mesa redonda. Las bajas mesas resguardan revistas y diarios, otros floreros y adornos antiquísimos. Las pardas cortinas están atadas y las ventanas, cerradas. Cierra la puerta.

Se acerca a los adornos de los muebles. Les pasa la mano, nada de suciedad. Pasa su dedo índice izquierdo sobre la superficie de los muebles. Nada de polvo. Es como si alguien los hubiese limpiado hace un par de minutos. “Quizás fue Pedro, pero que yo sepa sólo es un jardinero. Aún así, eso no quita que pueda limpiar” asevera en su interior. Mira por la ventana de la izquierda. Se ve el jardín lateral. Sigue siendo deslumbrante. El vidrio, lustroso. Se asombra. En frente suyo, hay un mueble donde se cuelgan platos. Tienen dibujos de barcos, frutas y paisajes. Los cuadros dispersos en las tres paredes laterales no se quedan atrás y tiene los mismos motivos. También se guardan copas de diferentes tamaños. Va al otro lado, donde se ubican dos sillones de cuero. No hay rotura ni polvo asentado sobre ellos.

Va a la cocina. La canilla del lavadero gotea. Se acerca para cerrarla. Igual, sigue goteando. Abre las alacenas y los vasos están en su lugar. Ni una cucaracha. Abre la otra puerta del mismo mueble y los frascos están desprovistos de arroz, fideos, té, azúcar, café y especias. Cierra. Sobre el lavadero hay una alacena para guardar los platos. La abre. Nada. A los costados hay cuatro cajones en donde se guardaban los cubiertos, servilletas, manteles y libros de cocina. Abre cada uno. Vacío. Cero insectos. Cuando abre el último cajón, encuentra una carta.

Se agacha y lo saca. Cierra el cajón y se endereza. No hay remitente. Del costado izquierdo lo corta en forma vertical. Saca un papel. Nada. El papel, desnudo de palabras. Frunce su ceño. Guarda el papel y la carta y lo pone de vuelta en el último cajón. Una puerta de chapa de la cocina da entrada al patio trasero. Saca la llave otra vez de su bolsillo y abre la puerta. La ligustrina, bien podada. Una pequeña fuente con forma de cisne se apoya sobre el pasto del lado izquierdo, mientras que el derecho, hay dos bancos de mármol. Una increíble paz se respira. Un lugar verdaderamente íntimo. Entra a la casa y cierra la puerta con llave. Sale de la cocina y a la izquierda hay dos habitaciones. Primero, a la izquierda, va al cuarto de su abuela. La puerta blanca, media abierta. Apenas la luz matinal se filtra por las cortinas color beige. Al costado, un florero de origen galés descansa sobre una mesa de caoba. Y al costado, una radio de la década del ’40. Delante de esta, un sillón de cuero marrón que servía a su abuela para coser. Los hilos, las agujas y el resultado maravilloso de esa unión descansaban, al igual que un portalámparas sobre una mesa angosta, el cual era tapado por un mantel color trigo. Atrás de él, hay un piano negro que brilla por el lustro. Ismael se acerca y abre la tapa. No hay partitura. Toca unas notas. No quiere avergonzar a la casa con su incipiente dote artístico. El piso está alfombrado con color beige. Está suave. Las paredes, que soportan algunos cuadros de paisajes, no se descascaran. La humedad no ha podrido su superficie. Sale de la pieza y va a su cuarto. La ventana, media abierta.

Se acuesta sobre la cama tendida. Raramente está limpia la frazada. Pensar que antes pasaba todo un fin de semana en esta casa y descansaba como un ángel en esta apreciada cama. Suspira. Delante de él hay un escritorio. Plagado de cuadernos y juguetes, ahora está desierto. Tres cajones hay abajo. Deja la cama y abre cada cajón. En el primero encuentra dos lápices de color naranja y azul. En el segundo, una hoja con garabatos. Y en el último, otra hoja con un garabato incomprensibles de la edad de 4 años. Cierra los cajones y deja todo en su lugar. Se sienta en la cama y medita. Su mirada, perdida. A medida que creció, se despojó de esa dulce inocencia infantil que lo laureaba. La etapa adulta lo convirtió en un ser frío. Nada fue lo mismo. “Le debo todo a mi abuela” piensa mientras se le hace un nudo en la garganta.

Escucha el sonar de una tecla, al parecer la del piano. Sus ojos se abren y sale de la cama. Sigilosamente se acerca a la pieza de Carmen. No quiere hacer el menor ruido. No hay nadie. Le parece una locura que el piano toque por su propia voluntad. No se acuerda de haber abierto la tapa del teclado. Entra a la pieza y la cierra. Sale. Mira su reloj. Es tarde. Debe tramitar la venta de la casa de su abuela. Luego, si todo resulta perfecto, ir a la inmobiliaria. Abre la puerta y sale al patio de adelante. Saca el control para destrabar el seguro. Abre la puerta y pone en marcha el auto. Se encuentra delante de él al cerco, pero cerrado con candado y cadena. Maldice al jardinero por su supuesta broma. Saca de la guantera la llave y sale al exterior. Se está nublando. Abre el candado y saca la cadena. Abre la puerta e ingresa al auto. Lo arranca y sale. Detiene el auto y sale para cerrarla. El cerco ya está cerrado. “Un fantasma…” sonríe y se mete en el auto. Arranca. Aún así no hay vuelta atrás para la venta de la casa. Un inconsciente nudo en su garganta lo hace flaquear. Culpa a la prematura gripe. Trata de convencerse.

Larga Vida a lo Espectral!!!!!

jueves 30 de abril de 2009

40 Cms.


El enérgico tintineo de la alarma del pequeño reloj blanco es silenciado en forma abrupta por el índice de la mano derecha de Luis. Prende el botón de la luz del estrecho tubo fluorescente que se sitúa sobre él. La luz encandila los ojos marrones. Tratan de acostumbrarse a la penumbra artificial. Se levanta de la cama y se voltea para ver la hora. 05:15 AM. Se va al baño. Prende la luz y sus ojos nuevamente se molestan ante ella. Se higieniza. Sale del baño e ingresa a su habitación. La ropa de trabajo preparada anteanoche, junto a su mochila cargada de un libro, cartuchera y carpeta, lo deja bien lúcido para cambiarse lo más tranquilo posible. Se saca e pijama que no es sino una remera blanca que tiene el dibujo de prohibido estacionar, y un pantalón negro de gimnasia. Tirita de frío. Rápidamente se pone una remera negra de mangas largas y una camisa a cuadrillé color azul. Luego unos jeans oscuros y sus zapatillas negras. Coge su mochila parda y apaga la luz del tubo.

Abre el bolsillo lateral de la mochila y extrae sus llaves. Atraviesa el pasillo y abre cuidadosamente la puerta. Su madre y su pecunia hermana duermen como ángeles. Las nubes permanecen oscuras. Apenas corre el frío. Cierra la puerta. Pasa por el jardín escarchado y abre la reja y la cierra tras su paso. Mira su reloj pulsera. 05: 33 AM. Avanza lo más pronto posible. La ciudad no permanecería desierta sino fuera por aquellas personas que se empeñan en abrir sus ojos perezosos, pero ávidos de trabajar y ser ambiciosos en la vida. Ambición como fuente de progreso. Luego de pasar seis cuadras, ve esa última como un tramo entre la esperanza y la resignación. Se entusiasma. Se guarda sus expectativas para no probar un trago amargo. Gira a la izquierda y en la parada no hay nadie. Se coloca en el refugio. Al costado de él, hay una publicidad de shampoo enmarcada. Las pequeñas luces dentro del cartel la iluminan como un bien considerado. A los pocos segundos llegan dos personas a la parada. Conversan acerca del trabajo que deben realizar en el día de hoy, el cual es preparar cuatro encofrados robustos con abundante material. Delante de Luis, ve pasar los autos sobre la avenida horizontal. Taxis y camiones acoplados pasan, pero colectivos, nada. Lo que más le interesa es que ese colectivo llegue.

Está a punto de estornudar, pero amaga. De manera repentina, se tapa la boca y estornuda. Evita así un estruendoso ruido en aquella parada casi solitaria. No es que se haya olvidado, pero el desayuno lo ha omitido. Prefiere desayunar en el camino, ya que para Luis tomarse esos diez, quizás veinte, minutos entre hacer una taza de café, tomarla con tostadas y luego lavarla significan la partida de dos colectivos con destino a su trabajo. Tiene hambre, pero hace caso omiso. Se da vuelta y de tres personas que formaron fila se ha transformado en casi veinte. Las cuenta mentalmente. No observa sus caras y prefiere mirar los zapatos para no poner incómodos a los transeúntes. Exactamente son veinte personas. Se agrega una mujer. Veintiuno.

El pronóstico del tiempo había asegurado en el día de hoy que la madrugada se iba a tornar agradable. Pero una vez más, el señor del clima desacertó su atento augurio. Se escuchan un trueno. La gente de la parada, confundida. No saben con total precisión si lo que acaban de oír había sido un trueno o un acoplado. Ninguno se habla entre sí. Sólo lo piensan. El silencio reina en ese espacio pavimentado.

Pablo asevera en su interior que fue una mala y pésima idea la de no desayunar. “Por lo menos, media taza de té y una mísera tostada” refunfuña. Saca del interior de su mochila un paquete de pañuelos descartables. Lo abre y saca uno. Se suena la nariz. Lo guarda en su bolsillo derecho de la camisa. Cierra la mochila. Divisa a lo lejos un colectivo. Es gris con bandas rojas. Pablo suspira en son de alivio. Se acerca a la acera. Iza la mano para detener el colectivo. Pero el destino es errático. Va hacia otro lugar. Baja su brazo y vuelve a su lugar. El inhóspito colectivo se detiene y sube seis personas. Luego, arranca.

Mira su reloj. 05:51 AM. Aún no se inquieta por la tardanza, pero si su estómago. Mira la vereda de enfrente y ni un kiosco, ni tampoco un almacén, ha abierto sus persianas. Mira atrás y la fila recobra su desalentador letargo. Luis se encuentra afortunado en ser el primero de la cola. Voltea su cabeza para ver si llega el colectivo. Pasan tres colectivos. Uno atrás de otro, pero no el que debe tomar. Su pie izquierdo se impacienta y toca el suelo con la planta. Las personas de atrás, si fuesen ignaros, pensarían que tica en una banda metalero en el rol de baterista. “No puedo más” asegura. Se da vuelta y ve a una joven que la secunda. Su mirada se clava en el panel del celular mirando los frescos mensajes de textos. La interrumpe. “Perdoná si te molesto. Voy a un par de cuadras. ¿Me cuidas el lugar por un minuto?” le pide a la joven, quien responde con una sonrisa “Sí, no hay drama”. Pablo le devuelve con el mismo gesto y le agradece.

Va hacia adelante y gira a la izquierda. Más allá, de la otra vereda, ve a un portero limpiando la entrada del departamento y hablando con el encargado del edificio. En la vereda en donde se encuentra ve sólo edificios y garajes. Cruza la vereda y camina hacia la otra. Poco a poco se empieza a alejar de su lugar inconquistable. Tras pasar la segunda cuadra, ve en la esquina un kiosco. Se apresura y llega al local. Le compra dos barras de cereal y una botella de agua mineral. Pone la botella en el bolsillo lateral de la mochila y abre el envoltorio del cereal. Su lengua y estómago se complacen por igual. Regresa rápidamente a la parada. La fila se engrosa cada vez más. Cuando está a punto de llegar, no ve a esa chica. Sólo ve a un hombre mayor. Mira atrás de él y no ve a la joven. “Ya se fue” piensa.

Respetá la fila” le dice el señor a Luis con un tono seco y de temer. Luis, anonadado, trata de explicarle al exasperado hombre que él, hace pocos minutos, era el primero en la fila, pero que se tuvo que ir por un par de minutos por un tema, pero que regresaba. El hombre no le cree y Luis les dice a los que están en la fila: “Gente, por favor, ustedes vieron que yo era el primero en estar en la parada. Háganlo entender al señor que por un problema me corrí de la fila”. Casi todas las caras miran hacia abajo, a los costados o se concentran en la espera del colectivo. Luis, azorado. No puede creer la frialdad y la falta de compasión que emana de sus rostros. Pura inmutabilidad. Luis menesa su cabeza y resignado se dirige a ocupar el último lugar.

Luis ostenta ser el pasajero número 31. Su estomago se le cierra y guarda lo que poco le queda de su desayuno improvisado en su mochila. Quiere saber la hora. 06:17 AM. Se está haciendo tarde. Delante de la marejada humana, se corre un poco hasta tocar la acera. Sólo autos. Pronto la preocupación lo envuelve. Apenas pocas personas charlan entre sí. Cada uno está enfrascado en su mundo. Uno teclea torpemente su celular para mandar un mensaje de textos y, otro, para matar al malvado del juego. Otro, escucha música por medio de su mp3. Otro, lee la sección Sociedad del diario. Otro envuelve bajo sus brazos a su novia para calmarle el frío en sus huesos. Una madre le acomoda la mochila a su hijo por la espalda. Un hombre no puede esforzarse por mantenerse despierto y cierra sus ojos, mientras sus piernas se debilitan por la pesadez. El resto permanece tranquilo, sin estallar su impaciencia e intolerancia. El resto implica a una elegante mujer con aires ejecutivos, un hombre bien trajeado con una maleta en su mano derecha, un adolescente que balancea su cabeza al compás de la música de su mp3, y un joven vestido con un mameluco azul.

Delante de Luis, hay una persona con una gabardina gris. Tiene la cabeza gacha. El pie de Luis se impacienta. No quiere tener una falta por ausencia de presentismo en el trabajo… otra vez. En su haber, posee dos faltas. Una fue por quedarse dormido, y la otra, también por quedarse dormido. Abre la mochila y saca la botella de agua. Desenrosca la tapa azul y bebe un sorbo. Lo mete en su morral. El colectivo no llega aún. El clima se empieza a caldear. 06:35 AM. Una hora esperando a que llegue el bendito colectivo y los escupa en sus labores cotidianos.

Escucha un par de pasos que provienen de atrás suyo y se voltea. Una señora mayor con su cartera de cuero marrón ha arribado. “¿Hace mucho que espera el colectivo, joven?” le pregunta con un tono amable a Luis, quien, se da vuelta para mirarla y, con una improvisada sutileza, le responde: “No, hace poco, señora”. Y se da vuelta. Ve un taxi y se acerca a la acera para hacer la señal, pero alguien de la fila se adelanta y el auto se detiene. La mujer ejecutiva ingresa al taxi y abandona afortunadamente la parada. ¿Es una ilusión o es de verdad? A lo lejos ve a su colectivo con el cartel color celeste. “Ojala sea, por Dios” implora Luis, al igual que todos los que forman la fila. Todos coinciden con eso. Y es ese colectivo. Luis suspira, y el resto también.

Sin embardo, tal transporte está lleno. Todos los asientos ocupados, al igual que los espacios estrechos. Algunas personas de la fila prefieren quedarse allí. Otros, porque no les queda otra opción, suben al colectivo. Es extraño, pero ninguno de los que se quedan y suben al colectivo tuvo la mejor idea de viajar por subte. No es chocante. En el presente día, los subtes de todas las líneas han parado sus servicios regulares debido a una huelga de 48 horas en reclamo de mejoras salariales. Por eso, todas las pardas de los colectivos de la ciudad permanecen abultadas, con lo que reina un pesimismo generalizado. La fila apenas se mueve. Solo a un paso se moviliza. Una marmota avanza más rápido que esta hilera. Luis no sabe si quedarse o subir. Está a punto de arrancar el colectivo. Titubea. Se abalanza hacia el mismo y se cuelga en las dos manijas. Viajará muy incómodo. Un rebaño bovino viaja mejor que estas personas apretadas en el interior del colectivo. Los que están sentados se sienten muy afortunados, pero los que están parados mascullan y maldicen interiormente. Aunque Luis hubiese sido el primero en la fila, igual hubiera viajado parado, por lo que un poco se tranquiliza y sonríe entre el peligro de caer en la calle.

Larga Vida al Colectivo!!!!!

martes 28 de abril de 2009

El Péndulo o El Paciente Esquivo o La Indescifrable Dificultad o Título/Contenido I


Ambos se miran, pero no se atreven a acercarse
por más que uno de sus amigos
lo empujen a encontrarse.
Las dos vagas mentes se embelesan,
aunque no es de fiar sus misteriosos estilos.

Ella pasa su delgada mano sobre la garganta
en un constante acto de delicadeza,
mientras que él sonríe
en presencia de una fortuita presencia.

Él siente un brusco empujón
que no incita ni espanta.
Su corazón se comprime
porque dista a pocos de ella.
Se emociona, pero no pierde su porte
de un modesto señor.

Ella, cabizbaja le muestra una sonrisa
por lo que él se inclina
para contemplar su incógnita.
Mechón no posee para velarse,
con lo que se acrecienta su atisbo.
Su respuesta le importa.

Ella percibe la mirada.
¿Él denuncia vergüenza o desastre?
Su mentón siente que se eleva
Y su perenne mirada trae consigo
un regocijo en sus hombros.

Su índice levanta el rostro
y entrambos se gustan,
al contrario claramente de enamorarse.
En forma sincronizada,
se toman de la mano y escapan.

Durante la fuga, su libido se esparce,
dejando las infrecuentes huellas
de una pasión innata.
Se refugian en un solitario recoveco,
en donde él compensa
su gratitud y su ímpetu inmenso.
Pero ella lo evade.

Más que ardid, un infantil retazo.
Simula ser difícil para entregarse.
Él trata de besarla, pero ella lo prescinde
como un corroído cabo.
Se dibujan apreciando el juego
para endulzar su inocencia.

Apenas se ven, pero sienten su soltura.
Ninguno quiere despegarse,
ni tampoco olvidar su aliento.
Ambos se besan y se abrazan.
Los besos son momentáneos,
cortos, pero que dejan desear.

Se sienten mal,
debido a que la fiesta apaga sus velas.
Un encuentro se ha cumplido.
Se envuelven entre brazos.
Ella se queda en el pasillo meditando.
Él atraviesa la majestuosa puerta de caoba.
Ni una palabra han mediado.
Sus nombres se escaparon
y sus templados corazones han revoloteado.
¿Te veré ahora?

Larga Vida al Casual Encuentro!!!!!

sábado 25 de abril de 2009

Vórtice


Unos soldados vestidos con un peto en forma de as rojo de carta la persiguen entre el tupido bosque. Ella se agita con el pasar de las tétricas ramas. El aire seca sus lágrimas con la corrida. Las pequeñas antorchas que llevan la milicia alumbran en forma minuciosa los recónditos espacios del boscaje. Ella siente el ardor de la luz. Huye más rápido hasta que se resbala y cae en un colchón de hojas, que al segundo se hace añicos. Con un grito ahogado, Alicia cae.

Mientras cae, siente una fresca brisa en su rostro, la cual permanece aterrada por su inevitable muerte. Cierra sus ojos celestes para mitigar el fuerte dolor. Siente que su cuerpo se aliviana. Se siente como una pluma de flamenco. La oscuridad de esa ciénaga empieza a tornarse clara. Ve aproximarse desde abajo flores. Está a punto de convertirse en polvo, pero levita en el aire. Cae en forme lenta. Finalmente llega al suelo. Ni una mínima herida sufre la joven. Así como una pluma cae a la tierra sin lastimadura alguna, ella reviste la misma templanza. Abre los ojos cuidadosamente. Huele a pasto. Todo verde. Escucha el graznido de aves. Se da vuelta boca arriba y ve un cielo completamente celeste. Desde el suelo ve rosas y petunias. Levanta su torso para ver los alrededores. Ve una hermosa plantación de vivas flores rojas y amarillas. Ella oscila entre la sorpresa y la emoción.

Se refriega sus ojos. Los abre una y otra vez. Es real. El plantío se extiende a lo lejos. No hay límite. El horizonte plagado de perfume natural y celestial. Se levanta del suelo y se acomoda su vestido celeste. Mira el paisaje y se tapa la boca con su mano derecha. No sabe en qué dirección recorrer tal paisaje. Da media vuelta y camina. El suelo es muy suave. ¿Acaso las nubes se depositan allí? Mientras camina, toca los pétalos de las flores que va dejando atrás. Inspira. El aire es puro. Ve tres sombras que se reflejan sobre el sembradío. Mira hacia arriba y ve a tres aves que vuelan sobre ella. Baja su mirada y sigue su indefinido recorrido. De pronto, su respiración se entrecorta. Se detiene por un momento. Le es difícil respirar. Se agacha. Sus ojos se nublan. Se desmaya y sus ojos se cierran.

De golpe, Alicia empieza a respirar y abre sus ojos desorbitadamente. Siente algo suave en su cabello rubio. Mira y alrededor de su cabeza hay plumas anaranjadas. No despega su cabeza para nada. Yace mirando a un costado. Respira en forma agitada. En frente suyo hay un ventanal. Las claras cortinas verdes abiertas se sacuden en forma frenética. A través de la ventana, apenas divisa una colina cubierta por la niebla nocturna. Frunce el ceño. Se levanta de esa extraña cama. Está acostada sobre una sábana cubierta de plumas. Al lado izquierdo de la ventana, hay una biblioteca; y del otro, un escritorio. Mira atrás suyo y solamente hay una puerta abierta. No quiere adentrarse a esa oscuridad. Se muerde los labios. Voltea su cabeza hacia el mirador. Abandona el lecho y se dirige al ventanal. El piso está hecho con vigas de madera. Se tambalea debido a un efímero mareo. Se toca su frente con la mano derecha. Camina hasta llegar a la curiosidad. Corre las cortinas. Un mar enturbiado se mueve con toda su furia. Mira hacia abajo y las cascadas rompen contra la pared de la casa que no es sino una torre. El viento sacude fuertemente su cabello. Casi hace volar la bincha roja que sostiene su peinado ondulante. Luego escucha un golpe sobre la puerta de atrás. Se voltea. Alguien o algo toca la puerta de manera constante. En la rendija inferior ve una potente luz roja y luego ve aparecer una sombra. Alicia se asusta.

Los golpes descargados sobre la puerta son muy fuertes. La perilla es movida frenéticamente. Escucha que rayan. En forma torpe, Alicia corre las cortinas y se equilibra en cuclillas sobre el marco inferior del ventanal, mirando a la colina. Se muerde los labios. Se agita. Se agarra sobre el marco. Mira para atrás y la puerta se abre con un tenebroso crujido. Cuando la luz roja y la sombra espectral se dejan entrever para invadir la habitación, ella se da vuelta y se lanza. Ve la enturbiada agua. Cierra sus ojos y respira intensamente.

Piensa en escuchar el estruendoso zambullido dentro del mar. Pero no ocurre nada de eso. Abre los ojos y siente en su rostro algo duro y rugoso. Sus brazos y piernas penden en el aire. Se incorpora, pero se sostiene fuertemente de una frondosa rama. Mira hacia abajo y está lo bastante alto del suelo. Padece vértigo. El follaje del árbol se agita. Es extraño pero no corre ni una tímida brisa. No quiere madrugar allí. Empieza a correrse para atrás. Luego escucha un crujido. Se detiene. La rama en la que se está sosteniendo comienza a resquebrajarse. Apresura su marcha atrás, pero la rama se rompe. Ella cae y agita sus brazos para agarrarse de una rama. Por suerte, una se compadece y la agarra. Ve abajo la caída de la rama, que despedaza hojas y gajos. Alicia suspira. Pende de una rama.

Trepa hasta llegar al tronco del árbol. Debajo de ella hay una rama frondosa. Parece ser segura. Suelta sus manos y cae sobre la fuerte corteza. Se bambolea. Se equilibra con sus brazos, los cuales están debilitados. Se agita. Se sienta y apoya su espalda sobre el tronco. Está exhausta. Acera su cabeza para mirar abajo. Ve solamente ramas y ramas. Le parece extraño ya que minutos antes había visto pasto y ahora hay follaje. Luego escucha un sonido al parecer animal. Mira a los costados. Nada. Lo escucha de vuelta. Parece el ronroneo de un gato. Mira hacia arriba y exactamente lo es. El felino blanco lo contempla con sus potentes ojos amarillos. Soslaya su cabeza como un perro que mira de manera compasiva. Ella se levanta y llama al gato tronando sus dedos y chistando suavemente. El gato se prepara para saltar; y ella para agarrarlo. El sociable animal se lanza sobre ella y lo agarra. Ella trastabilla, pero recupera el equilibrio. Lo tiene entre sus brazos. Pega suavemente su pequeña cabeza sobre la pera de la joven y se mimosea. Mientras lo carga entre sus brazos, se sienta sobre la rama. De un abrir y cerrar los ojos, el gato se duerme. Su cola se contornea.

Alicia siente una molestia en su nariz. Le empieza a picar y estornuda. Nota con sorpresa la asomada alergia por el pelaje gatuno. Estornuda cada tres segundos. Se levanta. Suelta al gato, que ya se ha despertado como consecuencia del ruido y se aleja saltando a otra rama. De tanto estornudar, sus ojos lagrimean. Ve todo borroso y trata de encontrar el tronco, pero es en vano. Finalmente esa suerte equilibrada se desvanece y Alicia cae. Las puntas de los gajos pegan y lastiman su pulcro rostro. Tapa su rostro para por lo menos proteger su alicaída cara. Siente que su cuerpo rebota como si estuviese saltando sobre una cama elástica. Abre los ojos y ve alrededor de su cara una cama blanca. Se incorpora y se percata de que no es un catre, sino una pomposa nube.

Desde el benévolo cielo en donde la suntuosa concordia reina, Alicia mira una bandada de golondrinas. También a lo lejos ve un globo aerostático. No sabe con exactitud si esa persona que maneja el globo la saluda agitando su brazo izquierdo, pero para no perder el lejano respeto, lo saluda con su brazo derecho. Observa a sus alrededores. No hay nubes de pequeñas proporciones, sino extensas capas de claros nubarrones que cubren el harapiento vacío de abajo. Se agacha para tocar la nube. Agarra un pequeño puñado con su mano derecha. Es esponjosa, pero a los cinco segundos se evapora.

Camina sobre el etéreo lugar. Hasta ahora, Alicia nunca percibió la paz en su máximo esplendor. Cierra sus ojos y sonríe. Extiende sus brazos. Se da cuenta de que su alergia ha desaparecido completamente. Cuando abre sus ojos para poder disfrutar de la encantadora zona, la atmósfera se oscurece allá abajo. Desde esa posición, ve el cielo ahora oscuro que refusila. Ella se detiene. Está anonadada, ya que debe ser la primera persona del mundo en ver una avecinada tormenta desde arriba. Siente el levitante suelo frío y húmedo. Escucha un estruendoso trueno que casi deja sorda a Alicia. Se tapa los oídos. Aún así, los truenos se amplifican. Luego, ve a la distancia un rayo que sale desde abajo capaz de hacer trizas una casa. Los fucilazos se acercan a ella amenazando su existencia. Ella corre por su vida.

Los rayos se acercan velozmente a Alicia. Cierra sus ojos y agiliza su corrida. De repente, el cielo se abre y ella, al tener los ojos cerrados, se desploma. Abre los ojos y se encuentra en el aire. Siente la fresca y fría lluvia sobre su cuerpo. “¿A dónde?” piensa. Se desmaya en el aire y su cuerpo divaga sin conciencia en el aura. Siente que alguien le tira agua. Se despierta. Sus ojos no ven nada. La vista está velada. Parece como si estuviese ciega. Hace un intento de enfocar su mirada. Definitivamente lo logra. Ve una manguera de color azul que despotrica su potente chorro de agua sobre ella. Pero ella no esquiva el chorro. Ni tampoco detiene a esa persona que lo acomete. Ella permanece estática. La crispante corriente trata de despejar la mirada dilapidada y apesadumbrada de Alicia, pero es inútil. La arcaica y pequeña estatua del humilde jardín, aunque por fuera derrocha abatimiento, por dentro emana lozanas, arriesgadas y bienaventuradas aventuras. Alicia desea no despertar de ese conjuro.

Larga Vida a la Imaginación!!!!!

miércoles 22 de abril de 2009

Un Frecuente Claustro


Una fuerte jaqueca, producto de una temible resaca matinal, levanta del sillón a Mauro. Acostado como un niño de apenas unos meses de vida, bosteza y apoya su cara sobre sus manos. Respira hondo. Escucha su calmo respirar. Saca sus manos y sus cejas se fruncen. Los primeros rayos del sol se filtran por las ventanas del oscuro comedor, que deja de serlo. Decide dormir un par de horas más, pero el dolor de cabeza es recurrente, por lo que le es imposible descansar. Abandona el apreciado sillón y se va al baño. Prende la luz y observa su rostro que muestra signos de destrucción y colección de borracheras. Sus grandes ojeras y su acrecentada barba son las evidencias. Se lava su cara con abundante agua y jabón. Aún así, esto no soluciona su pesadez.

Abre la puerta del botiquín de abajo. Saca de allí un recipiente de plástico con una tapa azul. Lo destapa y busca en el interior alguna aspirina. Es inútil. Hurga entre el termómetro, vendas, bandas adhesivas, tijera, pastillas para dormir y otros remedios alguna “poción mágica” para sanar su calamitoso estado. Una bendita aspirina no hay. Tapa el recipiente y lo coloca adentro del botiquín. Cierra la puerta y apaga la luz del baño. Va hacia su habitación y enciende la luz. La cama de su hermano, Ariel, aún deshecha desde hace cuatro días. Su cama no se queda atrás. Las sabanas blancas y frazadas verdes están completamente revueltas como si sus tres perros hubieran lidiado una contienda para quedarse con el puesto de la mejor mascota de su amo. Mauro se dirige al escritorio y entre la maraña de hojas arrugadas, lapiceras sin capuchones y CD’s desprovistos de la tapa busca una aspirina. Revuelve todo y en su búsqueda arroja algunas lapiceras al suelo. Abre los tres cajones del escritorio y registra sus interiores. Tira todo al suelo haciendo al suelo una especie de arena movediza. Nada. Se restriega su rostro con su mano derecha. Se fija en el cajón de la mesa de luz.

De repente sus ojos se fijan en un portarretrato de madera clara boca abajo. Levemente su garganta empieza a hacérsele un agrio nudo. Sus dientes muerden sus labios. Remisamente extiende su mano derecha para poner de pie tal portarretrato, pero se arrepienta y aprieta su puño mientras cierra sus ojos. En forma frenética abre el cajón del mueble, pero entre su prenda íntima y las medias, no hay ni una mísera calmante. Cierra el cajón y abandona el cuarto olvidándose de apagar la luz. Llega a la puerta de adelante y suspira. Mete su mano izquierda en los bolsillos de su jeans para ver si le queda alguna que otra moneda para comprar un remedio. Sólo tiene dos pesos. El resto del dinero, derrochado en vinos y champagne.

Abre la puerta y la luz del saliente sol baña su aún demacrado rostro. Cierra un poco sus ojos. Cierra la puerta con sus llaves y se las guarda en el bolsillo de atrás. En el aire se percibe una tolerante humedad. Camina en forma torpe. Luego de dos cuadras, llega a un kiosco. Lo atiende el dueño quien se siente inseguro de atenderlo, pero al final opta por considerarlo. Mauro compra una tableta de aspirinas y una pequeña botella de agua mineral. No quiere regresar a su casa.

Camina para despejarse un poco. La calle se encuentra casi despierta. Sólo existen un par de personas que duermen sobre la acerca bajo un estado embriagante. Algunos duermen, otros murmullan cosas incomprensibles. Mauro quiere alejarse más de la casa. Tanto estar deambulando se ha olvidado de tomar la aspirina. Se detiene un rato. Abre un comprimido de la tableta y se lo pone en su boca. La tableta se lo guarda en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Desenrosca la tapa del agua mineral y bebe tres sorbos. Traga el analgésico y se siente bien como si se le hubiese aplicado un suave placebo. Luego escucha una ambulancia que va a toda prisa y pasa por frente de él. Si no hubiese visto esa cruda asistencia pasar como si el mal lo estuviese persiguiendo, su mente no se hubiera tornado gris.

Cuando Mauro termina de ver cómo pasa la ambulancia, en la vereda de enfrente se topa con una casa antigua, construida quizás a principios de siglo XX. El tiempo lo va devastado del todo. Por adentro no lo sabe, pero por fuera la lluvia y el calor han maltratado el hogar en forma inescrupulosa. Pronto el joven siente de vuelta un nudo en su garganta. Cierra sus ojos. Los abre y decide seguir su marcha, pero algo lo detiene. Mira para atrás y esa arcaica casa lo invita a acercarse. Siente una nostalgia en su pecho. A lo lejos, Mauro no puede distinguir lo que brota por el agujero de la llave. Algo brillante se destaca entre el comprensivo hábitat. Supera sus miedos y se acerca. Mira a los costados para cuidar que ningún coche lo atropelle. La calle, vacía. Algunos autos se divisan, pero a lo lejos. Cruza la calle y ese radiante objeto empieza a tomar forma a medida que Mauro se acerca a la casa. Una consuelda real pende fuertemente sobre el cerrojo. La flor color azul y violeta aún no ha perdido su gloriosa tonalidad. “Alguien lo dejó” piensa Mauro. La puerta desmenuzada de pintura clara y madera podrida no tiene un picaporte. El cerrojo, oxidado. Mira hacia arriba. Las ventanas de la casa de dos pisas se encuentran abierta de par en par. Algunos vidrios están rotos a causa del granizo y de las piedras arrojadas por los torpes adolescentes. Mauro traga con un fuerte sonido. Pasa suavemente su mano derecha sobre la puerta, la cual se abre con un fino crujido.

Por un lado, Mauro no quiere adentrase en ese mundo cubierto de polvo y suciedad capaz de avejentar a cualquier niño; pero por lado, desea ingresar al mismo para recordar a ella. Se percata que ambas opciones lo van a entristecer… aún más. Cierra la puerta poniendo su índice dentro del agujero en donde debió estar el picaporte. La consuelda, inamovible. Mauro se queda un rato frente a la puerta. Una chica pasa por la vereda y lo ve en forma extraña. Él no percibe la mirada curiosa de la transeúnte, quien camina a partir de ahí con mucha prisa. ¿Acaso las personas se apagan cuando ven a un objeto propio de la naturaleza? ¿Más una flor silvestre?

Aquella consuelda no es un flor cualquiera. Quizás para aquel que no le despierta algún sentimiento, pero para Mauro significa y ha significado mucho. La oreja de ella había servido como sostén para esa flor. Griselda se había emocionado por tal regalo. No espera un regalo simple pero idílico ante el primer aniversario. Ella lo besó primero en la mejilla derecha y luego lo besó profundamente, por lo que Mauro sintió una fricción en su corazón. Mientras los peatones pasaban, la pareja, indiferente para ellos, se entregaban a los besos.

La madrugada caía y la llovizna hacía lo mismo. Mauro y Griselda buscaron un refugio para protegerse ante la molesta lluvia. Encontraron una vieja casa y entraron por la puerta, desprovista de un picaporte. La flor sujetada a la oreja derecha de ella sorprendentemente no se había empapado. El comedor, dotado de una fría y extraña beldad, estaba corrompido de telas de arañas y polvo. Los cuadros de personas y paisajes, las mesas, los sillones d cuero podrido y las pequeñas estatuas sirvieron de albergue para las arañas y demás insectos. Las paredes de los cuartos que comunicaban con el comedor se oscurecían gradualmente a medida que se iban alargando. De por sí, el ambiente era tétrico. Griselda lo agarró fuertemente de la mano derecha, quien lo estrechó con mucho cuidado y la abrazó para contenerla. “Shhh. No tengás miedo. Estoy yo” le susurraba en su oído, mientras sentía ese delicado perfume en su nariz. La besó y la abrazó. Mauro despejó la suciedad impregnada en un sillón cubierto de plástico y se sentó. Luego ella se sentó sobre él como una espantadiza niña que busca un refugio seguro. Mauro la abrazó y le dijo: “Feliz aniversario. Te amo” El temible trueno que se escuchó no espantó a los novios mientras se besaban. La consuelda seguía arrojando desde lo alto su encantador oda.

Griselda…” Su voz se entrecorta en el vaho matutino. Se muerde sus labios. ¿Será acaso que aquella chica haya dejado esa flor en el cerrojo? ¿O que este lugar sigue siendo un reducto para cubrir a cándidos amantes? ¿Hay una familia de consueldas que se sienten ávidas de vivir en ese tibio espacio y que no lo abandonan por nada del mundo porque quieren enamorarse de las almas que se refugian allí y tener un grato recuerdo? Pensar que hace un año ese inocente amor, que duró tres años, se despedazó. El alcohol de la madrugada no le ha servido para nada, para olvidarla. “Me hubiera quedado en casa” se consuela Mauro. Cierra sus ojos y sus pestañas se levantan. Podía haber soportado esa jaqueca, pero duda de hacer llevadero el hecho de tener en su corazón a Griselda. De todas las cosas que abandonó y arrojó a la basura, como breves y conmovedoras cartas y osos de peluche, la foto boca abajo ubicado en su mesa de luz es la excepción.

Es conciente de que lo hace mal tenerla al lado, pero esa foto representa mucho, ya que la tomó un día domingo a la mañana en que le regaló la consuelda. Aunque haya pasado un año de inconfundibles besos y tiernas caricias, Mauro no puede dejar de lado ese insondable recuerdo que le provoca un brillo en sus ojos marrones. Toca en forma delicada los pétalos de la flor. Mira a los costados. Se aleja un paso y decide regresar a su casa. Las calles aún permaneces deshabitadas. Llega a su hogar. Abre la puerta con sus llaves. La cierra. Va hacia la cocina. Coloca la botella de agua dentro de la heladera. Abre las persianas del comedor. Va hacia su pieza. Abre la persiana. La luz entra al cuarto y empieza a acomodar su cama y el escritorio. Su vista se clava en el portarretrato. Se acerca a la mesa de luz y lo levanta. Destapa el pie del adorno de madera. Saca la foto y lo da vuelta para verla. El dolor de cabeza aparece, como su anual y triste nostalgia.

Larga Vida al Aniversario!!!!!

domingo 19 de abril de 2009

P.M.


Una simple pero complicada duda asalta la mente de Pamela: ¿ir o no? De un abrir y cerrar los ojos, el día, soleado y atractivo, pasó a un gris y contemplativo anochecer. Más allá del frío polar que se avecina para calar hasta los pómulos, a ella lo que más le angustia es saber si Diego va a estar ausente en la plaza. Cada vez que piensa en él, se siente motivada a suspirar y taparse medio rostro con su mano, mientras asoma una sonrisa complacida. Cierra sus ojos marrones para recrear su mirada. Su corazón se abraza a sus brazos. Una tibia brisa acaricia su rostro, la cual se apoya sobre los brazos. El marco de la ventana sostiene su cara de ángel. Se levanta de la silla de mimbre y agarra de la pequeña mesa de luz su celular negro. Lo abre para ver si le ha llegado un mensaje de texto de parte de Diego. No hay vislumbre. Lo cierra. Va a la punta de la cama y se sienta. Deja su celular al costado suyo. Realmente no sabe que hacer.

Contempla la nada cifrada en la pared de verde pastel. Se pasa su mano izquierda sobre su brazo derecho. Tan estrecha y delgada es la línea que separa la duda de la certeza. En las situaciones límites, uno no sabe qué hacer. ¿Qué bifurcación tomar si ambos trechos conducen a distintos y concretos destinos? Luego escucha un leve trueno. Gira su cabeza para ver sobre la ventana el cielo. Aún es gris. Baja su cabeza y coge su celular. Lo abre y lo llama a Diego. Aguarda. No hay contestación alguna. Cuelga. Llama nuevamente. Espera hasta al cuarto tono. Cuelga. Se levanta de su cama. “Él me dijo que si se presentaba algún inconveniente, me iba a llamar”, balbucea Pamela. Decide esperar quince minutos para que una novedad haga tocar su dubitativa puerta.

Cierra la ventana de su pieza. El frío se cuela en su habitación y trastoca los osos de peluche que descansan sobre el espaldar de su cama. Se sienta sobre la silla marrón giratoria de su escritorio. El presente mueble de color blanco está completamente ordenado. Los libros de Historia y Contabilidad II descansan sobre una hoja de cartón rosa. Un pequeño cesto de aluminio sirve para colocar sus lapiceras y biromes de color azul, rojo y verde. El pequeño péndulo, obsequio otorgado por su abuela Carmen, sigue su curso de encantador hipnosis. Al costado, se encuentra un cuaderno anillado de tapa beige, una especie de diario íntimo en donde vuelca, más que impresiones del día codificado en letra cursiva, garabatos y pequeñas frases. Abre el cuaderno y abre la última página. Saca del cesto una birome azul. Abre el capuchón y lo deja a un costado. Apoya la biromé sobre la hoja en blanco. No sabe que escribir. Más en este momento de encanto perturbado. Lo único que le sale de su alma es dibujar los signos de interrogación.

Mientras remarca los contornos de los signos de pregunta se le brillan sus ojos. Ansía verlo, aún si una tormenta resquebraja los árboles y el techo de la vieja escuela. Ella, tímida, no quiere arruinar una relación de amistad con Diego, también reservado. No se anima a decirle a él que piensa en él todo el día. Prefiere acallar su abrasivo sentimiento y continuar siendo un buen compañero de estudio con quien puede compartir sus alegrías y desdichas. Un mes ha servido de prueba para corroborar una fructífera relación. Ella extraña sus palabras reconfortantes, pero no sabe si él siente lo mismo.

Gira su cabeza hacia atrás para ver el reloj. Marcan las 16:45 hs. Pamela decide arriesgarse. Abre la perta del placard y extrae de él su gabardina negra. Cierra la puerta. Se pone el abrigo sobre un pulóver violeta que tiene puesto. Se va al baño. Prende la luz y se peina su ondulado pelo castaño que llega hasta sus hombros. Se maquilla. Mira por un rato su bello rostro. Suspira. Apaga la luz y se va del baño. Baja las escaleras en forma rápida. Apoya su mano izquierda sobre la baranda. Sus pequeñas botas negras hacen eco sobre el solitario comedor. Pronto advierte que no tiene el celular. Sube por él y baja nuevamente al comedor. Abre la puerta con su llave. Sale afuera y la cierra tras ella. El frío se hace presente en las esquinas del barrio y se cuela hasta dentro de los constreñidos adoquines de la calle.

Pamela se abotona hasta el cuello y mete sus manos en los bolsillos de la gabardina. Camina dos cuadras hasta llegar a la parad del colectivo. Nadie se encuentra en ese frío lugar. Tras diez minutos se impacienta por la tardanza del colectivo. Parece que el mundo se ha puesto en contra para hacer todo lo posible para que ella no lo vea a ese ¿amigo? Pasan varios autos, pero colectivos, cero. Luego divisa un taxi y hace la señal de parada con su mano derecha. El taxi disminuye su velocidad y para el carro. Ella abre la puerta y se adentra. “A la Plaza Torres” le avisa al taxista, quien pone el taxímetro en marcha, al igual que el auto. Silencio absoluto en el interior del taxi. Pamela mira los autos pasar, pero nota la ausencia total de los transeúntes. El asaltante cambio de clima ha provocado que todos se refugien en sus cómodas y cálidas casas. Otros, permanecen en el trabajo para adelantar el trabajo del día de mañana. ¿Acaso ella es la única persona, aparte del conductor, que va mientras los otros vienen?

Tras veinte minutos de viaje, Pamela llega a la plaza. El taxista detiene el taxímetro y ella le abona la tarifa correspondiente. Desciende del auto y cierra la puerta. El taxi sigue su marcha en busca de más pasajeros. Camina sobre el empedrado del suelo de la plaza. Casi nadie hay en el espacio antes verde. Sólo emanan de la tierra árboles desprovistos de hojas. Las ramas cuelgan como brazos en búsqueda de alguna ayuda. Se sienta sobre un gran banco en forma de U, el cual la pintura blanca ha empezado a desgastarse con e pasar del tiempo. Mira a sus alrededores. A lo lejos, divisa a un hombre de avanzada edad, quien lee el diario del día. El viento empieza a soplar y le incomoda al señor seguir leyendo debido a que la corriente dobla las hojas del periódico, como así también su creciente calvicie que deja al descubierto unos cuantos pelos canosos. También observa a un joven cuidador de perros, quien está sentado sobre el pasto mientras los caninos mueven frenéticamente sus rabos y mantienen sus mandíbulas boquiabiertas.

Pamela se acomoda su manga derecha para ver la hora de su reloj. Marca la 17:20 hs. En cuestión, el esperado encuentro tenía como horario las 17:00 hs. Pero ella se asombra, ya que la primera vez que se conocieron, Diego le confesó que la puntualidad es su norma, para aclarar acerca de los compromisos a confirmar. Pensar que esa breve charla entre dos desconocidos sobre cualquier asunto puede catapultar a una conversación interesante y deliciosa. Justo esa plática se había dado en frente del añejo portón negro de la escuela terciaria. Las ventanas cerradas de los tres pisos se encuentran desprovistas de cortinas. Acaso para despabilar la creciente longevidad del edificio Fue una completa satisfacción verlo esperando por ella a la salida del colegio. No se animaba a decirle algo debido a que Pamela estaba con sus tres mejores amigas, por lo que agachó su cabeza y miró hacia el suelo. Mientras los estudiantes salían para despejar sus mentes tras una ardua educación diurna, Pamela y Diego se encontraban charlando acerca de preferencias e ideas. Cada comentario terminaba con una sonrisa y un brillo en los ojos.

La baja temperatura se hace más evidente. Aquel señor del periódico cierra la lectura y lo pone sobre su hombro y el joven de los perros se levanta, con lo que los perros avanzan a pasos agigantados. El paseador es tirado como una pluma por la fuerza canina, que no ve la hora de llegar a sus respectivas casas para comer y dormir sobre una alfombra cerca de la cálida fogata y de la sonrisa de los dueños. Pamela se queda sola completamente. Sus manos, que buscaban calor entre sí mismas, se refugian en las axilas. El viento sacude sutilmente su cabello lacio. Suspira. El primer botón de su gabardina se desprende. Saca su mano derecha de la axila y se lo abrocha. Escucha el recalcitrante sonido del viento, agriado por la vida oscura y solitaria que lleva.

Saca la mano derecha de su axila y extrae del bolsillo derecho su celular. Le tiemblan las manos. Manda un mensaje de texto a la augurada ilusión. Lo guarda en su bolsillo. Espera por la contestación. Mira atrás para ver si Diego llega por atrás para sorprenderla. Detrás del banco hay una pequeña flor de lirio que descansa sobre el enfermizo pasto. El viento parece haberla arrancado de su fértil pedestal. Todavía irradia de blancura. Lo agarra con su mano derecha y se lo acerca a su nariz. Emana un rico perfume sabor a un dulce encuentro. Se da vuelta y mantiene la flor en su mano. Mientras lo huele, sonríe.

A los lejos ve a una persona. No sabe con perfecta seguridad si es Diego. Su corazón empieza a palpitar y una sonrisa se le dibuja en su rostro. Ella se levanta con su flor en la mano. El esfuerzo ha sido en vano. El peatón cruza el centro de la plaza y la ve con seriedad y extrañeza. Quizás por ser una de las pocas personas que se encuentran en este lugar. Pamela se sienta. Saca su celular y marca el número. Nadie atiende. Llama a su casa. La misma situación. Suspira. “Quizás tuvo una emergencia” trata de converse a sí misma. Pero ella ni cree en esa vagancia dubitativa. Guarda su celular. Se levanta del banco y decide irse. Antes de cruzar la calle, mira para atrás afín de encontrarlo. El semáforo se pone en rojo. Los autos detienen sus motores. Da vuelta su cabeza hacia atrás al igual que su cuerpo y regresa al banco. Camina y llega a su malogrado asiento.Cruza sus brazos para abrigar sus frías manos. Sus ojos se tornan vidriosos. Se seca sus lágrimas con su manga izquierda.

La oscura noche baja definitivamente. Pamela tirita. Aún mantiene la esperanza de que Diego llegue en cualquier momento. Saca de su bolsillo izquierdo una barra de caramelos de miel. Extrae uno y mete el resto en su bolsillo. Le saca el envoltorio y lo come. El papel se lo guarda para tirarlo en un cercano bote de basura. Los grillos empiezan a cantar en forma pausada. La joven ve las sombras de los árboles vetustos y de la fachada de la escuela proyectadas por los faroles incandescentes. Ve su reloj. Marca las 19:45 hs. De pronto llaman a su celular. Lo saca del bolsillo y lo abre. Es un mensaje de texto acerca de una promoción de SMS gratis por seis meses. Mina sus fuerzas. Lo cierra y lo guarda. Tiene miedo de que a Diego le haya pasado algo grave. Se angustia. “No me enojaría con él. Ni menos voy a basurearlo. Pido tan sólo que llegue” susurra Pamela. La flor de lirio se resiste a perecer, mientras, acurrucada de frío, su corazón batalla contra la tardanza. “¿Vendrá?”.

Larga Vida a la Prontitud!!!!!

viernes 17 de abril de 2009

Torpeza Encapsulada


En estos precisos momentos, alguien se debe estar contemplando en el espejo amen de estar completamente convencido de que es La persona más bella y genial de la Tierra. Tal sujeto se tiene como sostén y desdeña de los demás. No hay orden aleatorio. Tal individuo se ubica en primer lugar. Los restantes puestos están ocupados por el Súper Yo y el Otro Yo. El ego se materializa en una especie de aureola que flota sobre su cabeza. Pero tal coronilla no guarda ninguna relación con lo angelical. Al contrario, ese halo ennegrece su alma y lo cerca de las demás personas. Por circunstancias de la vida, o mejor dicho, del destino, algo o alguien mutilan el encapsulado ego de esa anodina alma y trastoca su ser. Como la atmósfera terrestre, el receptáculo del “yoísmo”empieza a protegerse aún más con capas que se solapan entre sí. Pero de nada sirve. Absolutamente, empieza a flanquear la confianza. No solamente hacia los demás, sino también hacia sí mismo. Esa creciente inseguridad íntima que atosiga a la persona (tremenda pesadilla para un ser paranoico) se refleja en Don't Believe Anything I Say, canción compuesta por Graham Coxon, solista británico.

La campestre canción pertenece al disco Love Travels at Illegal Speeds, publicado en 2006, y sigue la línea de su anterior álbum, Happiness in Magazines (2004), en el sentido de accesibilidad sónica. Los LPs previos a Happiness… hablan de un Graham inquietado por atender sus diferentes gustos musicales. Es así que en cada disco, cantados y producidos por autoría propia, Graham muta: un día se calza el traje de folkie (su primer álbum, el delicado y sombrío The Sky is Too High, de 1998, tiene una explícita referencia a los grises y tiernos Leonard Cohen, Nick Drake y Syd Barrett); otro, de skater indie (el encolerizado y adrenalinero The Golden D, de 2000, en donde lo muestra a Coxon cantando como si estuviera padeciendo catarsis en presencia del Diablo, cita como influencias al increscendo rock hardcore y noise rock espacial de Sonic Youth y My Bloody Valentine); otro, nuevamente un folkie, pero más reflexivo (los intimistas Crow Sit on Blood Tree, de 2001, y The Kiss of Morning, de 2002, que retoman levemente la senda del primer disco, pero con una sonrisa, señalan a un Graham sumiso que se desintoxica tras los excesos purgantes de The Golden D); y para terminar la seguidilla de prendas, de indie alegre (los sólidos y templados Happiness in Magazines y Love Travels at Illegal Speeds lo enarbolan como un songwriter cantando bajo un espectacular sol y saltando sobre las calles)

Otrora, a Graham Leslie Coxon (nacido el 12 de marzo de 1969 en Rinteln, Alemania Occidental) simplemente se lo conocía como Graham, guitarrista de la geniosa banda del Brit-Pop, Blur. Comandada por el cantante, Damon Albarn, Blur se sentía como pez en el agua a mediados de los 90. Hasta que Oasis les quitó el puesto de La banda Brit-Pop, y la banda oriunda de Colchester, decayó y esa esencia pop saltarina la declaró por muerta. Esto se tradujo en un verdadero lavaje de cara y a fines de los 90, Blur abrazó el rock indie norteamericano. Gran parte del nuevo sonido (crudo y lunático) se debió en parte a Coxon, coleccionista del rock del Tío Sam, quien ha escrito la abrazante You're So Great para el aventurero disco homónimo (Blur, 1997), clara señal para comprobar su status de songwriter. Y así, al año siguiente lanzó su primer disco, ocasión más que especial para abandonar definitivamente su adicción por el alcohol.

Si The Sky is Too High siembra una terapéutica y bucólica oscuridad, hasta tal punto de haber grabado su voz… ¡bajo una mesa con las luces completamente apagadas del estudio!, Love Travels at Illegal Speeds supone una atenta y clara satisfacción manobriada a la perfección a la hora expresar sus sentimientos. Huellas que hablan de un artista que tiene una indiscutible apariencia de un geek, apodo acuñado por la cultura norteamericana para designar al inconfundible escuálido nerd “cara de nada” que se esconde atrás de esas grandes gafas de grueso armazón negro (¿estilo Woody Allen?) y de un peinado “cuidadosamente” desaliñado. Ese aspecto “nerdístico” de Graham deslumbra a un tipo bastante tímido y maltratado que plasma sus emociones a la hora de componer.

Sin abandonar esa retraída estética, Love Travels at Illegal Speeds señala a un Graham conectado a un generador de electricidad punzante para alabar a la atracción enigmática del amor (ver la propulsiva I Can't Look At Your Skin y la orgánica You Always Let Me Down); la estabilidad idílica (la imparable y pegadiza You & I y la vertiginosa Gimme Some Love); su consecuente infidelidad (chequear la melodía zumbante de Don't Let Your Man Know y Tell It Like It Is, y la regocijada What's He Got?); su inevitable quiebre (tantear la sinceridad triste de Just A State Of Mind, la naturaleza matinal de Flights In The Sea (Lovely Rain) y la acongojada See A Better Day); y el resignado retiro (comprobar la palpitantes Standing On My Own Again y I Don't Wanna Go Out, y la altibaja Don't Believe Anything I Say)

Los acordes de guitarra acústica dan pie a Don't Believe Anything I Say, seguido del dócil redoblante de la batería y el temeroso bajo. Graham se sincera cuando canta. Mira desde arriba lo que acaece en el ensueño. El estribillo, acompañado por un enternecedor y exacto compás del xilófono, y un sencillo teclado, reverbera, con los parpados cerrados y dirigiendo su rostro sobre el suelo, el suave canto solitario de Coxon. El especial solo de guitarra de Graham conmueve y da una prueba fehaciente de lo que sucede en su vaga instinto: total incertidumbre y nostalgia. Su elegía a la total y propia suspicacia va de la mano de la canción silvestre, lejos de melodías complejas. La sencillez, ante todo.

Don't Believe Anything I Say nos habla de su tierna franqueza e inocencia a la hora de enfrentar la realidad. Algo parecido a lo que una persona se comporta cuando se encierra a sí mismo para escaparse de la vida cruel que asecha en forma constante. Su cuerpo está, pero su alma se escabulle para eludir la tajante situación. Cualquier lugar sirve como escondite. En este caso, un árbol. El escenario: un parque. El protagonista se siente más seguro estando en las frondosas ramas del árbol que estar sumergido en la indolencia de las calles. Sin embargo, no le complace su actual situación debido a que su adaptación es lóbrega. La suciedad, el hartazgo, el cansancio y la enfermedad corrompen aún más su débil espíritu. Así, se encuentra con dos caminos: seguir esa marchita vida bajo las hojas o animarse a enfrentar la confianza humana entre los peatones.

Esa lúcida oportunidad se ve truncada por la vacilación del protagonista. Al ver la decadente realidad plagada de mentiras, susceptibilidad, fallas e insensibilidad, el intérprete confirma claramente que la desconfianza ha invadido su alma y mente, por lo que prefiere trepar a ese árbol como si estuviese a cargo de la cofa. Se aposta en la copa bajo la sombra del follaje como techo sobreprotector. A pesar de eso, y de ocultar su vista de las cosas que lo entristecen, se siente herido ya que aquella alma que lo hacía realmente feliz desplegó sus alas y voló lejos, por lo que él, estando solo, extraña esa profunda presencia. Como no quiere sufrir más, se esconde para no intimar con alguien. De esta manera, la ilusión no lo rodeará jamás.

Esa desconfianza de sí mismo estará presente en su pensamiento. Será su karma. A pesar de tener firmeza ante su validación, se pregunta si alcanza la plena felicidad noche y día cuando la soledad se cuela en la arboleda para filtrase en el follaje y le suspira su cuello. Aún así, confía en su desconfianza para abrigarlo cuando salga y caiga el sol, aquel sentimiento que desperdicia al alma y recluye a un modelo inestable y frío, ausente de sí mismo e incapaz de socializarse. Un fantasma. Aún convenciéndose con palabras consolantes, el descrédito lo abraza. Mientras, esas palabras cargadas de escepticismo se harán eco eternamente a lo largo y ancho del parque como un desahuciado viento, pero cómplice de su libertad.

Para Descargar Love Travels at Illegal Speeds: http://rapidshare.com/files/49934810/GrahamSpeeds.rar


video


Graham Coxon - Don't Believe Anything I Say

I've been lying in the park for ages
I've been staring at the trees
Cold, bright and sunny morning
I've been lying in the park for ages
Getting covered up with leaves
Feeling dirty, sick and tired
Gets me feeling so diseased
Guess I'll get myself up and walk down the street
Oh yeah I really see it now
As clear as mud to me
I just don't believe
Oh yeah I really see it now
I'm just a boy to me
I just don't believe anything I say
Don't believe anything I say
I've been staring at a silver ceiling
Seeing things I don't wanna see
And it kills me every time
How you got away from me
Seems my mind is more a prison now I'm free
Oh yeah I really see it now
As clear as mud to me
I just don't believe
Oh yeah I really see it now
I'm just a boy to me
I just don't believe anything I say
Don't believe anything I say
I'll be thinking 'bout these words forever
Still I'm ending up with me
Why'd I go wasting all your time?
Why did I wanna set you free?
How could I think I'd be happier lonely?
Oh yeah I really see it now
As clear as mud to me
I just don't believe
Oh yeah I really see it now
I'm just a boy to me
I just don't believe anything I say
Don't believe anything I say
I'll be thinking 'bout these words forever (x4)

Larga Vida a la Seguridad!!!!

jueves 16 de abril de 2009

El Padrinazgo de Newbery


Facundo abre lentamente sus ojos y en frente suyo se encuentra el reloj despertador sobre la cómoda. Marca las 08:45 de la mañana. Se despoja de la blanca sábana y de la frazada marrón. La puerta corrediza de su pieza se encuentra cerrada. Él mismo la cierra antes de dormirse ante el menor ruido molesto. Por la delgada rendija debajo de la puerta se filtra la luz y el sonido. Luego escucha una queja: “Este que todavía no se levanta” Esa voz proviene del comedor y es la de su padre, Gerardo, un hombre desocupado e irascible que debe lidiar con sus hijos. Un mínimo detalle es objeto de discusión para cargar contra ellos. Específicamente, su padre embiste contra Facundo.

Se apresura a sacarse el pijama y se pone una remera negra, jeans azules y un par de zapatillas negras gastadas por el tiempo. Se las ata. Tiende su cama y abre la persiana blanca. Se dirige a abrir la puerta corrediza y se detiene. Agacha su cabeza y se refriega la mitad de su cara con su mano izquierda. Suspira. Abre la puerta. En el momento justo en que la abre, su padre abre la puerta de adelante y se marcha. Ve a través de la cortina beige a su padre tomar la bicicleta y cerrar la reja azul. Dobla a la izquierda y se marcha. Él se queda sólo, ya que también su hermana, Yamila, profesora de quinto grado, se había ido a la escuela para dictar las clases del día de hoy.

Va al baño y se higieniza su rostro y las manos. Se lava la boca y se seca con la toalla rosada. Va a la cocina y enciende la hornalla. Verifica si la pava esta llena de agua. No lo está. Abre la canilla de la pileta y la llena. La pone en el fuego y gira la perilla de la hornalla al máximo. Facundo recuerda cuando su padre lo retó cuando tal perilla estaba en mínimo. Va a la bolsa de pan que se encuentra atrás de la puerta de la cocina. No hay pan. Va hacia la pieza y busca su billetera negra para extraer de ella tres pesos. Corre hacia la puerta de adelante y se da cuenta de que no puede dejar sola la casa. Entonces espera sentado en la silla del comedor. Al cabo de un minuto, llega su padre con el diario en el portaequipaje de atrás. Deja a un costado la bicicleta.

Facundo abre la puerta y lo saluda: “Hola”, por lo que su padre responde “Hola”. Aunque el saludo es de un beso en la mejilla, es frío, bastante lejano de aquellos besos y abrazos que caracterizan a alguna que otra familia unida. Su hijo le dice: “Fijate de la pava. Ahora vuelvo. Voy a comprar pan”. “¿Todavía no compraste el pan? Dejá, dejá. No vayas. Comeremos cualquier cosa”. En realidad, no dista mucha distancia entre su casa y la panadería. Son dos cuadras. “Dejá, voy” le insiste a su padre. Gerardo le niega una vez más la salida. Se sienta en la mesa del comedor y abre el diario. Pregunta si la pava esta puesta en la hornalla. El balbucea que sí. Le pregunta si desea tomar té o café. No quiere ninguna de las dos cosas y prefiere maté. Facundo opta por una chocolatada. Abre la heladera y saca un sachet de leche. Saca una taza blanca de la alacena y la pone sobre la mesada. Vierte la leche en una jarra de acero inoxidable. Abre la perilla de la hornalla y lo enciende para luego poner la jarra. La pava está a punto de hervir. Se acerca a la puerta de la cocina y le pregunta a su padre si ya es hora de que la apague. Él se levanta de la mesa y se dirige hacia la cocina. Su hijo, atónito. Apaga la hornalla y vierte el agua sobre un termo azul. Agarra el azucarero y se lo lleva al comedor. Desde ese cuarto, le pide a su hijo que le traiga el termo. Lo lleva y se lo pone sobre la mesa marrón.

Facundo escucha un ruido. Algo se quema. Corre y ve que la leche se ha derramado sobre la cocina. Apaga la hornalla y deja a un costado la jarra. Agarra el trapo amarillo de la cocina y lo pasa por el desastre. Luego lo exprime en el lavadero. Abre la canilla de agua caliente y lava el trapo con abundante agua. Lo exprime nuevamente y lo coloca bien extendido sobre la mesada. Pone dos cucharadas de chocolate en polvo. Le falta el azúcar. Recuerda que lo llevó hacia su padre. Va al comedor con la taza y agrega dos cucharadas de azúcar, las cuales caen accidentalmente sobre la mesa. “Mirá, mirá. ¿Sos o te haces? Trae una servilleta o algo para limpiar”. Va de inmediato a la cocina y arranca una servilleta del rollo. Va al comedor y pasa sobre los ínfimos granos de azúcar desparramados en el centro de la mesa y los vuelca sobre su mano derecha. Los lleva al tacho de basura de la cocina. Levanta la tapa y los tira. Va por la taza que había dejado en la mesa del comedor para llevarla a la cocina. Luego vierte la leche sobre la taza y la mezcla con la cuchara. La lleva a la mesa del comedor. Se sienta en la punta de la mesa. Su padre está al costado.

Mientras sorbe el mate, Gerardo lee el diario. Facundo sólo bebe a sorbos la leche y mira a la ventana. Se respira un gran silencio. Sólo se escuchan los sorbos del mate. Luego, su padre comenta en voz alta sin despegar los ojos del diario una noticia acerca de un decreto firmado por el Poder Ejecutivo nacional. Su hijo asienta la cabeza mientras bebe la taza. Luego mira a su hijo, quien percibe la mirada. “¿Cuándo va a ser el día en que te vas a peinar?” le pregunta a su hijo. Él prosigue: “Pareces un abandonado”. Facundo se concentra en seguir tomando la chocolatada. Su padre menea su cabeza en son de resignación.

¿No compraste ni siquiera un mísero pan?” arremete contra Facundo, quien se sorprende ante tal sermón. “Me dijiste que no vaya a comprar”, responde su hijo. “Yo quiero que me des soluciones, no problemas” le dice a Facundo. Gerardo deja de beber mate y se mete en la lectura del diario. El joven no ve la hora de terminar lo más rápido posible la taza. No importa si todavía está caliente. Lo bebe en forma apresurada. Quiere dejar la mesa. La garganta se ha convertido en un volcán. Se queda un rato mirando los diarios que están al lado de él. Son de ediciones anteriores. Mira los titulares. Continúa el silencio.

Ve el reloj de la pared. Marcan las 09.35 hs. Le pregunta a su padre si qué quiere comer en el día de hoy, a lo que su padre responde: “No sé. No tengo hambre. Además es demasiado temprano para comprar la comida. Comprá lo que vos quieras”. Tal fría contestación es una forma de decir que Facundo tiene la total libertad de hacer lo que quiera, sin la mirada atenta de su padre. Sin embargo, él no es libertino.

Alguien golpea las manos. Es el vecino y amigo de su padre, Ricardo. Deja la mesa y abre la puerta. Se acerca a la reja para abrirla y charlar con él. Facundo respira aliviado tras la llegada del vecino. Se lleva su taza a la cocina y la lava. Vuelve al comedor y se sienta en la silla. A través de la cortina divisa a su padre, quien ríe y carcajea en la charla con su amigo. Se da cuenta de que su padre tiene una doble faceta. Similar al Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson, pero no tan mordaz y oscuro. Por un lado, es una buena persona con el vecindario. Todos lo estiman. Por otro, es un ser que no demuestra afecto por sus hijos. Quizás con su hija, quien siente más afinidad en cuanto a gustos por el folklore y el tango, como así también por las interminables charlas en cuanto a un tema. Su padre muta dependiendo el ambiente en que se encuentre.

Ese implacable carácter aflora todos los días de la semana. Recuerda hace un par de meses cuando en un gélido frío, Facundo estaba a punto de salir a encontrarse con dos compañeros del colegio para llevar a cabo un trabajo práctico acerca de una organización no gubernamental. Había estado preparando la mochila cuando sonó el teléfono. Atendió y su compañero canceló la salida por tener la casa en reparación a último momento. Colgó el teléfono y le dice a su padre, quien estaba trozando un pollo, que no iba a salir. De repente, dejó de trozar al animal y le dice: “¿No vas? Siempre pasa lo mismo. Tengo que dejar algo para que vos estés primero. Siempre mirás tu sombra. No te importo. El caso es que no concreté una salida por culpa tuya. Y ahora me venís a decir que no vas”. Facundo, quien temía lo peor, le preguntó: “¿Se podría saber con quién?”. Su padre le respondió: “¡¿Qué te importa, estúpido?!” Gerardo se acercó a su hijo y lo empujó muy fuerte contra la puerta de la cocina, la cual estaba rota. Él voló como una pluma. Rebotó contra la puerta y cayó al suelo de mármol del comedor. La puerta cayó haciendo un fuerte estruendo sobre el piso de la cocina. Facundo, adolorido de la espalda y del hombro izquierdo.

Ni un perdón había recibido ese día gris de invierno. Con el pasar de los días, empezaron a hablar sin tocar el violento episodio. En la víspera del último Año Nuevo, tras los saludos, su padre le dijo: “De las mil veces que cargué contra vos, mil veces me vas a tener que pedir perdón. Pero una cosa te puedo decir: yo te quiero, hijo” Cuando dijo esto último, lo abrazó fuertemente, pero Facundo no se le había movido ni una lágrima. Tampoco le dijo nada. Sólo asintió la cabeza. Descreía de eso. Lo que sí da por sentado es que no lo siente como padre ni como amigo. Sólo se remite a saludarlo cuando se levanta de la cama, cuando se va a dormir, en el Día del Padre y en las fiestas de fin de año. Los abrazos y los besos son ausentes en el resto de los días normales.

Se pregunta el por qué del duro carácter de su padre. Eso es un gran enigma. No se atreve a preguntarle, ya que teme meterse en su intimidad. Sin importar si está en presencia de amigos o familiares, su padre siempre le dice cuando comete una inocente torpeza: “Si los tontos volaran, vos serías Jorge Newbery” Teme que sea cierto, ya que esto altera su retraída personalidad. Piensa que cuando un día llegue a ser padre, no va a repetir la misma educación y trato que le ha dado su progenitor. No quiere retomar la cruda rudeza de su padre. Gerardo se despide de su amigo y Facundo corre rápidamente hacia habitación. Saca un trapo de lana puesto en el modular de la televisión para limpiar los muebles del cuarto. Quiere mantenerse ocupado para no soportar las críticas de cualquier tema hacia él. Empieza por la biblioteca. Su padre abre la puerta. Facundo agarra los libros y los saca de los estantes no sin antes pasarles el trapo. Su padre cierra la puerta y va a la pieza de su hijo, quien lo contempla. Nuevamente percibe esa mirada fría, pero Facundo se concentra en sacar cada libro y limpiarlo. No quiere hablar con él. Elipsis. Su padre se da vuelta y se sienta en la silla del comedor para seguir tomando el mate y leyendo el diario. Una fina lágrima se desgaja del ojo izquierdo del primogénito.

Larga Vida al Amor Paternal!!!!!

viernes 10 de abril de 2009

Candy


A pesar de haber sobrepasado los tempranos veinte años, ese reflexivo lapso de segunda juventud, Gisela actúa como una cándida niña. Una espléndida inocencia se encandila sobre un rostro. Quien se haya topado con ella una vez en la vida, sabrá entender que ella inspira una profunda confianza y bondad. La humildad, ante todo. Su cabello castaño pende sobre sus delicados hombros. Cuando abre sus ojos color miel da la increíble sensación de estar sumergido en un apacible río de emoción. Su sonrisa provoca que quien este cerca de ella haga lo mismo, ya que este pomposo gesto es capaz de contagiar y despertar a cualquier sujeto atormentado. Ningún tétrico nubarrón se ha sembrado sobre su tierno espíritu. El sol se encarga de despejar cualquier tempestad que se aproxima. No es necesario que cargue un paraguas, porque ella irradia placidez.

En plena oscuridad matinal de la habitación de Gisela, sus padres la despiertan con un gran beso en cada mejilla. Ella despierta con una sonrisa. Mira a sus padres, quienes la contemplan como una princesa de un extraño y lejano reino terrenal. Luego de vestirse y acomodar su cuarto, se dirige al comedor para desayunar. Una taza de chocolatada con dos budines, uno de vainilla y el otro de limón, alimenta su buen comienzo del día. Sus padres no se quedan atrás y desayunan el mismo plato. Esta acertada devoción se debe a que ella es hija única, por lo que sus padres depositan su alegría y cariño en ella.

Luego del desayuno, su padre, Darío, va al supermercado a comprar comida para el almuerzo. Saluda a los dos miembros de la familia con un beso en la frente. Luego, Gisela y su madre, Erica, limpian la mesa y llevan las tasas hacia la cocina. Su madre limpia los utensilios, mientras su hija los seca y los pone en el secaplatos. Luego ella le propone a su madre limpiar el jardín del patio de atrás. Ella acepta enérgicamente. Se dirigen al jardín y sacan cuidadosamente las malas hierbas para colocarlas en una bolsa de residuo. Las hay pocas, ya que en su jardín, lo agraciado cita una verdadera templanza. Por eso, el trabajo no demanda mucho tiempo. Las rosas y los penachos se balancean débilmente tras una breve brisa, la cual acaricia los rostros de ambas mujeres.

Su madre, profesora de música, le ha inculcado a su hija pasión por el piano, aquel instrumento que tocaba cuando era un alma precoz. Le fascinaba el sonido que se desprendía de cada tecla. Las melodías que extraía del mismo eran fuertes, pero bastantes agradables. Hacía sentir a uno que estaba en otro mundo, diferente a este. Un universo lleno de contemplaciones y sueños palpables. Esa recreación suscita en Gisela cuando la ve tocando el piano. Se pierde en la melodía. Ela cierra sus ojos y con la armonía vuela hacia ese mundo en donde corre por una colina cubierta de flores amarillas de pensamientos. La última tecla que toca su madre es el cierre perfecto para tal cuento. Luego, su madre le enseña varias canciones para ser tocadas apropiadamente en el piano. Gisela esta atenta y entusiasmada en deleitarse.

Su padre llega del centro con varias bolsas cargadas de cosas, como alimentos envasados y artículos de limpieza. Madre e hija justo dan por terminada la clase y acuden a su “pesado” rescate. Proceden a desembolsar el contenido de las cuatro bolsas y se acomoda el mismo en cada lugar correspondiente: cocina y baño. Luego, sus padres preparan el almuerzo. Mientras, Gisela practica el piano. Cuarenta y cinco minutos más tarde, la comida está lista.

El bife con puré de papas y zanahorias es acompañada por las charlas de lo sucedido del día de ayer y hoy. Momentos divertidos en el trabajo y en la facultad se ensalzan en la comida. Terminado el almuerzo, levantan la mesa para limpiar los platos, cubiertos y vasos en la cocina. Luego de la limpieza, Erica le propone a su marido escuchar el piano ejecutado por su querida hija. Antes de tal suceso, Erica extrae del frizzer tres copas de helado de tramontana y naranja cubierto de caramelo de dulce de leche. Toda la familia se traslada al otro comedor, por donde se filtra la luz del sol en la cortina verde, ofreciendo una bella iluminación.

Gisela se siente en el oscuro taburete y abre la cubierta del piano. Los acordes son dominados por una mansa escena. Transmite a cada miembro de la familia una cierta lejanía, en donde es imposible resistirse ante la seguridad y la afección. Sus padres saborean el sabroso helado. El postre de Gisela se encuentra en un apoyavasos sobre el piano. La melodía comprime los corazones de los más desprevenidos y provoca que los sentimientos más dúctiles se desparramen por el aire. Finalizada la canción, sus padres la aplauden fervorosamente y la abrazan. La felicitan ante tal actuación.
Luego de la exaltación, come el helado. Los tres terminan el postre. Erica lleva a la cocina las tres copas y las lava. Luego vuelve al comedor. Darío propone a la familia pasear por el parque. Ellas aceptan tal invitación. Darío cierra la puerta de atrás y toma una blusa por si refresca. Lo mismo hace su mujer. Gisela agarra su campera de cuero. Sus padres la esperan en el umbral de la puerta de adelante. Se dirige hacia ellos, pero se detiene. Le preguntan si pasa algo, pero ella admite estar muy bien. Les propone que se adelanten al paseo. Asevera que los alcanzará dentro de quine minutos. Los padres se tranquilizan y le dan un beso en cada mejilla. Le dicen que la van a esperar en la fontana del centro. Cierran la puerta.

Gisela contempla el piano y se enfila hacia él. Roza algunas teclas del mismo. Luego se sienta en el taburete. Improvisa una vaga melodía que luego tiende a cobrar fuerza. La cadencia de estables sonidos cubre la atmósfera hogareña. Mientras toca, cierra sus dulces ojos e imagina ese edén en donde no existe la maldad y la indiferencia, en donde se respira la belleza y la dulzura. Ella balancea su cabeza. Bajo el cielo completamente templado, las casas de campo se encuentran abiertas de par en par. Ahora ella recorre montada en un monopatín sobre firme suelo de arcilla. Los habitantes de este pueblo sonríen ante el pasar de la eterna adolescente. Mujeres y hombres de todas las edades se muestran contentos. Ella sonríe y saluda con la mano izquierda. Todos dejan de hacer lo que están haciendo y se dedican a mostrar tal gesto de gentileza. Cualquier alma ajena a este pueblo sentiría envidia por tal gratitud. Una verdadera lastima.

Los perros que deambulan entre las flores de los patios de los hogares sacuden sus rabos cuando ve a aquella joven en el delgado vehículo. Llega muy lejos hasta llegar a una colina. Detiene su monopatín y desciende. La deja a un costado del suelo. Cuesta abajo, la tierra esta cubierta de esplendorosos pensamientos. No hay un camino marcado. Sólo flores del color del sol. Finas nubes pasan lentamente sobre el sol, que brilla tenuemente sobre Gisela. Es una forma de expresarse ante ella. Una elocuente reverencia. En el cielo tan celeste, ella divisa una bandada de aves dirigiéndose al norte. Quizás emigran en busca de comida o de un floreciente futuro. Una mariposa se posa en su nariz y bate sus delgadas alas naranjas. Vuela alrededor de ella y desaparece en el aire.

La cuesta abajo persuade a Gisela a que descienda hacia una profunda dulzura. Deja de lado su incipiente miedo y cierra sus ojos. Extiende sus brazos y baja por la colina. Las flores acarician su pantalón y su cintura. Desciende la velocidad de su corrida y cae sobre las flores, las cuales acarician su tez caucásica. Huele a paz, estima y cariño. Fragancias que pocas veces se encuentran en un sitio tan agradable como el que siente Gisela en sus manos. Terminada la canción, deja de balancear la cabeza y abre sus ojos. Cierra la tapa del piano y se levanta del taburete. Se dispone a alcanzar a sus padres lo más pronto posible. Agarra las llaves puestas en una ganzúa. Antes de partir, saca del bolsillo del interior de su campera un chupetín. Lo abre y se lo mete en su boca. Sale al exterior y cierra la puerta. El sol irradia. Mientras corre hacia sus cándidos padres, da pequeños saltos y tararea la melodía que acaba de tocar. La sonrisa y su canto empalagan a todos aquellos transeúntes que la observan con curiosidad, pero con una gran sonrisa que encienden su corazón.
Larga Vida a la Dulzura!!!!!

miércoles 8 de abril de 2009

Femme Fatale


No es de extrañar que Francisca lleve en su elegante cartera negra un revolver para silenciar a cada hombre que conoce en su vida. Por suerte, ella no ha perpetrado hasta el momento un homicidio. Tales hombres no mueren desangrados por un desgarrante tiro. Al contrario, sucumben ante su belleza y cuando parece que la relación va en viento en popa, ella capitula en forma abrupta. Nada de un adiós. Ni siquiera un abrazo o un beso. Ella se aleja. Desaparece. No le importa si aquel sujeto es muy dulce o bonachón. Desdeña de las citas románticas. A veces soporta el resplandor de los faroles mientras camina con ellos. Pero eso no le inspira ni una fructífera poesía. Su corazón esta rodeado por un grueso alambrado de púa que nunca se oxida con el pasar de las lujurias. La sensibilidad rebota en ella. Y las lágrimas no funcionan en ella. Francisca toma como diversión fastidiar a cualquier hombre. Las consecuencias, qué importan.

Tal es su desenfrenada perversidad que lleva consigo una pequeña libreta en donde vuelca sus efímeros amoríos. Simplemente, pone la fecha del día y escribe el nombre de la no tan inocente víctima y sus defectos. Ello no redime las virtudes. La lista es tan considerable que tranquilamente se pueden publicar tres tomos de cualquier enciclopedia importante. Bajo esos ojos negros, se esconde pura frialdad y desprestigio hacia el encanto de amar. Sus cejas marcadamente arqueadas refuerzan ese orgullo y su cabello azabache, tijereteado en forma agresiva, muestran a un ser carente de sentimientos.

Más allá de su esbelto cuerpo, esculpido quizás por cualquier prestigioso escultor renacentista, lo que más cautiva es su sonrisa. Esta sonrisa, como todas, enternece e hipnotiza, pero frustra a la víctima después del amanecer. Ella juega con los hombres. O mejor, los desecha como pañuelos descartables. Ningún hombre se ha resistido ante su sugestiva maldad hasta hoy. Ella piensa que la bondad existe (si es que la siente), pero debe existir la maldad para equilibrar el mundo. La maldad como resultado de lo irracional. La pasión como respuesta de lo irracional.

Más acrecienta su pose sensual, más abre las posibilidades de conseguir a cualquier hombre, ya sea despistado o bien despierto. Ella siente más predilección por aquellos hombres que rebosan de introversión, de timidez y de un silencioso naufragio. O sea, se complace por dañar a los etiquetados como perdedores. Es más fácil manejarlos como dóciles mascotas, ya que acatan todo lo que dicta ella. Es conciente de que esta clase de gente padece sensiblería, por lo tanto, sufre más por su belleza mortal. Al contrario de los hombres brillantes, dotados de músculos, que derrochan superficialidad, ella escoge los debiluchos para gozar su desgraciada actitud.

Como un radar, Francisca busca minuciosamente aquel sujeto sin grandes cualidades para aprovecharse lo más efectivo como rápido posible. Se traslada por medio de su descapotable auto gris. Tras unas cuantiosas direcciones callejeras a plena tarde, el hombre del día no se encuentra disponible. Detiene su auto bajo la sombra de un árbol y siente algo en sus ojos. No sabe si una extraña partícula ha invadido las retinas de sus ojos porque empieza a lagrimear. Se pasa la mano con su pañuelo que saca de su cartera. Luego se ríe por el hecho de que lagrimea. Para ella, es un hecho tanto insólito como fastidioso. Abre la ventanilla derecha y saca de su cartera un atado de cigarrillos y un encendedor plateado. Saca uno y lo enciende. Pronto advierte que de todos los lugares que ha recorrido, la plaza fue la anomalía. Sonríe y arranca su auto.

Superadas las siete cuadras, Francisca arriba a la plaza. Estaciona su auto y desde ese cómodo lugar, contempla cada espacio del terreno verde. Juega con su encendedor sobre el oscuro volante. No pierde de vista a la plaza. Divisa a parejas, pero a ningún soltero, menos perdedor. Luego de dos horas, arranca el motor de su vehículo. El mismo se pone en marcha. De repente, un joven cruza la calle corriendo y no divisa el auto. Francisca frena en forma tosca y el individuo se asusta. Se le caen dos libros que tiene bajo su brazo derecho. El mismo le pide perdón con un triste balbuceo. Agacha y recoge sus libros. Ella se sorprende. Lo ve que se dirige a la plaza y se sienta en un asiento de piedra. Apaga el motor. Ella pita su cigarrillo y emana de su boca una gran bocanada. Saca de su cartera una colonia y se lo rocía alrededor de su cuello. Lo guarda. Abre la puerta del auto y la cierra.

Camina hacia el tímido joven. Él percibe que alguien se acerca a él, pero quiere concentrarse en la lectura de las reacciones químicas producidas por la oxidación y reducción. Llega a él y lo saluda. Él hace lo mismo en forma cortante. Francisca se sienta al lado de él y le dice: “Casi te mato, perdoname. Me llamo Francisca. ¿Cómo te llamas?”, pregunta, a lo que él responde sin despegar sus ojos verdes del libro: “Abel”. “Como el desafortunado hermano de Caín, pero espero que no seas como él”. Abel, quien se siente anonadado ante la conversación, no le responde. Ella le cierra el libro, lo mira y agrega: “Mirá, desde que te vi recién, me pareces una persona bastante interesante. Quiero remediar el accidente que sufriste hace un par de minutos. ¿Qué te parece si paseamos por ahí?” Abel se siente fascinada por aquella sensual y extraña mujer. Ella le sonríe y él se debilita. “Bueno, esta bien” responde apenas. Ambos se levantan del banco y lo invita a entrar al descapotable. Lo mismo hace ella.

Empieza a anochecer. Francisca arranca su auto. Ella no le dirige ni una palabra a Abel, quien se siente perplejo ante semejante cuadro. Ella pita su cigarrillo. Llega a un semáforo, el cual se pone en rojo. Del otro lado de la banquina, una pandilla silba desde su auto a la joven, quien guiña su ojo derecho y sonríe. Abel frunce el ceño. El semáforo, en verde. El auto, en marcha. Luego de veinte minutos, Abel pregunta intrigado: “¿A dónde vamos?”. Ella le responde sin perder la maniobra al auto: “A un lugar que me despierta fantasías”.

Abel se da cuenta que el paseo deja atrás los suburbios y las casas prácticamente no existen. La oscuridad se hace latente. Francisca detiene el carro. Luego Abel escucha un tenue sonido. Es el del mar. Aquella fantasía de la joven no es sino la del puerto abandonado. Este lugar es una especie de cementerio de barcos. Grandes y pequeñas embarcaciones descansan silenciosamente, ya sea sobre la arena o sobre el agua. El deterioro de estos buques muestra un total apego por el abandono. Las canoas, que otrora sirvieron como ayuda a apenadas almas, se encuentran encalladas por una soga sujeta a un palo corrompido. Nada parece compensar su utilidad.

Los faroles encendidos del auto iluminan sólo el vaho del fresco aire. Apenas se distinguen las sobras de los barcos. Francisca, quien fuma, mira el retrovisor. Luego lo mira a Abel y se acerca. Ella tira el cigarrillo por la ventanilla y lo besa en forma apasionada. El se queda atónito. Cierra sus ojos. Ella, no. La mente del joven, almacenada para el estudio y las responsabilidades de la casa, se sedimenta de besos y caricias. Ella lo desnuda, pero él no la toca. Apenas roza sus manos sobre su cuerpo. Ella lo mira y sin mediar alguna palabra lo agarra de la mano y salen del auto. Lo tira hacia al capot y hacen el amor en forma desenfrenada. Abel no sabe si esto es un sueño, pero experimenta una sensación de puro placer. Ella finge sentir lo mismo. La perversidad acaricia su mejilla.

Luego de concluir tal acto, ella se acomoda la ropa y baja del capot. Abel está completamente exhausto. Mira al cielo totalmente nublado. Escucha quebradizo oleaje del mar. Sonríe. Francisca abre la puerta del auto y enciende el motor del auto. Cierra la puerta y el auto se pone violentamente en marcha atrás. Abel se sorprende y se agarra fuertemente de los costados del auto, pero esto no le sirve nada, ya que el auto da una brusca vuelta y él sale disparado para caer boca abajo en el pedregoso suelo. Luego, ella se acerca a la orilla del mar y le tira sus prendas de vestir y sus libros al fondo del agua. Arranca su vehículo y deja una espesa humareda tras Abel, quien se ahoga y se lamenta por las heridas producto de la fuerte caída. Francisca mira por el retrovisor. Completa oscuridad. Ella carcajea. Una línea más para llenar a su lista.

Larga Vida a la Sensualidad!!!!!